La píldora económica de Jordi Bercedo: «La inflación es, en cierto modo, un impuesto silencioso»

Vivimos en una época económica muy peculiar, y quizás lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando a ella. Nos hemos habituado a convivir con guerras en Europa, con tensiones geopolíticas permanentes en Oriente Próximo, con problemas en las cadenas logísticas internacionales, con encarecimientos energéticos continuos y con una inflación que, aunque ya no ocupa grandes titulares, sigue erosionando silenciosamente el bolsillo de millones de familias.

Y mientras todo eso ocurre… seguimos consumiendo. España continúa manteniendo una elevada tasa de consumo interno. La gente sigue viajando, sigue comprando, sigue financiando ocio, tecnología, restauración o moda, en gran parte a crédito. Y eso tiene una explicación económica y también psicológica.

Durante años hemos entrado en una dinámica donde el ahorro ha dejado de ser una prioridad social. El marketing, las redes sociales y la cultura de la inmediatez han generado una sensación permanente de necesidad de consumo. Vivimos en una economía donde parece más importante aparentar capacidad adquisitiva que tener estabilidad financiera.

Y aquí aparece uno de los grandes problemas actuales: muchas personas están manteniendo un nivel de vida que realmente no pueden sostener.

El endeudamiento privado vuelve a crecer, el ahorro familiar pierde peso y, además, la inflación está haciendo un daño mucho mayor del que percibe la población.

Porque la inflación no solo significa que las cosas sean más caras. La inflación destruye poder adquisitivo. Es, en cierto modo, un impuesto silencioso.

Con el mismo salario que teníamos hace cinco o seis años, hoy compramos bastante menos. Y eso afecta especialmente a las clases medias y trabajadoras, que ven cómo el dinero dura cada vez menos.

Muchos ciudadanos todavía comparan precios con los años previos a la pandemia y tienen la sensación de que “todo se ha disparado”. Y en gran medida es cierto. Alimentación, vivienda, energía, seguros, transporte… prácticamente todos los componentes esenciales de la economía doméstica han subido de forma notable.

Mientras tanto, Europa sigue mostrando un crecimiento económico débil. El viejo continente continúa perdiendo competitividad frente a economías asiáticas y americanas que avanzan a mayor velocidad, con más capacidad tecnológica, más productividad y, en algunos casos, con políticas económicas mucho más agresivas.

Y en este contexto empieza a surgir nuevamente un debate fundamental: ¿deben volver a utilizarse los tipos de interés como herramienta de control más contundente?

Durante estos últimos años, los bancos centrales comenzaron a subir tipos precisamente para frenar la inflación. El objetivo era enfriar la economía, reducir el exceso de consumo y evitar que los precios siguieran creciendo sin control.

Es verdad que unos tipos de interés altos encarecen las hipotecas, dificultan la financiación empresarial y ralentizan la actividad económica. Pero también es cierto que, si no se contiene la inflación, el deterioro del poder adquisitivo puede acabar siendo mucho más dañino para la población.

Porque una economía no puede sostenerse indefinidamente sobre el consumo impulsivo, el endeudamiento permanente y la pérdida continua de capacidad de ahorro.

Tarde o temprano hay que recuperar cierta disciplina económica. Y quizás ese sea uno de los grandes retos de los próximos años: volver a poner en valor el ahorro, la planificación financiera y la estabilidad frente a la cultura del gasto inmediato.

Porque una sociedad que deja de ahorrar es también una sociedad mucho más vulnerable ante cualquier crisis futura.

Jordi Bercedo Toledo

Economista