Hay momentos en los que las noticias de una semana parecen enviarnos mensajes distintos al mismo tiempo.
Por un lado, seguimos viendo datos económicos positivos, aumento de visitantes, nuevas conexiones internacionales y cifras de empleo que reflejan que Canarias mantiene capacidad para generar actividad y seguir creciendo. Y eso, en un contexto internacional lleno de incertidumbres, no es algo menor.
Pero al mismo tiempo, también aparecen otras conversaciones más silenciosas. Conversaciones que se escuchan en las empresas, en muchos hogares y hasta en reuniones cotidianas entre personas que llevan años trabajando y viviendo aquí. Conversaciones sobre el coste de la vida. Sobre la dificultad de acceder a una vivienda. Sobre la sensación de que, a veces, todo depende demasiado de que las cosas sigan funcionando exactamente igual.
Y quizá ahí esté una de las reflexiones más importantes que Canarias debería hacerse en este momento. No sobre si estamos creciendo o no. Sino sobre hasta qué punto nos estamos acostumbrando a depender de un único equilibrio económico.
La falsa sensación de estabilidad
A veces las economías no se debilitan cuando las cosas van mal. A veces se debilitan cuando empiezan a acostumbrarse a que todo funcione razonablemente bien y dejan de prepararse para los cambios que puedan venir después.
Canarias ha demostrado durante décadas una enorme capacidad para adaptarse. El turismo ha sido un motor fundamental para las islas. Ha generado empleo, oportunidades y ha permitido avanzar a miles de familias y empresas. Negarlo sería injusto y profundamente alejado de la realidad.
Pero también es verdad que el mundo está cambiando a una velocidad enorme. Cambian los mercados, cambian los costes energéticos, cambian los hábitos de consumo y cambian incluso las formas de trabajar y de viajar.
Y en un territorio insular como el nuestro, donde casi todo depende de factores externos que no controlamos completamente, cualquier cambio termina notándose con rapidez.
Cuando dependemos demasiado
Quizá el verdadero debate no sea si el turismo funciona. Evidentemente funciona y seguirá siendo una parte esencial de Canarias durante muchos años.
La cuestión es otra. Qué ocurre cuando una sociedad acaba dependiendo demasiado de que una sola pieza siga funcionando siempre bien. Porque cuando eso sucede, cualquier tensión exterior acaba afectando a todo lo demás.
Lo vimos durante la pandemia. Lo hemos vuelto a notar con la energía. Y sigue apareciendo cada vez que el contexto internacional se vuelve más inestable.
Por eso cada vez más personas hablan de diversificación económica. No como una moda o un discurso político, sino como una cuestión de sentido común.
Empezar a mirar más allá
Lo interesante es que Canarias empieza poco a poco a abrir nuevas puertas. Esta misma semana hemos vuelto a ver noticias relacionadas con empresas tecnológicas que se instalan en las islas, iniciativas vinculadas a innovación, proyectos ligados a sostenibilidad o actividades que hace años parecían imposibles de desarrollar desde aquí.
Y eso es importante. Porque demuestra que Canarias puede aspirar a mucho más de lo que a veces creemos. Puede desarrollar tecnología, generar conocimiento, impulsar industria vinculada a sostenibilidad y transformación energética. Y sobre todo, puede y tiene que fortalecer la producción local con valor añadido.
Y puede hacerlo sin renunciar a lo que ya funciona. Porque diversificar no significa sustituir una economía por otra. Significa construir más apoyos para que el futuro dependa menos de una sola cosa.
El valor de tener más pilares
Las economías más fuertes no son necesariamente las que más crecen en un momento concreto. Son las que tienen más capacidad para resistir cuando llegan las dificultades. Y para eso hace falta construir pilares distintos.
Empresas más conectadas con innovación. Sectores capaces de generar empleo cualificado. Producción local más fuerte. Y una economía que permita a los jóvenes imaginar su futuro aquí sin sentir que necesariamente tienen que marcharse fuera para encontrar determinadas oportunidades.
Eso requiere tiempo. Y requiere también una visión más amplia que la inmediatez de los datos económicos de cada trimestre.
Una reflexión que merece la pena
Canarias tiene muchas fortalezas. Más de las que a veces pensamos. Tiene talento, capacidad empresarial, una posición estratégica extraordinaria. Y tiene una sociedad acostumbrada a adaptarse y salir adelante incluso en momentos difíciles.
Pero quizá el reto más importante de los próximos años no sea simplemente seguir creciendo. Quizá sea algo más complejo y, al mismo tiempo, más importante: conseguir que el futuro de Canarias dependa cada vez menos de un único equilibrio económico.
Porque cuando una sociedad pone demasiado peso sobre una sola estructura, cualquier movimiento termina afectando a todo.
Y tal vez haya llegado el momento de empezar a construir con más apoyos, con más equilibrio y con una mirada más larga. No desde el miedo. Ni desde el pesimismo. Sino desde algo mucho más sencillo: la responsabilidad de pensar qué Canarias queremos dejar dentro de unos años.
Porque al final, las sociedades más fuertes no son las que nunca tienen problemas. Son las que entienden a tiempo que no pueden depender siempre de lo mismo.