La Opinión de la redacción

La Hidra del cinismo político

España se ha convertido en una hidra. Mil cabezas. Mil discursos. Mil excusas. Y ninguna solución real. Cada semana aparece un nuevo escándalo, un nuevo salto al vacío institucional, una nueva línea roja pulverizada… y la sociedad ya ni se inmuta. Lo vemos, lo comentamos cinco minutos en redes sociales, hacemos un meme y seguimos adelante como si fuese normal vivir permanentemente dentro de una crisis moral colectiva.

Y no, no es normal.

El país vive agotado. Cansado. Hastiado. La ciudadanía empieza a sentir que la política ya no sirve para representar a la sociedad, sino para protegerse a sí misma. Un ecosistema donde los partidos han convertido la ética en un arma arrojadiza dependiendo del color del acusado.

Si el investigado es “de los míos”, se habla de presunción de inocencia, de esperar al juez, de no politizar.
Si es “de los otros”, entonces aparece la corrupción estructural, la mafia y el apocalipsis democrático.

Y a la semana siguiente, los papeles cambian. Los discursos también. Pero las prácticas siguen siendo exactamente las mismas.

La entrada de José Luis Rodríguez Zapatero en una investigación judicial relacionada con el caso Plus Ultra supone un golpe simbólico brutal para la democracia española. Porque hablamos del primer expresidente del Gobierno investigado en la historia reciente de España. Y eso deja una fotografía devastadora para la credibilidad institucional de un país que lleva años normalizando lo inaceptable.

Zapatero, el de “la ceja”. El que le dijo a Iñaki Gabilondo aquello de “nos conviene que haya tensión”. Muchos creen que aquella frase marcó el inicio de la política emocional y tribal que hoy consume España. Desde entonces comenzó una dinámica peligrosa: dividir constantemente a la sociedad entre buenos y malos, entre puros e impuros, entre salvadores y enemigos públicos.

Y el resultado está ahí.

Una España agotada psicológicamente. Una sociedad donde cada semana surge una nueva polémica diseñada para intoxicar, polarizar y distraer. Una política convertida en espectáculo permanente. Una ciudadanía que ya no cree prácticamente en nadie.

Lo más duro de todo es comprobar cómo, en apenas ocho años, España ha llegado al punto de hacer parecer al Gobierno de Mariano Rajoy menos presuntamente corrupto de lo que muchos vendieron durante años. Y eso no significa absolver nada del pasado. Significa que el presente ha empeorado hasta límites preocupantes.

La hidra sigue creciendo.

Cada cabeza representa una nueva contradicción política. Un nuevo escándalo. Una nueva pelea televisiva. Un nuevo argumentario hipócrita. Mientras tanto, el ciudadano paga más, vive peor, desconfía más y observa cómo el nivel institucional cae sin freno.

Ya no existe ejemplaridad. Solo relato.

Por eso la palabra que define hoy España es DESAFECCIÓN. Lo dijimos en nuestra editorial del domingo y hoy vuelve a resonar con más fuerza que nunca. Desafección hacia la política. Hacia los partidos. Hacia unas élites incapaces de entender el cansancio real de la calle.

Porque el problema ya no es ideológico. El problema es moral.

Y mientras unos y otros sigan creyendo que la ciudadanía es tonta, que todo se tapa con propaganda y que la polarización infinita les garantiza votos, la fractura seguirá creciendo.

España necesita menos cinismo y más dignidad pública.

Por favor. Basta ya.