Vivimos en un tiempo en el que opinamos demasiado rápido. Escuchamos una versión, vemos una fotografía, leemos un titular o alguien nos cuenta lo que supuestamente ha ocurrido y, casi de manera automática, construimos nuestra propia sentencia.
Nos pasa a todos.
El problema comienza cuando confundimos una parte de los hechos con la totalidad de la historia. Porque pocas cosas son exactamente como parecen cuando solo conocemos una versión. Siempre puede faltar una conversación, una explicación, un contexto, una circunstancia o simplemente la voz de la otra persona.
Y esa responsabilidad es todavía mayor cuando quien opina dispone de un altavoz importante.
Una cuenta en redes sociales con miles de seguidores, un medio de comunicación, un programa de radio o televisión, una columna de opinión o cualquier espacio capaz de multiplicar un mensaje convierte una simple reflexión en algo mucho más poderoso.
Las palabras viajan.
Se comparten, se repiten y, después de escucharlas muchas veces, pueden terminar convirtiéndose en una especie de verdad colectiva aunque nunca hayan sido completamente ciertas.
Ahí aparece el verdadero peligro.
Porque detrás de cada historia existen personas. Personas con una reputación, un trabajo, una familia y una vida que puede verse afectada por algo que alguien decidió publicar demasiado deprisa.
Una acusación, una insinuación o incluso una opinión construida sobre información incompleta puede provocar consecuencias que después resulten difíciles de reparar.
Y existe además una realidad incómoda: las rectificaciones casi nunca recorren el mismo camino que las acusaciones.
Una noticia impactante puede ser compartida miles de veces. Una frase puede hacerse viral en cuestión de minutos. Una sospecha puede instalarse rápidamente en la conversación pública.
La aclaración, sin embargo, suele llegar después, cuando buena parte del daño ya está hecho.
Por supuesto que debemos opinar. La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática y nadie debería renunciar a expresar lo que piensa.
Pero libertad y responsabilidad deberían caminar siempre juntas.
Cuanto mayor sea nuestro altavoz, mayor debería ser también nuestra prudencia antes de señalar, acusar o sentenciar a alguien.
No se trata de callar.
Se trata de preguntar antes de afirmar, contrastar antes de acusar y escuchar antes de juzgar.
Porque conocer una parte de una historia nunca significa conocer toda la verdad.
Este domingo quizá sea un buen momento para recordarlo.
Antes de juzgar una historia, intentemos conocer todas sus páginas.
Rectificar siempre será positivo.
Pero el daño que podemos provocar mientras llega esa rectificación puede que, algunas veces, ya no tenga arreglo.
Pasen un buen domingo.
