En la radio tuvimos al obispo de Tenerife, Eloy Santiago, en directo en Despierta Canarias. Y, sinceramente, fue un descubrimiento.
En tiempos donde la desconfianza hacia las instituciones es casi un reflejo automático, encontrarse con una figura joven, correcta, empática y preparada no deja de ser una sorpresa agradable. Pero más allá de las formas, lo relevante fue el fondo: la imagen de una Iglesia que intenta renovarse sin romper con la teología que la ha sostenido durante siglos.
Eloy —porque así pidió que lo llamáramos, aceptando incluso el tuteo con naturalidad— llegó al corazón de los oyentes sin artificios. No hubo discursos impostados ni respuestas prefabricadas. Hubo conversación. De la de verdad. Con humildad, serenidad y hasta sentido del humor. Compartió mesa con La Señora, El Caballero, Don Ezequiel, Domingo Luna, el profesor Juan Luis Calero y departió también con nuestra contertulia de los lunes y diputada Cristina Valido; respondió a las preguntas incisivas de Pepe Moreno, al análisis siempre afinado de Juanma Bethencourt, y a las intervenciones de Selene Melián y Joel Rodríguez, que supieron sacarle al señor obispo y llevarlo a ese momento clave en el que decidió seguir la llamada del Señor. Y en cada respuesta dejó algo claro: se puede comunicar sin esconderse detrás del misticismo ni del lenguaje vacío.
Como bien me puntualizó mi madre después, “el señor obispo supo entablar”. Y es cierto. Supo conectar. Se mostró afable, cercano y directo al grano. Pero, sobre todo, transmitió una idea poderosa: que la Iglesia sabe que ha fallado, que lo reconoce y que está trabajando para recuperar el respeto y el afecto de la gente.
Habló de temas complejos y actuales: la posible visita de León XIV y lo que supondría para Canarias, el fenómeno migratorio que marca nuestro presente, y hasta el incómodo “sin comentarios” ante declaraciones de Trump contra el Papa. Y en todos ellos mantuvo el equilibrio: firme sin ser rígido, claro sin ser agresivo.
Estamos, probablemente, ante un obispo con presente y futuro.
Y esto lo dice alguien que no practica religión alguna, pero que respeta todas. Alguien que no está bautizado, pero que observa —intentando ser objetivo— cómo la Iglesia busca evolucionar, atraer a los más jóvenes sin perder a los mayores, y hacerlo sin renunciar ni al presente ni al futuro.
Porque la fe, al final, mueve montañas. Y también mueve a las personas.
Don Eloy, siga así.