El Málaga vuelve a Primera División y el Tenerife debería mirarse en ese espejo sin maquillaje, sin nostalgia barata y sin el viejo cuento de que aquí seguimos siendo algo que hace demasiado tiempo dejamos de ser.
El Málaga ha regresado ocho años después. Ocho años de tortura deportiva. De caer al barro. De pasar por Segunda, por Primera RFEF y por esa realidad que muchos clubes solo entienden cuando el fútbol les arranca de golpe todos los disfraces.
Porque el Málaga también tuvo dinero. Tuvo Champions. Tuvo glamour. Tuvo UNICEF. Tuvo estrellas. Tuvo focos. Tuvo discursos grandes. Y tuvo también demasiada chulería, demasiada fantasmada, demasiada mala praxis y demasiados personajes que confundieron gestionar un club con pasearse por él como si fuera una finca privada.
Luego pasó lo de siempre. Los que vendían grandeza se fueron. Los que prometían el cielo se fueron. Los que parecían imprescindibles se fueron. Y quedaron el escudo, la afición, la cantera y la gente de la casa. Es decir, lo único que casi nunca falla cuando todo lo demás se derrumba.
El Málaga vuelve con Funes en el banquillo, con una idea clara y con un mensaje que aquí cuesta mucho entender: la cantera no puede ser un número en una memoria anual, ni una foto bonita para redes sociales, ni una frase de compromiso en una rueda de prensa.
La cantera tiene que ser una filosofía. Creer en ella. Ponerla. Aguantarla. Sostenerla cuando falla. Y no usarla solo cuando no queda dinero para fichar. Esa es la gran lección.
Y esa es también la gran bofetada moral para el Tenerife. Porque aquí llevamos años creyéndonos la última Coca-Cola del desierto. Nos creemos glamurosos y no lo somos. Nos creemos grandes y los resultados dicen otra cosa. Nos creemos instalados en una historia que ya no juega partidos, ya no mete goles y ya no asciende a nadie.
Seguimos hablando de Valdano, de Redondo, de Pizzi, de la UEFA y de un pasado maravilloso que algunos utilizan como bocadillo emocional para no mirar el presente. Pero el fútbol moderno no espera a nadie. Y menos a quien vive abrazado a una fotografía antigua.
En el Tenerife, al entrenador que llega se le entrega demasiado pronto la llave del castillo. Da igual quién sea. Sin haber empatado con nadie, ya parece que tiene derecho a decidirlo todo. Se le pone la alfombra, se le concede el relato, se le entrega la ciudad y poco falta para darle el encendido de Navidad.
Luego, cuando vienen dos derrotas, se le quiere sacar por la puerta de atrás. Ese es el problema. Aquí no hay paciencia. Aquí no hay grises. Aquí se pasa del blanco al negro en noventa minutos. Y con esa montaña rusa emocional es imposible construir nada serio.
La cantera del Tenerife no necesita discursos. Necesita minutos. Necesita sitio. Necesita errores. Necesita que no la maten al primer mal control. Necesita que el club crea de verdad, no de boquilla. Pero eso aquí casi nunca pasa. Porque siempre aparece el fichaje de fuera. El nombre que suena mejor. El representante que vende más bonito. El entrenador que pide sus jugadores. El iluminado que promete ascensos rápidos.
Y así llevamos años. Dando vueltas. Cambiando cromos. Hablando de grandeza. Y mirando cómo otros hacen lo que nosotros decimos que queremos hacer. Por eso lo del Málaga duele. Porque no es solo un ascenso. Es una lección. Es una demostración de que se puede volver desde abajo si hay una idea, si hay gente preparada y si el club deja de comportarse como si el pasado le garantizara algo.
También hay que decirlo: menos mal que en Málaga hubo gente que tiró de sentido común. Menos mal que José María Muñoz, administrador judicial, no se dejó amedrentar por todo lo que se movía alrededor. Menos mal que apostaron por gente de la casa, por estructura, por cantera y por ese made in boquerón que hoy devuelve al Málaga al lugar que tanto sufrió por recuperar.
Y sí, enhorabuena a un malacitano de pro desde la capital de la Costa del Sol; el gran Merchán que peleó por echar a quienes no daban seriedad a la Entidad, desde su micrófono en Radio Marca Málaga. Y enhorabuena a un tipo como Kike Pérez, preparado, años en el fútbol; de San Sebastián a Málaga con pasos por exteriores de Madrid, Cádiz y con arena pisada; con conocimiento y con una visión que aquí probablemente muchos no habrían dejado crecer porque molesta todo lo que no controlan.
Porque aquí también hay perfiles. Claro que los hay. Pero muchas veces no se les deja. No se les da tiempo. No se les da poder real. No se les protege. No se les permite equivocarse. Y mientras tanto seguimos rodeados de ricos muy ricos, de despachos muy cerrados y de gente que mira al Tenerife como si fuera una pieza de poder más que un club de fútbol. Pero eso lo dejamos para otro día.
Hoy la lección es otra. Málaga vuelve a Primera. Y Tenerife queda frente al espejo. Un espejo incómodo. Un espejo que dice que no basta con presumir de historia. Que no basta con hablar de cantera. Que no basta con recordar la UEFA. Que no basta con creerse grande. Hay que trabajar como un club grande. Hay que gestionar como un club serio. Hay que dejar de vender humo. Y hay que entender, de una vez, que la casa no se defiende con discursos: se defiende poniendo a los de la casa en el campo, en los despachos y en el proyecto.
El Málaga lo entendió. El Tenerife todavía está a tiempo. Pero para eso hay que hacer algo muy difícil en esta isla: dejar las tonterías, bajar el ego y empezar a mirar el fútbol moderno como es. No como lo recordamos. No como lo soñamos. No como nos lo contaron. Como es. Y ahí, por ahora, el Málaga nos ha dado una lección enorme