‘El día que el periodismo incomodó a Florentino Pérez’, por Selene Melián

En tiempos donde el poder parece blindado, conviene recordar que todavía existe una fuerza capaz de incomodar incluso a quienes parecen intocables: el periodismo.

Florentino Pérez no es un ciudadano cualquiera. Es el presidente del club más poderoso del mundo del fútbol, un empresario de prestigio internacional, una figura que se mueve entre despachos donde se toman decisiones económicas, políticas y deportivas de enorme alcance. Probablemente tenga más acceso, más influencia y más capacidad de abrir puertas que muchos ministros. En determinados ámbitos, incluso más peso que algunos presidentes de gobierno. Y, sin embargo, también él ha perdido los papeles ante determinadas críticas mediáticas.

Eso debería hacernos reflexionar

Porque cuando una persona con semejante nivel de poder se incomoda, se enfada o se siente amenazada por una opinión publicada, lo que queda demostrado no es su debilidad, sino la enorme fuerza que todavía conserva la prensa. El llamado “cuarto poder” sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de señalar, cuestionar y poner contra las cuerdas a quienes viven acostumbrados a no recibir un “no” por respuesta.

El periodismo no siempre acierta. A veces exagera, otras se equivoca y muchas cae en intereses o dinámicas cuestionables. Pero incluso con sus defectos, sigue siendo imprescindible. Porque donde no hay periodistas incómodos, aparecen los silencios interesados. Y donde nadie pregunta, nadie rinde cuentas.

Un artículo, una portada, una tertulia o una investigación pueden provocar más nerviosismo que una reunión institucional. La famosa “pena de telediario” duele. Y duele porque el juicio público no entiende de cuentas bancarias, despachos de lujo ni posiciones de privilegio. Ante una publicación masiva, nadie es completamente poderoso. Da igual el patrimonio, el cargo o la influencia acumulada durante décadas: cuando la opinión pública se mueve, incluso los gigantes sienten el golpe.

Ahí reside precisamente el valor del periodismo. En su capacidad para influir, para generar debate, para construir opinión y, sobre todo, para incomodar al poder. Quienes tienen un micrófono, una cámara o simplemente un bolígrafo poseen una responsabilidad inmensa. Hablan para millones de personas. Pueden elevar reputaciones o destruirlas. Pueden señalar abusos o contribuir a ocultarlos. Y por eso mismo, el periodismo merece respeto.

No por ser perfecto, sino porque sigue siendo necesario

Vivimos en una época donde muchos quieren desacreditar a los medios cuando las noticias no les favorecen. Se acusa al periodista de “tener intereses” simplemente por preguntar o por publicar algo incómodo. Pero precisamente ahí empieza la función real de la prensa: en molestar a quienes preferirían actuar sin vigilancia pública.

Hay algo profundamente revelador cuando un hombre que lo tiene casi todo —dinero, influencia, poder institucional y capacidad para condicionar gobiernos, empresas y hasta el relato del fútbol moderno— estalla por un simple artículo, una opinión o una información que no encaja con lo que desea escuchar. Porque ahí queda claro que el periodismo, pese a la precariedad, sigue teniendo poder. A Florentino Pérez se le pone firme un país entero cuando habla de negocios o de fútbol; dirigentes, empresarios y medios orbitan alrededor de una figura cuya influencia trasciende un club deportivo.

Y, sin embargo, basta una crítica incómoda para provocar irritación. Esa es precisamente la prueba de que el periodismo sigue siendo el cuarto poder: porque incluso quienes controlan casi todos los espacios no soportan del todo que exista alguien capaz de preguntar, señalar o desmontar un relato. Más triste aún es escuchar a quienes desprecian este oficio hablando de “periodistas mileuristas” o “frikis”, como si un sueldo bajo invalidara la honestidad, la vocación o el derecho a informar.

Muchos de los que se ríen de periodistas que cobran una miseria jamás entenderán que precisamente ahí reside parte de la dignidad de este trabajo: seguir preguntando aun sin privilegios, seguir contando historias aun sin millones y seguir incomodando a quienes sí lo tienen todo. Porque al final, el poder no teme al periodista rico ni al famoso; teme al que todavía conserva independencia para escribir algo que no puede controlar.

También conviene decir algo importante: Florentino Pérez no ha llegado donde está por casualidad. Su trayectoria empresarial y deportiva es la de una figura de enorme éxito, capaz de construir influencia, liderar proyectos gigantescos y convertir al Real Madrid en una referencia mundial tanto económica como institucional. Su capacidad de gestión, su visión y su peso en los grandes círculos de poder son indiscutibles.

Precisamente por eso sorprende que, en una rueda de prensa, haya terminado perdiendo los papeles ante determinadas críticas periodísticas. Porque alguien con semejante experiencia y autoridad debería entender mejor que nadie que la prensa está para preguntar, opinar y cuestionar, incluso cuando molesta. Atacar al periodismo desde la incomodidad personal es un error, especialmente viniendo de una figura que representa tanto poder. Y quizá ahí esté la mayor prueba de la fuerza de los medios: incluso quienes parecen inalcanzables sienten el impacto de la crítica pública.

Que alguien tan poderoso como Florentino Pérez haya mostrado incomodidad ante determinadas críticas mediáticas no empequeñece su figura. Lo que engrandece es la evidencia de que todavía existe un contrapoder capaz de afectarle.

Porque al final, frente al foco público, todos somos vulnerables.

Y esa vulnerabilidad es una de las pocas garantías democráticas que todavía nos quedan.