“Ha vuelto a pasar”. Así de contundente lo denuncia el importante empresario turístico José Fernando Cabrera, testigo directo de un nuevo episodio de caos en el Aeropuerto Tenerife Sur–Reina Sofía. Las largas colas en los controles de pasaportes, tanto a la llegada como a la salida, volvieron a provocar retrasos, tensión y pasajeros perdiendo sus vuelos.
La situación deja de ser puntual para convertirse en un problema estructural que empieza a encender todas las alarmas en el sector. No se trata solo de incomodidad: el daño a la imagen del destino ya es evidente. En redes sociales británicas, uno de los principales mercados emisores, se multiplican las críticas hacia la organización y los medios disponibles en el aeropuerto.
La solución, según coinciden usuarios y profesionales del sector, es clara: más efectivos policiales y sistemas de control que funcionen con normalidad. Sin embargo, la repetición de estos episodios refuerza la percepción de falta de reacción.
El contraste con otros aeropuertos como Madrid-Barajas, donde el flujo de pasajeros es muy superior y los controles funcionan con normalidad, resulta cada vez más difícil de justificar. Mientras tanto, Tenerife sigue pagando el precio: colas, frustración y una reputación que se erosiona día a día.