El editorial del domingo en La Gaceta de Canarias: Autónomos al límite, gasolina disparada y ciudadanos agotados: la Canarias real habla

Canarias ha dejado de enfadarse para empezar a agotarse. Y eso es mucho más peligroso.

El tracking realizado para La Gaceta tras la crisis del hantavirus deja un mensaje demoledor: la sociedad canaria ya no soporta la política convertida en espectáculo. El ciudadano no quiere más ruedas de prensa teatrales, ni ministros entrando en confrontaciones permanentes, ni estrategias de comunicación diseñadas para redes sociales mientras la vida diaria se convierte en una carrera de obstáculos económicos.

En medio de esa tormenta institucional, incluso muchos ciudadanos que no votaron a Fernando Clavijo perciben que el presidente canario actuó sin sobreactuación ni excesivo electoralismo. Y eso explica parte del desgaste sufrido por Mónica García, cuya exposición pública y choque constante terminaron pasando factura ante una sociedad que pedía serenidad y no más tensión.

Pero el verdadero problema no es un nombre ni un partido. Es otro mucho más profundo: la desconexión total entre la política y la vida real.

Porque mientras Madrid debate relatos, el autónomo canario hace cuentas para sobrevivir. Un pequeño empresario con dos o tres empleados puede acabar soportando cerca de 1.500 euros mensuales entre cuotas, cotizaciones y costes laborales. El trabajador, por su parte, ve cómo IRPF, Seguridad Social, inflación, alquileres y combustible reducen cada vez más su margen de vida.

Y luego llega Hacienda con las devoluciones como si fueran un premio nacional. Pero la ciudadanía ya no celebra 100 o 200 euros cuando siente que durante todo el año ha sido exprimida hasta el límite.

La gasolina se ha convertido en otro símbolo del hartazgo. Canarias, pese a su condición ultraperiférica y su fiscalidad diferenciada, paga ya precios muy similares a la Península. Un depósito medio ronda hoy los 80 euros en las Islas y cerca de 90 euros en buena parte del territorio peninsular. ¿Dónde quedó entonces la gran ventaja? Nadie logra explicarlo de manera convincente. Siempre aparecen las mismas excusas técnicas: mercados internacionales, logística, conflictos globales o reservas estratégicas. Pero la sensación final del ciudadano siempre es la misma: pagar más y entender menos.

Y en medio de todo esto tampoco puede ignorarse lo que esta misma semana ha vuelto a deslizar Bruselas sobre España y su incapacidad crónica para presentar unos presupuestos sólidos y creíbles. Europa hace tiempo que mira a España con una mezcla de desconfianza y cansancio institucional. Cada advertencia, cada correctivo jurídico o económico y cada tirón de orejas público alimentan la sensación de un país que improvisa demasiado y planifica poco.

Como diría mucha gente en la calle, metafóricamente hablando, España empieza a recibir avisos “como a los niños malos de toda la vida”. Y quizá lo más preocupante es que ya nadie parece sorprenderse. Porque vivimos además en una sociedad dominada por el “quedabienismo”: mucho discurso correcto, mucha pose pública, mucha indignación perfectamente calculada… pero demasiadas malas artes y demasiadas maniobras sibilinas detrás del telón.

Así funciona muchas veces esta nueva sociedad global. Valientes en redes sociales, pero mucho menos firmes en la realidad cruda y en el cara a cara… muy cagaleras.

Mientras tanto, el pequeño comercio resiste como puede, los jóvenes ya no quieren emprender y media España sueña con opositar porque entiende que asumir riesgos se ha convertido en una penalización permanente.

Las grandes corporaciones sobreviven siempre. El autónomo normal no. El pequeño empresario no. El que abre cada mañana su negocio y genera empleo siente que trabaja primero para sostener el sistema y después para intentar vivir de él.

Y quizá ahí esté el gran mensaje de fondo que deja este momento político y social: el ciudadano no está radicalizado. Está agotado.

Agotado de pagar.
Agotado de escuchar discursos.
Agotado de sentir que siempre sostiene el sistema mientras otros viven cómodamente dentro de él.

Canarias no pide milagros. Pide sentido común. Pide respeto. Pide políticos que bajen del plató y vuelvan a parecerse a la gente que les paga el sueldo.