La tragedia que desnuda a un régimen, Por José Fernando Cabrera

Hay catástrofes naturales que dejan al descubierto mucho más que edificios derrumbados. El terremoto que ha devastado La Guaira y otras zonas de Venezuela ha revelado, con una crudeza insoportable, las costuras de un Estado incapaz de proteger a sus ciudadanos incluso en la hora más dramática.

Mientras cientos de cuerpos esperan sepultura por falta de medios y miles de familias continúan buscando a sus seres queridos entre los escombros, la imagen que proyecta el país es la de un sistema colapsado. No solo por la violencia de la naturaleza, sino por décadas de abandono institucional. Durante años, los gobiernos chavistas destinaron enormes recursos a reforzar el aparato militar y de control del Estado, mientras la sanidad, los servicios de emergencia y las infraestructuras esenciales quedaban relegados a un segundo plano.

Hoy las consecuencias son devastadoras. Faltan ambulancias, hospitales equipados, maquinaria pesada y recursos suficientes para afrontar una emergencia de esta magnitud. El heroísmo de los rescatistas venezolanos contrasta con la escasez de medios con la que trabajan. Por eso la ayuda internacional se ha convertido en imprescindible. Equipos llegados de España, Estados Unidos, Colombia, El Salvador y otros países sostienen buena parte de las labores de búsqueda, ofreciendo una solidaridad que merece el reconocimiento de todos.

Las imágenes que llegan desde Venezuela estremecen al mundo. No solo reflejan el dolor de quienes lo han perdido todo, sino también la impotencia de un gobierno completamente desbordado, cuya respuesta parece avanzar más despacio que la tragedia misma.

La historia demuestra que las grandes catástrofes también pueden convertirse en puntos de inflexión. La explosión de la central nuclear de Chernóbil, en 1986, evidenció las enormes debilidades de la Unión Soviética y aceleró un proceso político que parecía imposible meses antes.

Quizá, entre tanta destrucción, Venezuela encuentre también una oportunidad para reconstruirse. No solo levantando ciudades, sino recuperando instituciones, libertades y esperanza. Que los millones de venezolanos que un día tuvieron que abandonar su país puedan regresar a una nación democrática, estable y capaz de cuidar de los suyos sería el mejor homenaje a las víctimas de esta tragedia.