Hay días en los que uno intenta escribir una editorial ordenada, seria, institucional, con sujeto, verbo, predicado y hasta alguna subordinada de esas que antes había que saber analizar para pasar de curso. Y luego mira alrededor y piensa: bendita EGB.
Porque lo de este país empieza a parecer una prueba gigantesca de comprensión lectora que estamos suspendiendo todos.
Empecemos por Canarias.
El famoso relato del Gobierno central, el mini decreto, el decreto que iba a ser y terminó convertido en una especie de decreto descafeinado con sacarina. Mucha épica, mucha negociación, mucho «hemos conseguido», y uno termina teniendo la sensación de que algunas obligaciones se presentan como conquistas históricas.
Un gobernante puede equivocarse. Faltaría más. Lo que no puede hacer es dejación de funciones y después aparecer con una medalla por haber hecho aquello para lo que precisamente le pagamos.
Y en medio de aquello fueron a por Matilde Asián.
Que si pedía demasiado. Que si tensaba demasiado. Que si estaba poniendo en riesgo el acuerdo.
Pues mire usted.
El tiempo, ese caballero que suele llegar tarde pero acaba presentándose, ha demostrado que de números Asián sabe un rato. A priori, Canarias ha conseguido sacar más tajada de la inicialmente planteada. Ahora falta lo verdaderamente difícil cuando hablamos del Estado: cobrarlo.
Porque en España somos especialistas en anunciar millones que luego viajan más despacio que una maleta perdida en Barajas.
Fernando Clavijo, además, demostró cintura y capacidad política. Supo esperar, negociar, aguantar y apretar cuando tocaba. Política, al fin y al cabo. Esa cosa antiquísima que antes consistía en buscar acuerdos y ahora parece consistir en insultar al contrario en X antes del desayuno.
Y de los números pasamos a las letras.
O, mejor dicho, a nuestra creciente dificultad para entenderlas.
El informe PISA vuelve a colocar a España y a Canarias delante del espejo. Y la fotografía no es precisamente para Instagram.
Comprensión lectora.
Dos palabras.
Comprensión.
Lectora.
Es decir, leer algo y enterarse de lo que pone.
Revolucionario.
Nos dicen que nuestros alumnos tienen problemas para comprender lo que leen y ponemos cara de sorpresa.
¿De verdad?
Durante años hemos ido tirando por la borda una parte del espíritu de sacrificio, de la tenacidad, de la constancia, del respeto al esfuerzo y de algo todavía más antiguo: asumir que para conseguir determinadas cosas hay que trabajar.
Bendita EGB. Bendito BUP. Bendito COU.
Y digámoslo entero, porque tampoco conviene convertir aquello en Disneylandia educativa.
Después de la EGB estaban BUP, COU, la Universidad y también la Formación Profesional.
Y con la FP España cometió durante décadas una de las mayores estupideces sociales de nuestra educación.
«¿Tu hijo estudia FP? Pobrecito. No daba para más».
Aquello se decía.
Y nos quedábamos tan anchos.
Como si aprender un oficio fuera una derrota. Como si ser electricista, mecánico, técnico industrial, soldador, especialista electrónico, fontanero o profesional cualificado significara ser menos inteligente que quien entraba en una facultad.
Qué enorme autoengaño colectivo.
Durante buena parte de las últimas décadas construimos una absurda jerarquía social: Universidad arriba, Formación Profesional abajo.
Mientras nosotros mirábamos por encima del hombro a la FP, países industrializados de Europa habían entendido hacía muchísimo tiempo que una economía fuerte necesita ingenieros, sí, pero también magníficos técnicos y profesionales cualificados.
Alemania lo entendió.
Reino Unido lo entendió.
Italia lo entendió.
Nosotros tardamos bastante más.
Por fortuna, la Formación Profesional ha tenido que modernizarse, especializarse y, sobre todo, dignificarse.
Y bien hecho está.
Porque FP y Universidad no son primera y segunda división. Son caminos distintos para capacidades, vocaciones y profesiones diferentes.
Aquella educación tenía además otro agujero enorme: los idiomas.
Ahí sí suspendíamos.
Y suspendíamos con ganas.
Podíamos sabernos los afluentes del Duero, analizar una oración compuesta y recitar determinados acontecimientos históricos, pero nos preguntaban en inglés dónde estaba la estación y señalábamos al Teide.
Mientras buena parte de Europa entendía que el futuro consistía también en ser políglota, España arrastraba un déficit enorme en idiomas.
Eso había que cambiarlo.
Claro que sí.
Pero una cosa es mejorar lo que estaba mal y otra cargarse aquello que funcionaba.
Porque aquella enseñanza tenía algo que hemos ido diluyendo: sacrificio, tenacidad y constancia.
Suspendías.
Pues estudiabas.
Llegaba junio y no habías aprobado.
Pues septiembre.
Y allí estaba la asignatura esperándote.
No desaparecía.
No se evaporaba.
No se transformaba administrativamente en una experiencia transversal de aprendizaje emocional.
Habías suspendido.
Punto.
Podías pasar en determinadas circunstancias con alguna pendiente, sí, pero la pendiente seguía siendo pendiente.
Había que recuperarla.
Y nadie llamaba a Naciones Unidas.
Ahora hemos conseguido el milagro pedagógico de rebajar la exigencia mientras multiplicamos informes, protocolos, observatorios, planes, comisiones, gabinetes y reuniones.
Espectacular.
El alumno quizá no comprende el texto, pero tiene alrededor siete planes estratégicos para explicarle por qué no lo comprende.
Y hemos terminado convirtiendo una parte de la educación en una especie de La casa de Bernarda Alba.
Mucho silencio.
Mucha apariencia.
Mucho miedo a decir lo evidente.
Aquí nadie quiere pronunciar «fracaso».
Nadie quiere decir «no has estudiado».
Nadie quiere decir «tienes que esforzarte más».
Todo debe acolcharse.
Todo debe reinterpretarse.
Todo necesita un nombre suficientemente largo para que nadie se sienta incómodo.
Pero las matemáticas tienen esa desagradable costumbre de seguir dando el mismo resultado aunque cambiemos el nombre de las cosas.
Y después llegaron las pantallas.
TikTok.
Instagram.
Internet.
Los vídeos de quince segundos.
El estímulo inmediato.
La generación del «resúmelo».
La sociedad que empieza a considerar una heroicidad permanecer diez minutos concentrada en una misma cosa.
Y claro que internet y las redes sociales necesitan control, límites y responsabilidad. Para los menores y para los adultos. En todos los sentidos. En el acceso, en los contenidos, en los horarios, en la protección de datos y en esa barra libre digital en la que muchas veces hemos convertido nuestras vidas.
Pero tampoco hagamos ahora otra trampa.
Instagram no suspendió Matemáticas. TikTok no dejó Lengua para septiembre. Internet no decidió que un alumno pasara de curso sin haber adquirido los conocimientos necesarios.
Las redes pueden distraer, generar dependencia y destrozar la capacidad de concentración si no se utilizan correctamente. Todo eso es cierto.
Lo que no pueden convertirse es en el nuevo culpable oficial del fracaso escolar.
Porque entonces volvemos a hacer lo de siempre: buscar un enemigo externo para no mirarnos nosotros.
La responsabilidad está repartida.
Familias, administraciones, políticos, legisladores, comunidades autónomas, docentes y, naturalmente, también los propios alumnos.
Las pantallas hay que controlarlas. La falta de exigencia, también.
Y también los profesores deben hacer autocrítica.
No todos, evidentemente. Generalizar siempre acarrea injusticia.
Pero no puede ocurrir que cualquier problema educativo termine explicado exclusivamente por la ratio, los recursos, la Consejería o el ministro de turno.
Existe responsabilidad del político.
Del profesor.
De la familia.
Y del alumno.
Eso antes se llamaba responsabilidad personal.
Ahora habrá que crear una comisión para encontrarle otro nombre.
España necesita un pacto educativo de verdad.
No una ley cada vez que cambia el Gobierno.
No una reforma diseñada para borrar la reforma del anterior.
No convertir a los alumnos en cobayas legislativas cada cuatro años.
Educación debería quedar durante una generación fuera de la pelea partidista.
Pero eso significaría que PSOE, PP y comunidades autónomas tendrían que sentarse, ceder y pensar en ciudadanos que muchos de ellos todavía ni siquiera pueden votar.
Demasiado pedir.
No queremos alumnos burros.
Precisamente por eso debemos exigirles.
Porque tratarlos como si fueran incapaces de esforzarse es probablemente una de las formas más sofisticadas de despreciarlos.
Mientras tanto, en Madrid seguimos con otro campeonato nacional: contar votos.
El Supremo pone límites, aparece la polémica alrededor de la denominada Ley de Nietos y vuelve a entrar en escena el censo electoral.
Y Bolaños habla.
Explica.
Matiza.
Hasta que aparece la palabra mágica.
Votos.
El subconsciente, algunas veces, debería tener portavoz propio.
Y acto seguido aparece el debate sobre la eventual nacionalización de unos 200.000 saharauis.
Y uno ya no sabe si estamos hablando de ciudadanía, de política exterior, de justicia histórica o de una calculadora electoral con corbata.
Jajaja.
No se cortan.
La desesperación empieza a respirarse en determinados sectores del Gobierno y del PSOE.
Pero hay algo todavía más llamativo: quienes mantienen al Ejecutivo.
Le pegan por la mañana.
Lo amenazan al mediodía.
Lo salvan por la tarde.
Y por la noche explican que tienen que mantenerlo porque «viene la derecha».
Un matrimonio político en el que duermen en habitaciones separadas, se tiran los platos durante la cena, anuncian el divorcio todos los jueves y ninguno quiere vender la casa.
Y Pedro Sánchez parece haber encontrado el último gran pegamento.
El miedo.
Que viene la derecha.
Que viene la ultraderecha.
Que viene el loco.
Que viene el lobo.
Solo falta el hombre del saco entrando por Ferraz.
Y siempre aparece el mismo argumento: si llegan los otros, perderemos derechos.
¿Todos?
¿De repente?
¿A las nueve de la mañana del lunes después de las elecciones?
En una democracia cambian los gobiernos. Cambian leyes. Cambian prioridades. Cambian políticas.
Para eso votamos.
Convertir cada alternancia en el Apocalipsis puede funcionar durante un tiempo.
Pero termina agotando.
Y la ciudadanía está agotada.
Luego está Ceuta.
Dimite el jefe de gabinete de la Delegación del Gobierno.
Y la pregunta sale sola.
¿Responsable real?
¿Cabeza de turco?
¿Tonto útil al que le toca pagar una factura mucho más grande?
Los documentos que han ido conociéndose generan preguntas cada vez más incómodas.
Había avisos.
Había información.
Había preocupación por una posible oleada.
Había movimientos previos de seguridad.
Y, según los datos que han ido apareciendo, Defensa había tomado medidas antes de que la crisis terminara explotando.
Entonces queremos saber algo sencillísimo.
¿Quién sabía qué?
¿Cuándo lo sabía?
¿Y qué hizo con esa información?
Nada más.
Sin argumentarios.
Sin relatos.
Sin interpretar por nosotros lo que estamos leyendo.
Comprensión lectora otra vez.
PISA hasta en Moncloa.
Y en medio aparece Marruecos.
El Mundial de 2030.
El fútbol.
La política.
La geopolítica.
Ese maravilloso cóctel que nos vendieron como una fiesta deportiva y que cada día huele menos a césped y más a despacho.
Yo creo que España debe preguntarse seriamente hasta dónde quiere llegar en esta farsa.
Porque el fútbol siempre ha tenido política alrededor, sí.
Pero una cosa es que convivan y otra que se mezclen de manera obscena.
Si el Mundial termina convertido en otra herramienta geopolítica, que expliquen claramente qué estamos organizando.
Porque quizá algunos prefiramos quedarnos con el fútbol.
Y aparece inevitablemente Pegasus.
Aquí debemos ser rigurosos.
No existe prueba pública de que Marruecos esté chantajeando al presidente del Gobierno por la información obtenida de los teléfonos intervenidos.
Pero la pregunta política sigue ahí.
¿Qué había en aquel teléfono?
¿Qué información fue sustraída?
¿Qué consecuencias tuvo?
¿Por qué tantos años después seguimos sin conocer completamente qué ocurrió?
¿De verdad no puede explicarse más?
Preguntar no es conspirar.
Conspirar sería afirmar aquello que no sabemos.
Pero en democracia no responder tampoco convierte mágicamente las preguntas en ilegítimas.
Y mientras nosotros seguimos entretenidos en nuestra pelea doméstica, el mundo real nos recuerda que existe.
El estrecho de Ormuz vuelve a tensionarse.
Arabia Saudí cierra preventivamente su gran alternativa para transportar petróleo hacia el mar Rojo.
Una infraestructura estratégica.
Una vía que precisamente servía para reducir la dependencia de Ormuz.
No significa que mañana se acabe el petróleo árabe.
Pero sí demuestra lo extraordinariamente vulnerable que es nuestra economía.
Alguien toca una tubería a miles de kilómetros de Canarias.
Sube el petróleo.
Sube el transporte.
Suben los costes.
Suben los precios.
Y después nosotros creamos una comisión para estudiar por qué han subido.
BURROCRACIA.
Quizá por eso estos días merece la pena leer Una cuestión de principios.
Divertido.
Satírico.
Y con esa burocracia que termina convertida exactamente en eso: burrocracia.
Eso sí.
Hay que leerlo.
Y comprenderlo.
Mala suerte.
Volvemos a PISA.
Y ahí está quizá la gran sensación que queda después de observar España durante estos días.
Cansancio.
Y dolor.
Porque este país sigue siendo, pese a nuestros propios esfuerzos por impedirlo, uno de los mejores lugares del mundo.
Tenemos talento.
Empresas.
Universidades.
Profesionales.
Médicos.
Ingenieros.
Científicos.
Empresarios.
Trabajadores capaces de salir fuera y competir con cualquiera.
Exportamos talento como si nos sobrara.
Y, sin embargo, dentro tenemos una capacidad extraordinaria para autofagocitarnos.
Nos comemos nosotros mismos.
Avanzamos un kilómetro y retrocedemos otro.
Creamos burocracia para solucionar la burocracia anterior.
Abrimos una ventanilla que informa de la ventanilla donde hay que pedir cita para acudir a otra ventanilla.
Y luego fundamos un observatorio para averiguar por qué nadie encuentra ninguna.
Nos hemos convertido demasiadas veces en nuestro propio freno.
Por eso volvemos al principio.
Bendita EGB. Bendito BUP. Bendito COU. Y bendita también una Formación Profesional que durante demasiado tiempo despreciamos estúpidamente y que hoy, por fortuna, empieza a ocupar el lugar que siempre debió tener.
No porque cualquier tiempo pasado fuera mejor.
Eso también sería una estupidez.
Había muchísimo que corregir.
Idiomas.
Formación Profesional.
Tecnología.
Nuevas capacidades.
Igualdad de oportunidades.
Todo eso había que mejorarlo.
Pero una cosa es modernizar la educación y otra arrancarle los cimientos.
Esfuerzo. Disciplina. Tenacidad. Constancia. Lectura. Sacrificio. Respeto al conocimiento.
Palabras antiguas.
Quizá demasiado antiguas para algunos.
No queremos burros. Queremos exactamente lo contrario.
Queremos jóvenes preparados, capaces de competir con Alemania, Francia, Italia, Reino Unido o con quien venga.
Y para conseguirlo deberíamos dejar de decirles que todo es fácil.
Porque la vida no regala aprobados.
Y entonces llega PISA.
Llega.
Examina.
Compara.
Y no entiende de excusas, leyes educativas, argumentarios, consejeros, ministros, competencias autonómicas ni ruedas de prensa.
PISA no solo nos suspende. Nos pinta la cara.
Nos coloca delante del espejo y nos deja, después de décadas de reformas, contrarreformas, pedagogías milagrosas y políticos explicándonos que todo va estupendamente, como la tonta o el tonto del bote.
Y lo peor no es suspender.
Lo peor es suspender año tras año y seguir preguntándonos quién puso mal el examen.
Bendita EGB. No a los burros.
Y, sobre todo, no a los burros que todavía creen que los ciudadanos también lo somos.
