El CD Tenerife no pudo ganar el sábado, que era lo que tenía que hacer, frente al Ourense. Finalmente, fue dos a uno con la victoria gallega, que no le servía de nada porque desciende al pozo de la segunda Federación. No pudo ser, pero el objetivo estaba cantado desde hace algunas semanas y no nos jugábamos nada en esta última jornada. El CD Tenerife le ha sacado once puntos al segundo y ya está.
Vamos a hablar de otras cosas, que hay muchas. Como de la imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. Lo último que hemos sabido es que felicitó desde su móvil a la trama de Plus Ultra por sus gestiones en Venezuela. No fue noticia en la TVE en su portada del sábado, dedicada al triunfo del Barcelona sobre el Lyon por cuatro goles. En relación al caso Zapatero, hemos sabido, en las últimas horas, que la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional sitúa en la cúspide de la red criminal al expresidente del Gobierno Central. Los agentes sitúan en el segundo nivel a Julio Martínez, el que fuera su mano derecha, amigo personal y el que le lleva todas las finanzas, y al canario Manuel Aarón Fajardo García, hijo del senador por Lanzarote y que al parecer se movía en Venezuela como nadie.
Uno tiene la sensación de asistir a un espectáculo político donde ya cuesta distinguir qué parte pertenece a los tribunales, cuál a la policía y cuál a la batalla mediática. Porque esa imputación ha dejado de ser solo un asunto judicial para convertirse en un terremoto político de primer nivel. Lo más llamativo quizá no sea ya la investigación en sí, sino la forma en la que el país se ha acostumbrado a convivir con escándalos permanentes mientras cada bloque político reacciona exactamente igual que siempre: unos hablando de persecución judicial, otros dictando sentencia antes del juicio y muchos medios seleccionando qué es portada y qué no según convenga al relato.
Mientras tanto, los ciudadanos contemplamos atónitos cómo aparecen nombres, empresarios, comisiones, rescates públicos, conexiones venezolanas y registros policiales alrededor de un expresidente del Gobierno, y aun así todo acaba reducido a un combate de trincheras partidistas. Y ese es quizá el problema más grave: que en España ya casi nadie espera ejemplaridad; apenas esperan que el escándalo siguiente tape al anterior.
Todo esto ocurre, además, en la misma semana del batacazo en las elecciones andaluzas y a solo diez días de que comience el juicio del hermano de Sánchez en la Audiencia Provincial de Badajoz. Casi nada.
Nos enfrentamos, los curritos de este país, a una cesta de la compra que no deja de subir. Sufrimos un encarecimiento de los alimentos que es brutal y esta medida se ha convertido en una de las principales dificultades para llegar a fin de mes, por lo que es una preocupación para muchos. Los datos del CIS dicen que esta situación es peor que la de hace seis meses porque todo ha subido nada menos que el 37 % en los últimos cinco años. Aunque lo que más ha subido es la vivienda. Lo peor del caso es que no se atisba el final de la escalada. Más bien al contrario.
Ahora que tanto se habla de los lobbies y del tráfico de influencias, convendría mirar a los proyectos de leyes que no se han tramitado y que ahora mismo esperan en una especie de limbo, a que se llamen para su revisión y adaptación a los tiempos actuales. Por ejemplo, desde hace años la reforma de la ley de secretos oficiales espera esa expectativa. ¿Decaerá otra vez? ¿Qué es lo que se dice cuando termina cada legislatura y se convocan unas nuevas elecciones?
Ha sido la semana de la inauguración de la famosa pasarela peatonal de Padre Anchieta, en La Laguna. Una infraestructura que llevaba años anunciándose y que por fin ha abierto después de retrasos, modificaciones y sobrecostes. La obra, impulsada por el Cabildo, ha supuesto una inversión que supera ya los doce millones de euros y pretende canalizar a miles de peatones diarios en uno de los puntos más caóticos del tráfico insular. La idea es sencilla: cerrar los pasos de peatones en tierra para agilizar la circulación de coches en una rotonda por la que pasan decenas de miles de vehículos cada día.
Durante los últimos días también hemos conocido el concurso de adjudicación para ampliar la autopista del Norte, entre Guamasa y el aeropuerto del Norte, que al final ha salido por 58 millones de euros, a pesar de que tenía hasta 66,8 consignados. La obra tendrá un carril más de 3,6 kilómetros de asfalto y 36 meses para construirlo. El concurso lo ganó una UTE en la que figura Ferrovial Construcciones con Astoya, que harán ese tramo que sale a más de 16 millones el kilómetro. ¿Es mucho? ¿Es poco? Ustedes mismos.
Da la impresión de que aquí todo tiene que acabar convertido en una obra mastodóntica para justificar titulares, inauguraciones y fotos oficiales. Mientras tanto, siguen apareciendo cifras millonarias para ampliar carreteras o reformar accesos sin que la ciudadanía termine de percibir que los problemas de movilidad mejoren realmente.
El problema es la sensación de fondo de que hemos perdido la medida de las cosas. Que ya cuesta distinguir entre servicio público y negocio, entre patrimonio y explotación, entre gestión y propaganda. Canarias presume de identidad, cultura, gastronomía y modernidad, pero a veces da la impresión de que estamos levantando un decorado cada vez más espectacular mientras descuidamos algo mucho más sencillo: que la gente siga sintiendo que las cosas también le pertenecen un poco.
Y al final uno termina la semana con la sensación de vivir en un país donde todo ocurre simultáneamente y nada acaba de resolverse del todo. El Tenerife asciende, pero pierde el último partido; los políticos se acusan mientras los tribunales siguen acumulando causas; las infraestructuras se inauguran entre aplausos y sobrecostes; los precios suben más rápido que los salarios y las reformas importantes duermen en un cajón esperando otra legislatura que quizá tampoco las saque adelante. Y entretanto, el ciudadano normal —ése que madruga, llena el depósito, hace la compra y paga la hipoteca o el alquiler— contempla todo este ruido como quien mira una obra interminable: con resignación, con cansancio y con la sospecha de que aquí a menudo hay dinero para el titular, para la foto y para la propaganda, pero cada vez menos para devolverle a la gente algo tan simple como la tranquilidad de vivir un poco mejor.
