‘Semifinales de leyenda para salvar un Mundial de cartón piedra’, por Selene Melián

Hay torneos que dejan huella. Y hay torneos que pasan sin pena ni gloria. Este Mundial, salvo un giro de guion en su recta final, pertenece más al segundo grupo que al primero.

Ha sido una Copa del Mundo extraña. Correcta sobre el césped, pero fría en las gradas. Bien organizada en lo logístico, pero pobre en emociones. Un Mundial sin esa atmósfera que convierte cada partido en un acontecimiento y cada ciudad en el corazón del planeta fútbol.

Porque la FIFA ha vuelto a demostrar que, cuando el negocio manda, la esencia pierde.

La obsesión por ampliar mercados, vender más derechos, sumar patrocinadores y repartir sedes ha terminado desdibujando la identidad del torneo. Un Mundial no puede parecer una feria itinerante. Necesita un alma. Necesita un país que lo respire de norte a sur, que viva durante un mes para el fútbol y que contagie esa pasión al resto del mundo.

Los grandes Mundiales de la historia tuvieron precisamente eso: identidad. Italia, México, Francia, Alemania, Sudáfrica, Brasil… incluso Estados Unidos en 1994 consiguió crear una personalidad propia. El país anfitrión era parte del espectáculo.

Ahora, en cambio, el protagonismo se reparte entre mapas, vuelos, sedes y kilómetros. Todo parece diseñado pensando antes en la cuenta de resultados que en la experiencia del aficionado.

Y lo peor está por venir

La FIFA ya nos vende como un éxito que el Mundial de 2030 se dispute entre España, Portugal y Marruecos. Tres países, dos continentes y una organización fragmentada que podrá ser brillante desde el punto de vista institucional, pero que amenaza con volver a diluir la esencia de la competición.

Un Mundial no necesita ser más grande. Necesita ser mejor. Necesita tener un hogar.

Sin embargo, cuando parecía que este campeonato caminaba hacia el olvido, apareció el fútbol para recordarle a la FIFA quién sostiene realmente este negocio.

Las semifinales

Francia contra España. Inglaterra contra Argentina.

Cuatro gigantes. Cuatro selecciones históricas. Cuatro escudos que por sí solos vuelven a poner al planeta frente al televisor. Dos partidos que sí huelen a Mundial. Dos noches capaces de vender más ilusión que todo un mes de campañas de marketing.

Es la paradoja de siempre

La FIFA se empeña en complicar lo sencillo y el fútbol termina arreglando lo que los despachos estropean.

Porque cuando el balón empieza a rodar entre los mejores, desaparecen las críticas a la organización. Durante noventa minutos solo importa el juego, la emoción, el talento y la historia.

Las semifinales han conseguido rescatar un Mundial que hasta ahora había transmitido demasiado poco para lo que representa la mayor competición del planeta.

La lección debería ser evidente. El fútbol no necesita inventos. Necesita respetar su esencia.

Porque los Mundiales no se recuerdan por el número de sedes ni por los ingresos obtenidos. Se recuerdan por las emociones que dejan. Y esas, afortunadamente, siguen naciendo sobre el césped, no en los despachos de la FIFA.