El CD Tenerife afronta este sábado una cita marcada en rojo: regresar al fútbol profesional menos de un año después de un descenso tan doloroso como evitable. Han pasado 350 días desde aquella caída dramática que dejó cicatrices en la isla y en un club que, por historia y estructura, nunca debió abandonar la Segunda División.
El contexto no es sencillo. En lo institucional, la entidad sigue envuelta en un entramado accionarial complejo, con Felipe al frente de la presidencia, Rayco ejerciendo un papel de peso en la gestión y Garrido manteniendo una posición determinante, incluso en paralelo a su batalla judicial contra el sindicato por una cifra millonaria. En la sombra, figuras como Pelayo y Batista aportan piezas a un tablero que sigue en movimiento constante.
En lo deportivo, Álvaro Cervera ha logrado sostener un bloque competitivo, con jugadores que, en su mayoría, están llamados a continuar el próximo curso pese a las limitaciones económicas que ya se anticipan. No habrá margen para grandes alegrías en el mercado, por lo que el ascenso hoy cobra aún más valor estratégico.
La jornada exige precisión casi quirúrgica: primero, que falle el Celta Fortuna; después, hacer los deberes en un campo exigente, aunque asequible para un Tenerife que, sin faltar al respeto, ha demostrado estar un peldaño por encima en esta categoría.
El ascenso no sería una hazaña, sino el cumplimiento de una obligación. Mejor hoy que mañana. Planificar con tiempo también juega.