En los últimos días hemos conocido que la deuda pública de España vuelve a situarse en torno al 100% de nuestro Producto Interior Bruto (1,729 billones de euros). Dicho de una forma sencilla, significa que el conjunto de las administraciones públicas debe una cantidad equivalente a todo lo que produce nuestro país en un año. Es un dato que no implica un problema inmediato, pero sí nos recuerda que las finanzas públicas necesitan equilibrio y responsabilidad para garantizar la estabilidad futura.
Al mismo tiempo, el precio del petróleo vuelve a ser motivo de preocupación. El barril de Brent se acerca nuevamente a los 100 dólares, y esto suele traducirse, tarde o temprano, en combustibles más caros, mayores costes de transporte y, en consecuencia, en un incremento del precio de numerosos productos y servicios.
Todo ello coincide con una inflación que continúa por encima del 3%. Es cierto que ya no estamos en los niveles tan elevados que vivimos hace unos años, pero conviene recordar una realidad económica muy importante: cuando la inflación baja, no significa que los precios bajen. Lo que ocurre es que siguen subiendo, aunque lo hagan a un ritmo menor. Es decir, el precio de la cesta de la compra, de la electricidad, de los seguros, de los restaurantes o de las vacaciones difícilmente volverá a los niveles de hace unos años.
Mientras tanto, los salarios no crecen con la misma intensidad. En términos generales, muchas familias continúan perdiendo capacidad adquisitiva. Con el mismo sueldo, hoy podemos comprar menos cosas que hace unos años. Y eso, en economía, tiene un nombre muy claro: pérdida de poder adquisitivo o, si lo prefieren, un empobrecimiento progresivo de la población.
A pesar de ello, el consumo privado continúa disparado. Nos encontramos en pleno verano, una época en la que millones de personas disfrutan de sus vacaciones, viajan, salen a comer o cenar, acuden a conciertos, festivales y realizan compras que durante el resto del año probablemente no harían.
Disfrutar del verano es, sin duda, algo positivo. La economía también necesita que exista consumo. Pero el problema aparece cuando ese consumo se financia con dinero que todavía no hemos ganado. Cada vez es más habitual recurrir a tarjetas de crédito, préstamos rápidos o pagos aplazados para asumir gastos de ocio que, aunque proporcionan satisfacción durante unos días, pueden convertirse en una carga financiera durante muchos meses.
Y aquí es donde conviene hacer una reflexión. Agosto es, históricamente, junto con diciembre, uno de los meses de mayor gasto del año. Sin embargo, septiembre llega con la vuelta al trabajo, el inicio del curso escolar, seguros, impuestos, recibos y muchos otros compromisos económicos. Si durante el verano hemos gastado por encima de nuestras posibilidades, la llamada «cuesta de septiembre» puede hacerse muy larga.
Por eso, tanto cabe insistir en la importancia de mantener unas finanzas personales saludables. Una de las principales recomendaciones es disponer de un pequeño “colchón” de ahorro para afrontar imprevistos. Una avería del coche, una reparación en casa, un gasto sanitario o incluso una pérdida temporal de ingresos son situaciones que pueden surgir en cualquier momento.
No hace falta ahorrar grandes cantidades de golpe. Lo importante es adquirir el hábito de reservar una pequeña parte de nuestros ingresos de forma constante. Ese ahorro proporciona tranquilidad y evita tener que recurrir al endeudamiento cuando aparecen los problemas.
En definitiva, vivimos un momento en el que coinciden una elevada deuda pública, un petróleo más caro, una inflación todavía significativa y unos salarios que, en muchos casos, no logran seguir el ritmo del aumento de los precios. Es un escenario que exige prudencia tanto a las administraciones públicas como a cada uno de nosotros.
Disfrutemos del verano, de las vacaciones y del merecido descanso, pero hagámoslo con sentido común. Porque muchas veces una buena decisión económica hoy es la que nos permitirá vivir con mucha más tranquilidad mañana.
Jordi Bercedo Toledo
Economista