Hay siglas que nacen con vocación técnica y terminan describiendo una realidad mucho más cruda de lo que pretendían. RUP significa oficialmente Regiones Ultraperiféricas. Pero cualquiera que mire con honestidad lo que ocurre desde hace décadas con territorios como Canarias podría traducirlo con ironía —y algo de rabia— como “Región Ultra Puteada”.
Este lunes, el presidente autonómico Fernando Clavijo reunirá en Canarias a representantes institucionales de las regiones ultraperiféricas europeas en el encuentro “Horizonte RUP: posicionamiento común en defensa del sector primario ante el nuevo Marco Financiero Plurianual”. La idea es lógica, necesaria e incluso estratégica. Canarias, por historia, geografía y peso político en el Atlántico, debe liderar esa conversación. No por ombliguismo, sino por pura realidad.
Otra cosa es que nosotros mismos tengamos cierta facilidad para tirarnos piedras sobre nuestro propio tejado. Ese viejo sino insular: canario come canario.
Desde el continente, desde esa España continental que mira hacia el Atlántico africano donde está la Europa insular, la visión suele ser simplista. Para muchos en el corazón burocrático de Bruselas las islas son apenas un destino turístico: playa, surf, papas con mojo, “muyayos”, guanches y sol eterno. Postales. Nada más.
Pero la realidad es otra mucho más compleja.
Las regiones ultraperiféricas —Canarias, Azores, Madeira, Guadalupe, Martinica, Guayana, Mayotte o Reunión— no son un capricho geográfico. Son fronteras avanzadas de Europa. Territorios con costes estructurales, con limitaciones logísticas, con dependencia energética y con economías que necesitan políticas diferenciadas para competir en igualdad.
Y sin embargo, demasiadas veces desde Bruselas se nos trata como una carga presupuestaria. Como si el dinero que llega fuera un regalo, una concesión graciosa del burócrata de turno que levanta el dedo como un pequeño dictador administrativo para decir: “hemos decidido perdonarles esto”.
No.
No nos regalan nada.
Ni a Canarias ni a otras regiones periféricas de Europa.
Lo que existe es una compensación mínima por desventajas estructurales que la propia Unión Europea reconoce en sus tratados. Porque si no existieran herramientas como el POSEI, el REF o los programas específicos de cohesión, competir desde estas latitudes sería simplemente imposible.
Por eso la reunión impulsada por el consejero de Agricultura, Ganadería, Pesca y Soberanía Alimentaria, Narvay Quintero, tiene más importancia de la que parece. Sobre la mesa está el futuro del sector primario en el próximo marco financiero europeo.
Agricultura.
Pesca.
Soberanía alimentaria.
Pero también mucho más.
Porque el verdadero debate de las RUP no es solo el campo. Es la conectividad aérea y marítima, es la fragilidad industrial, es la dependencia energética, es la seguridad estratégica en un mundo que vuelve a hablar de bases militares, rutas marítimas y control del Atlántico.
Y la pregunta es inevitable:
¿Qué hará realmente el Parlamento Europeo?
¿Seguirá escuchando cómo nuestros agricultores, ganaderos y pescadores gritan en Bruselas cada vez que se renegocia un presupuesto?
¿O llegará por fin una política estable que garantice futuro al sector primario sin que todo dependa del humor ideológico del burócrata de turno?
Mientras tanto, en casa seguimos con nuestras liturgias políticas.
El Debate sobre el Estado de la Nacionalidad Canaria volvió a parecer, en demasiados momentos, un carnaval parlamentario. Todos ganan, nadie pierde. Como en la lucha canaria cuando el árbitro levanta dos brazos y nadie sabe muy bien qué ha pasado.
Gobierno y oposición deberían recordar algo elemental: están ahí como transmisores de lo que necesita la sociedad.
En algo tenía razón el ministro Ángel Víctor Torres cuando habló de pisar la calle.
Pero esa frase no es patrimonio de nadie. Vale para los que gobiernan y para los que aspiran a hacerlo. Porque curiosamente todos descubren la calle cuando están en el banquillo, pero cuando se suben al machito del poder, la olvidan con demasiada facilidad.
Y mientras tanto la política española sigue moviéndose en clave electoral.
Hoy toca mirar a los comicios en Castilla y León. Allí, como en otros lugares, hay partidos con gastroenteritis política por el crecimiento de Vox. Pero convendría hacerse una pregunta incómoda: ¿por qué surgen estos fenómenos? Exactamente por la misma razón por la que hace una década emergió Podemos.
Por hartazgo de la calle.
Porque cuando la política se desconecta de la realidad social, el sistema siempre genera nuevas válvulas de escape.
Y aquí surge otra cuestión que sobrevuela los despachos y las intrigas palaciegas ahora que se acercan ciclos electorales:
¿Los partidos salen a ganar… o salen a negociar?
¿Compiten para gobernar o para ver qué aritmética permite seguir en la pomada?
Porque si de algo sabe España en los últimos años es de supervivencia política. Y en eso, guste o no, el jugador más listo del tablero se llama Pedro Sánchez.
Algo así como el Maradona del 86, capaz de ganar un mundial prácticamente él solo.
Después de él han aparecido muchos imitadores.
Pero el original sigue siendo único.
Mientras tanto, Canarias —esa RUP, esa región ultraperiférica que algunos parecen considerar periférica también en las prioridades— seguirá defendiendo su lugar en Europa.
No como una postal turística.
Sino como lo que realmente es:
un territorio estratégico que merece respeto, equilibrio y futuro.
Feliz semana.