El editorial del domingo en La Gaceta de Canarias: «Bruselas, Madrid y Canarias: relato, pocas verdades, mucho ruido y pocas nueces»

Europa vuelve a mirar al comercio digital. Bruselas estudia nuevas ocurrencias recaudatorias para gravar las compras procedentes de plataformas extracomunitarias, especialmente las que llegan desde Asia. Como casi siempre, los burócratas europeos y sus fieles peninsulares parecen más preocupados por poner barreras y cobrar más que por entender por qué millones de personas eligen comprar fuera. La pregunta es sencilla: si durante años millones de consumidores han optado por comprar fuera de Europa, quizá convenga preguntarse por qué antes de buscar nuevos impuestos.

China no ha conquistado mercados por casualidad. Lo ha hecho porque ofrece precio, rapidez y una experiencia de compra que muchos consumidores consideran más atractiva. Cuando un modelo triunfa de forma masiva, la respuesta no debería ser únicamente recaudar más, sino analizar qué estamos haciendo mal.

Porque el problema de fondo es otro. Europa y España viven atrapadas en una dinámica donde cada año se recauda más, se crean más figuras fiscales y se incrementa la presión sobre quienes producen, emprenden o trabajan. Mientras tanto, crece la sensación entre muchos ciudadanos de que el esfuerzo adicional no siempre encuentra recompensa.

Eso no significa cuestionar el Estado del bienestar. Al contrario. La sanidad, la educación, la dependencia, la defensa o las políticas sociales son pilares que deben fortalecerse. Pero también es legítimo preguntarse si el sistema está encontrando el equilibrio adecuado entre derechos y obligaciones.

Mientras tanto, la política española sigue instalada en una permanente campaña electoral. Los últimos episodios relacionados con el entorno del Gobierno han vuelto a alimentar el debate sobre la estabilidad de la legislatura. Sin embargo, la realidad es mucho más simple de lo que algunos quieren admitir.

Los socios parlamentarios llevan meses hablando y lanzando advertencias de cara a la galería, pero rara vez pasan de las palabras a los hechos. La razón es evidente: su comodidad política depende de mantener la situación actual y, en la práctica, tienen al Gobierno rehén de sus exigencias. Lo saben el PNV, ERC, Sumar, Podemos o Junts, que elevan el tono cuando les conviene, pero también son conscientes de que un cambio de Gobierno podría poner en riesgo muchas de las ventajas, acuerdos y concesiones obtenidas durante estos años. Por eso abundan los discursos y escasean las decisiones. Una dinámica que muchos canarios observan con escepticismo, especialmente cuando desde Madrid algunos viejos reflejos de godos y peninsulares siguen pretendiendo decidir por todos sin comprender las realidades de las Islas.

Coalición Canaria observa la situación con la tradicional prudencia insular. Su posición es clara: cualquier decisión debe medirse en función de los intereses de Canarias. La política, al final, también consiste en calcular tiempos y oportunidades.

Y en el otro lado aparece un Partido Popular que insiste en exigir explicaciones al Gobierno, pero evita dar el paso definitivo. La moción de censura existe precisamente para eso. Si se considera que el Ejecutivo ha perdido la confianza del país, hay mecanismos parlamentarios para demostrarlo. Lo demás corre el riesgo de quedarse en un intercambio de discursos que alimenta titulares, pero no resuelve nada.

Tampoco ayuda el deterioro del debate público. El episodio de las supuestas joyas atribuidas a José Luis Rodríguez Zapatero ha vuelto a demostrar cómo funcionan hoy las redes sociales y parte del ecosistema mediático. Antes de verificar, contextualizar o explicar, muchos prefieren amplificar aquello que confirma sus prejuicios. El resultado es un periodismo de trincheras donde importa más imponer un relato que buscar la verdad.

Y mientras Madrid vive pendiente de sus batallas, Canarias continúa mirando a la capital del Estado por una razón muy concreta: el dinero. La capacidad para utilizar recursos extraordinarios, cumplir compromisos pendientes o desbloquear inversiones sigue dependiendo en gran medida de decisiones que se toman a más de 1.800 kilómetros de distancia.

Por eso el Día de Canarias deja una reflexión interesante. Más allá de complejos históricos, debates identitarios o discusiones políticas, las Islas siguen demostrando una personalidad propia reconocible dentro y fuera de España.

La imagen de Patty Mills implicándose con Tenerife durante su estancia en el archipiélago es un buen ejemplo. Quien llega con respeto, entiende rápidamente que Canarias es mucho más que un destino turístico. Es una forma de vivir, de convivir y de entender el mundo.

Quizá por eso seguimos celebrando cada gesto de quienes triunfan fuera y no olvidan dónde están. Porque la identidad canaria no necesita grandes discursos. Se reconoce en los detalles.

Y eso, afortunadamente, todavía no depende ni de Bruselas ni de Madrid.

Y cerramos con una anécdota que dio mucho que hablar este sábado. Durante un acto de izado, la bandera de España acabó cayendo al suelo. Un incidente sin mayor trascendencia, una cuestión técnica que puede ocurrir en cualquier ceremonia. Pero la imagen dejó una reflexión inevitable.

¿Es una simple casualidad o una metáfora del momento que vive España? Cada lector tendrá su propia respuesta. Lo que sí conviene recordar es que la bandera no pertenece a ningún partido político, ni a una ideología concreta, ni a un lado ni al otro del tablero. La bandera es de todos. De quienes piensan distinto, de quienes discrepan y de quienes comparten un mismo proyecto de país.

Y precisamente por eso merece respeto. Porque representa mucho más que un símbolo. Representa una historia común, una convivencia construida durante generaciones y un país que, con sus defectos y virtudes, sigue siendo una de las grandes democracias del mundo.

En demasiadas ocasiones escuchamos discursos que solo ponen el foco en los errores del pasado, en las sombras de la historia o en los episodios más controvertidos. Es legítimo analizarlos y aprender de ellos. Pero también conviene recordar que la historia de España, como la de cualquier nación, tiene luces y sombras, y que otros países que hoy señalan con el dedo tampoco estuvieron exentos de episodios que hoy serían difíciles de justificar.

Lo importante no es vivir anclados en el pasado, sino construir el futuro. Y para hacerlo hace falta sentirse orgulloso de lo que somos. Orgulloso de España, de su gente, de su diversidad y también de su bandera. Porque los países avanzan cuando creen en sí mismos, no cuando se dedican constantemente a cuestionar su propia existencia.

Feliz semana. Llega junio. Y ojalá, junto al buen tiempo, lleguen también más unión, más confianza y más motivos para sentirnos orgullosos de este país que, pese a todo, sigue siendo uno de los mejores lugares del mundo para vivir.