El monólogo de Pepe Moreno: ‘Tirando p’alante’

Pepe Moreno en 'Políticamente incorrecto' de Atlántico TV.

El sábado fui, por primera vez esta temporada, al estadio Heliodoro Rodríguez López y recuperé sensaciones. Lo hice porque me apetecía y me reconforté con el resultado, dos a cero, frente a un rival como el Arenas de Gexto, que antes del choque iba en el puesto 11 de la clasificación y que ahora lucha por tener sus opciones de jugar una promoción de ascenso intactas. Y fue una gran tarde. Me reencontré con amigos a los que hacía tiempo que no veía, a los que encontré maravillosos y con los que compartí mis cuitas y mis cosas. Con gente que, al final del partido, respiraba aliviada por un resultado que, aunque está en el ánimo de todos, venía a confirmar que es posible el ascenso.

El equipo respondió con lo que ahora mismo se le exige: eficacia. Dos goles, portería a cero y la sensación de que, sin hacer un partido brillante, se supo gestionar el momento. Porque en esta categoría, y más a estas alturas de la temporada, no se trata tanto de gustar como de sumar. El Tenerife sigue líder con una ventaja que le permite cierto margen, pero también con esa presión silenciosa de no fallar cuando todo parece encarrilado. Los datos recientes lo confirman: el equipo ha alternado resultados, ha bajado algo su producción ofensiva y ha dejado escapar puntos en casa, pero sigue manteniendo el pulso de la clasificación. Y eso, en una liga tan igualada como la Primera Federación, no es poca cosa.

En la grada también se notaba ese equilibrio entre ilusión y cautela. Porque el aficionado del Tenerife, que ha visto de todo en los últimos años, ya no se deja llevar solo por una victoria. Disfruta, sí, pero mide, calcula y mira el calendario. Sabe que el ascenso no se consigue en una tarde, sino en una suma constante de pequeños pasos, de partidos resueltos como el del sábado. Quizá por eso el ambiente era especial: no de euforia desbordada, sino de confianza contenida. Como quien empieza a creer que esta vez puede ser; sin embargo, prefiere no decirlo alto por si acaso. Porque en el fútbol, como en la vida, lo difícil no es llegar… es saber mantenerse hasta el final.

Y luego el domingo me enteré de la muerte de Elías Bacallado, al que siempre respeté, con el que me unió una amistad contenida y al que siempre consideré un amigo. Don Elías, como le conocíamos unos pocos, supo gestionar sus bienes y siempre pensó en la generación que le seguía como la continuación natural de su propio esfuerzo, como si entendiera que el patrimonio no era solo una cuestión de números, sino también de responsabilidad y de legado. Fue de esos hombres que no hacían ruido, pero que estaban siempre, que no buscaban protagonismo, pero que terminaban siendo referencia. En una tierra donde tantas veces se confunde el éxito con la exposición, él optó por la discreción, por el trabajo constante y por esa forma de estar que no necesita alardes para ser reconocida.

Su marcha deja, más allá del recuerdo personal, una sensación difícil de explicar: la de que se van apagando poco a poco ciertas maneras de entender la vida, los negocios y las relaciones humanas. Deja un hueco en quienes le trataron y también una lección que quizá no a menudo sabemos valorar a tiempo: la de construir sin estridencias, la de pensar en los que vienen detrás y la de saber estar. Porque, al final, más allá de cifras o propiedades, lo que permanece es eso: la huella que uno deja en los demás.

En la madrugada de ese mismo sábado una persona, primero, y dos, en horas de tarde, fallecieron en un voraz incendio en un edificio de Los Realejos que fue devorado por las llamas. Tres personas, que se dice pronto, murieron en una catástrofe casi sin precedentes que ocupó minutos en los informativos nacionales. Porque tres vidas no deberían caber en un par de minutos de escaleta ni diluirse entre otras urgencias informativas. Quedaron las imágenes, el humo, el desconcierto de los vecinos y la pregunta inevitable sobre si todo lo que debía funcionar, funcionó a tiempo.

En este monólogo podría hablar también del lío que hay con el estrecho de Ormuz, cómo suben los combustibles sin esperar por las cotizaciones de las bolsas y cómo bajan con una pluma que se entretiene en cada movimiento. ¿Han visto alguna vez al gasoil más caro que la gasolina? Ahora muchos responden que cuesta más caro refinar ese combustible que otros, ¿y antes? ¿No era así? ¿Qué ha cambiado? Como decía aquel tema italiano: “Parole, parole”.

Todo esto hace que el impacto económico siga disparado. Las primas de seguro para cruzar el estrecho han llegado a multiplicarse entre un 200 % y un 300 %, alcanzando en algunos casos hasta el 1 % del valor total del buque, lo que convierte cada travesía en una operación de alto riesgo financiero. Y no solo eso: en algunos casos ya no basta con pagar más, sino que los petroleros necesitan autorización expresa de las autoridades iraníes para cruzar con cierta seguridad.

Lo mismo que en el conflicto aeroportuario, en el que la cogestión o la participación es una cuestión compleja, que requiere un diseño institucional riguroso. Decía la Gaceta de Canarias el pasado fin de semana que esto “no se resuelve en el ámbito de un consejo de administración ni mediante declaraciones públicas más o menos contundentes. Exige un acuerdo político sólido, articulado jurídicamente y con vocación de estabilidad. Existen fórmulas posibles”. Y eso debe hacernos preguntarnos si existen otros órganos de coordinación e incluso mecanismos específicos de participación en determinadas decisiones estratégicas.

Porque cuando la política sustituye al método, lo que queda no es participación, sino apariencia de ella. Y en asuntos tan sensibles como la gestión aeroportuaria —clave para un territorio fragmentado y ultradependiente de la conectividad— no basta con reclamar presencia; hay que saber para qué y cómo ejercerla.

Al final, todo parece encajar en una misma escena: la alegría medida de un sábado en el Heliodoro con el CD Tenerife recordándonos que avanzar también es saber sufrir, la despedida serena de quien entendió la vida como legado y no como escaparate, o lo que significan tres muertes en un incendio. Entre lo cercano y lo global, entre lo que se siente y lo que nos condiciona, hay un mismo patrón: la necesidad de hacer las cosas bien para que duren. Porque ni los ascensos se consolidan sin cabeza, ni las economías resisten sin estabilidad, ni las decisiones públicas pueden seguir improvisándose sin coste. Y quizá de eso iba todo este monólogo: de entender que, en la vida como en la política o en los mercados, lo difícil no es llegar… sino sostenerse con sentido cuando todo empieza a temblar.

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