‘Heavy Metal’, por Iván Bonales: «España y Argentina: cuando el fútbol une a dos gigantes»

Hay quien intenta vender esta final como una guerra. Como un choque de países. Como una batalla de banderas. Como una revancha histórica. Y no. Es exactamente lo contrario.

España y Argentina no llegan a Nueva York enfrentadas. Llegan unidas por el fútbol.

Habrá millones de españoles soñando con levantar la copa y millones de argentinos convencidos de que la Albiceleste volverá a reinar. Es lo normal. Es lo bonito. Es la esencia del deporte. Lo que no es normal es convertir noventa minutos de fútbol en una trinchera ideológica o en un concurso de insultos.

Durante décadas, Argentina ha sido una de las mayores fábricas de talento futbolístico del planeta. España, a su vez, ha sido una de las grandes puertas de entrada de ese talento. Nuestros estadios han disfrutado de generaciones irrepetibles de futbolistas argentinos que engrandecieron LaLiga. Hoy el dinero ha desplazado parte de ese flujo hacia la Premier League, la auténtica NBA del fútbol mundial, pero la conexión entre ambos países sigue siendo indiscutible.

No existe una enemistad entre España y Argentina. Existe admiración mutua.

Por eso resulta tan cansino observar cómo determinados streamers, youtubers o tertulianos convierten cada gran acontecimiento deportivo en un mercado del grito. No es una crítica a los nuevos formatos de comunicación, que tienen todo el derecho a existir y cuentan con millones de seguidores. Es simplemente constatar una realidad: el ruido vende más que el análisis y el insulto genera más clics que el respeto.

Lo mismo sucede en demasiados programas deportivos, donde la discusión ha sustituido al debate y donde parece que quien más levanta la voz es quien más razón tiene. Exactamente la misma enfermedad que lleva años contaminando la política: o estás conmigo o eres mi enemigo. No existen los matices. No existe el sentido común.

Y, sin embargo, el fútbol siempre termina desmintiendo ese relato.

Esta final no enfrenta dos civilizaciones. Reúne a dos gigantes que hablan el mismo idioma. Dos escuelas futbolísticas que se respetan. Dos países que sienten este deporte como pocos en el planeta.

Argentina llega con Leo Messi, un futbolista que ya no necesita demostrar absolutamente nada y cuya carrera lo sitúa entre los más grandes de todos los tiempos. España confirma que aquella revolución iniciada en 2008 no fue un accidente, sino el nacimiento de una manera de entender el fútbol que sigue evolucionando y conquistando generaciones.

Eso es lo verdaderamente importante.

No las tonterías sobre colonialismos reciclados. No los discursos de odio fabricados para generar visitas. No las provocaciones de quienes necesitan convertir cualquier partido en una pelea porque sin confrontación simplemente dejan de existir.

Desde estas líneas solo cabe una recomendación.

Que cada argentino anime a Argentina con toda la pasión del mundo.

Que cada español anime a España con exactamente la misma intensidad.

Y que cuando el árbitro señale el final, gane quien gane, todos recordemos que hemos asistido a una de esas noches que explican por qué el fútbol sigue siendo el deporte más grande jamás inventado.

Porque las finales pasan. Los insultos también.

Pero el respeto entre dos pueblos que aman el mismo balón debería durar para siempre.