Heavy Metal

Heavy Metal, por Iván Bonales: Canarias no necesitaba un “155 sanitario”

Hay choques políticos. Hay desencuentros institucionales. Y luego están esos episodios donde una administración siente que la otra no solo invade su espacio, sino que la deja públicamente desautorizada delante de su propia gente. Lo vivido estos días en Canarias con el caso del crucero y la gestión del operativo sanitario deja un sabor peligrosamente parecido a eso último.

Porque aquí no se discutía únicamente un protocolo médico. Ni siquiera un simple operativo portuario. Aquí lo que explotó fue una crisis de confianza política entre el Gobierno de España y el Gobierno de Canarias. Una fractura institucional en directo.

Tres ministros aterrizando en Tenerife, reuniones de máximo nivel, despliegue de Guardia Civil, UME, Policía Portuaria, Autoridad Portuaria y técnicos estatales tomando el control efectivo del relato y de las decisiones. Todo ello mientras el Ejecutivo autonómico denunciaba opacidad y falta de información. La fotografía dejó una sensación muy dura en parte de Canarias: la de un Gobierno autonómico arrinconado en su propia tierra.

Y ahí es donde aparece el momento que rompe definitivamente la baraja política.

Cuando el Gobierno de Pedro Sánchez invoca el artículo 299 del Texto Refundido de la Ley de Puertos del Estado y de la Marina Mercante para imponer la entrada y el fondeo del buque, el conflicto deja de ser únicamente sanitario y pasa a convertirse en un choque institucional de enorme profundidad política.

Porque ese artículo otorga al Estado, a través de la Dirección General de la Marina Mercante, capacidad superior para ordenar el atraque o asistencia de buques necesitados de auxilio. Jurídicamente, el Estado tenía herramientas para actuar. Pero políticamente el impacto fue demoledor.

Ahí es donde el Gobierno canario siente que se invade su espacio competencial y su autoridad pública.

Y es precisamente ahí donde muchos miraron hacia el espíritu del artículo 148 de la Constitución Española, el que reconoce y ampara competencias propias de las comunidades autónomas dentro del modelo territorial español. No se trataba de discutir la capacidad última del Estado en una emergencia marítima, sino de cómo se ejerció esa autoridad y del respeto político debido a una comunidad autónoma que reclamaba coordinación, información y lealtad institucional.

Fernando Clavijo había mostrado rechazo a permitir determinadas operaciones mientras reclamaba más información sanitaria y denunciaba cambios en lo previamente hablado con el Ministerio. Según la versión autonómica, Canarias no disponía de todos los datos y las condiciones pactadas inicialmente se habían modificado sobre la marcha. Y es precisamente en ese instante, cuando Moncloa activa el paraguas jurídico estatal para imponer criterio, cuando se rompe el equilibrio institucional.

Ahí saltó todo por los aires.

Porque en política no solo importa quién tiene la competencia legal. Importa también cómo se ejerce, cómo se comunica y cuánto se respeta al otro gobierno implicado. Y en Canarias quedó la sensación de que Madrid pasó de la coordinación a la imposición.

Por eso muchos dentro del Ejecutivo autonómico comenzaron a hablar, en privado, de una especie de “155 encubierto” en versión sanitaria y marítima. No porque existiera una suspensión formal de competencias —que no la hubo— sino porque el Estado terminó imponiendo su tesis sobre el territorio y corrigiendo públicamente al Gobierno canario delante de toda España.

Y eso deja heridas políticas profundas.

La Constitución Española reconoce un modelo basado en cooperación institucional y equilibrio territorial. España no funciona únicamente desde el mando vertical del Estado. Funciona —o debería funcionar— desde la colaboración entre administraciones.

Pero en esta crisis esa cooperación se fracturó.

El Gobierno central encontró cobertura jurídica en normativa marítima y sanitaria para dirigir el operativo. Legalmente defendible. Políticamente explosivo.

Porque la sensación trasladada desde Canarias fue otra: Madrid imponiendo criterio y utilizando el miedo sanitario como una herramienta para asumir el mando efectivo del operativo.

El problema es que después comenzaron a aparecer demasiadas contradicciones incómodas.

Si el riesgo sanitario justificaba semejante intervención… ¿cómo es posible que, según denunció Clavijo, ni siquiera otras instituciones canarias hubiesen recibido toda la información sobre movimientos previos de personas potencialmente afectadas? ¿Cómo se entiende que Marruecos rechazara determinadas operaciones mientras Canarias debía asumir el peso del operativo? ¿Por qué unas administraciones conocían ciertos datos y otras no?

Ahí comenzó el verdadero incendio político.

Porque cuando la información deja de compartirse entre instituciones, nace la desconfianza. Y cuando la desconfianza entra en una crisis sanitaria, la política se convierte en dinamita.

Lo más triste es que probablemente casi todos actuaban pensando que hacían lo correcto. Técnicos estatales intentando blindar un operativo delicadísimo. Gobierno canario defendiendo su capacidad de decisión y el respeto institucional hacia una comunidad ultraperiférica que demasiadas veces siente que se la escucha poco. Cabildos intentando no quedar fuera del circuito de información. Y ministros tratando de evitar que cualquier error terminara convertido en un escándalo nacional.

Pero el resultado final fue devastador políticamente.

Canarias vio a dos gobiernos enfrentados en plena emergencia. Declaraciones cruzadas. Filtraciones. Informes que se contestaban mutuamente. Mensajes contradictorios. Y una batalla de poder que acabó eclipsando lo esencial: la coordinación.

Porque en una crisis real la ciudadanía no distingue entre colores políticos. La gente solo espera que sus instituciones trabajen juntas.

Y esa es quizá la gran pregunta que queda flotando sobre el Atlántico tras esta semana de tensión: ¿se habría actuado exactamente igual si esto hubiese ocurrido en otra gran comunidad autónoma del país? ¿O Canarias sigue siendo, para algunos despachos peninsulares, un territorio donde las formas importan menos porque está lejos?

La respuesta probablemente nunca llegará oficialmente. Pero el daño político ya está hecho.

Y lo peor de todo es que el divorcio entre el Gobierno central y el Gobierno canario parece hoy más profundo que hace apenas unos días. Un conflicto que va mucho más allá de un crucero, de unos protocolos o de unos ratones que podían —o no— saltar a tierra.

Lo que realmente saltó por los aires fue algo mucho más importante: la confianza entre instituciones.