Hay una palabra que probablemente todos hemos utilizado en las últimas semanas, independientemente de que sepamos o no de economía: caro.
Está cara la gasolina, está más cara la cesta de la compra, están caros los restaurantes, los servicios, los viajes… y, en definitiva, cada vez necesitamos más dinero para comprar prácticamente las mismas cosas.
Y esta percepción que tenemos los ciudadanos tiene, además, un reflejo muy claro en las estadísticas. El Instituto Nacional de Estadística confirmó ayer que el IPC español se situó en agosto en el 4,3% interanual, siete décimas por encima de julio y en su nivel más elevado desde febrero de 2023. La inflación subyacente, que elimina los componentes más volátiles, se situó en el 2,9%.
En Canarias la tasa fue algo menor, del 3,8%, pero eso no significa que la presión sobre las familias y las empresas no sea importante.
Y aquí es donde quiero poner hoy el foco: en el consumo, ya que durante los últimos años el consumo de los hogares ha sido uno de los grandes motores de nuestra economía. Las familias han seguido gastando en restaurantes, hoteles, ocio, espectáculos, viajes y todo tipo de servicios, y esto ha sido especialmente importante en España y, por supuesto, en Canarias.
Pero existe una regla económica muy sencilla: si los precios suben más deprisa que nuestra capacidad de compra, tarde o temprano tenemos que elegir.
Si antes una familia destinaba 100 euros a determinadas compras y ahora necesita 110 o 115 para adquirir prácticamente lo mismo, esos euros adicionales tienen que salir de algún sitio.
Y pueden salir del ahorro, de reducir otras partidas de gasto o, en algunos casos, del crédito. El problema aparece cuando esa situación se prolonga en el tiempo.
Porque podemos mantener durante un tiempo un nivel de consumo utilizando ahorro acumulado o financiación, pero no podemos convertir indefinidamente el consumo futuro en consumo presente.
Dicho de una manera muy sencilla: podemos gastar hoy parte del dinero que todavía no hemos ganado, pero ese dinero tendremos que devolverlo mañana.
Y ahí aparece uno de los riesgos que debemos vigilar: que la inflación termine erosionando la renta disponible de las familias y, como consecuencia, reduzca el consumo.
Y esto tendría una segunda derivada.
Si las familias consumen menos, determinados sectores —hostelería, restauración, comercio, ocio, transporte, cultura o turismo— pueden empezar a notar esa menor demanda.
Y si las empresas venden menos, pueden reducir inversiones, contrataciones o expectativas de crecimiento.
Es lo que los economistas denominamos un efecto de segunda ronda: un problema que inicialmente puede comenzar en los precios termina afectando a la demanda y, posteriormente, a la actividad económica.
Y tenemos además otro elemento muy importante: los tipos de interés.
El Banco Central Europeo acaba de subir esta semana sus tres tipos oficiales en 25 puntos básicos, justificándolo por las nuevas presiones inflacionistas. La facilidad de depósito queda en el 2,50%.
¿Por qué nos importa esto?
Porque cuando el dinero se encarece, también se encarecen las hipotecas, los préstamos al consumo y la financiación de las empresas. Y eso provoca precisamente lo que el Banco Central Europeo busca cuando combate la inflación: enfriar la demanda.
El problema es encontrar el equilibrio.
Porque si enfrías demasiado la demanda, puedes conseguir que bajen las presiones sobre los precios, pero al mismo tiempo puedes provocar una ralentización económica.
Y aquí aparece, además, un elemento temporal que debemos tener muy presente.
La Navidad está prácticamente a la vuelta de la esquina.
Todavía estamos pensando en el verano, pero en términos económicos el último trimestre del año ya está ahí.
Navidad significa compras, regalos, restaurantes, ocio, desplazamientos, viajes y, además, varios periodos festivos que tradicionalmente incrementan el gasto de los hogares.
Por tanto, vamos a entrar en los próximos meses en una especie de prueba de resistencia para el consumo.
La cuestión será comprobar si las familias pueden mantener ese nivel de gasto en un contexto de precios elevados y tipos de interés más altos.
Y quiero terminar con un mensaje que no pretende ser alarmista, sino todo lo contrario: perspectiva.
No estamos hablando necesariamente de una crisis ni de que vaya a producirse un desplome del consumo, pero sí estamos ante una situación que merece atención.
Porque una economía puede convivir con una inflación moderada. Lo complicado es cuando la inflación permanece elevada durante demasiado tiempo y empieza a reducir de forma significativa la capacidad adquisitiva de los ciudadanos.
Y especialmente en economías como la española y la canaria, donde el consumo, los servicios y el turismo tienen un peso extraordinariamente importante, vigilar la evolución de los precios y del gasto de los hogares va a ser fundamental.
Así que quizá este año, cuando llegue la Navidad, además de mirar cuánto vamos a gastar, convendría hacernos una pregunta mucho más económica:
¿Podemos permitirnos mantener nuestro nivel actual de consumo si los precios siguen subiendo?
Porque de la respuesta a esa pregunta dependerá, en buena medida, cuánto combustible le quede al motor del consumo para seguir tirando de nuestra economía.
Jordi Bercedo
Director Técnico del Foro Económico y Social
