Durante años hemos medido nuestro éxito contando turistas, empleos, empresas o inversión. Quizá haya llegado el momento de medir algo diferente: cuánto valor somos capaces de crear y, sobre todo, cuánto conseguimos que se quede aquí.
Hay una pregunta que cada vez me hago con más frecuencia cuando leo los datos económicos de Canarias: ¿estamos creciendo o estamos progresando? No es exactamente lo mismo.
Canarias crece. La economía avanza, tenemos cifras de empleo que hace algunos años hubiéramos firmado sin dudarlo y seguimos siendo capaces de atraer visitantes, inversiones y actividad. Todo eso es positivo.
Pero también existe otra realidad. Nuestros salarios continúan alejados de la media nacional, muchas empresas siguen teniendo dificultades para ganar tamaño y todavía nos cuesta demasiado transformar el conocimiento que generan nuestras universidades y centros de investigación en empresas, productos y empleo.
Por eso deberíamos cambiar la pregunta. No solo cuánto crece Canarias, sino cuánto valor se queda en Canarias después de crecer.
Y no es un juego de palabras.
Un ejemplo lo encontramos en el turismo. Durante el segundo trimestre llegaron a Canarias menos turistas que un año antes y, sin embargo, aumentó el gasto turístico. Menos turistas y más gasto.
Quizá ahí exista una pista sobre el futuro. No siempre se trata de hacer más. A veces se trata de hacerlo mejor.
Y esa reflexión sirve para prácticamente todos los sectores. No necesitamos únicamente producir más alimentos, sino transformarlos aquí, crear marcas y comercializarlas. No basta con atraer rodajes; necesitamos productoras, animación, postproducción, efectos visuales y propiedad intelectual. No basta con financiar investigación; necesitamos convertir una parte de ella en patentes, empresas y productos.
Tampoco deberíamos conformarnos con instalar tecnología desarrollada fuera. Canarias debe aspirar también a crearla.
La diversificación probablemente no llegará con la aparición repentina de un gigantesco nuevo sector que sustituya todo lo anterior. Será mucho más silenciosa. De hecho, ya está ocurriendo.
La animación es un buen ejemplo. Hace pocos años resultaba difícil imaginar Canarias como un lugar relevante para esta industria. Hoy tenemos estudios, profesionales y producciones internacionales. Pero lo verdaderamente importante no es únicamente cuántas empresas o trabajadores existen, sino todo lo que hay detrás: creatividad, tecnología, conocimiento, talento, mercado internacional y propiedad intelectual.
Y, además, tiene una ventaja extraordinaria para unas islas: ese trabajo no necesita meterse en un contenedor para exportarse.
Diversificar no significa sustituir el turismo. Significa rodear nuestra economía de actividades capaces de generar cada vez más valor.
También debemos aprender de las oportunidades perdidas. La decisión de no instalar finalmente el Telescopio de Treinta Metros en La Palma debe servirnos para reflexionar. No se trata de buscar culpables en una decisión internacional compleja, sino de entender qué supone una infraestructura de esas características: científicos, ingenieros, empresas tecnológicas, universidades, proveedores, investigación, relaciones internacionales y jóvenes canarios que pueden construir aquí una carrera profesional.
Eso también es valor.
Por eso plantearía la creación de un Indicador de Valor Canario Añadido. Cada vez que apoyemos una gran inversión o diseñemos una política económica deberíamos responder a una pregunta sencilla: ¿cuánto de todo esto se queda en Canarias?
Empleo cualificado, salarios, compras a proveedores canarios, investigación, propiedad intelectual, exportaciones, formación, empresas auxiliares y reinversión.
No se trata de cerrar nuestra economía. Todo lo contrario. Canarias necesita estar mucho más conectada con el mundo. Pero cuanto más abierta sea nuestra economía, más importante será nuestra capacidad para capturar parte del valor que genera esa apertura.
Una inversión de cien millones que compra prácticamente todo fuera no produce el mismo efecto que otra que desarrolla proveedores locales, contrata ingenieros, colabora con nuestras universidades y genera tecnología.
Las dos pueden ser necesarias. Pero no dejan lo mismo.
Y deberíamos medirlo.
También debemos pasar de atraer empresas a conseguir que echen raíces. Habitualmente celebramos cuántas compañías llegan a Canarias. Sería igualmente interesante conocer cuántas continúan aquí cinco años después y, sobre todo, qué han dejado.
Un programa de arraigo económico podría incentivar que las inversiones estratégicas apoyadas con recursos públicos desarrollen proveedores locales, colaboren con universidades y centros de Formación Profesional, formen trabajadores, generen innovación y reinviertan parte de su actividad.
Otro ámbito fundamental es la cultura. Un músico, un diseñador, un desarrollador de videojuegos, un escritor, una productora o un estudio de animación pueden crear desde Canarias algo que después se venda en cualquier parte del planeta.
La cultura es identidad, pero también es economía y propiedad intelectual.
Quizá nos falte dar el siguiente paso: ayudar a vender. Canarias podría contar con un instrumento específico para la comercialización internacional de propiedad intelectual creada en las Islas. No otra ayuda para producir, sino una herramienta para encontrar mercados, distribuidores, plataformas, socios e inversores.
Algo parecido debería ocurrir con la ciencia. Dentro de cinco años no deberíamos preguntarnos únicamente cuántos proyectos de investigación hemos financiado, sino cuántos llegaron al mercado, cuántas patentes generaron, cuántas licencias, cuántas empresas y cuánto terminaron facturando.
Necesitamos construir mejor el puente entre el laboratorio y el mercado.
Incluso la formación para el empleo debería medirse de otra forma. No basta con contabilizar cursos y alumnos. La pregunta fundamental es cuántas personas encontraron trabajo después. Publicar los resultados a los seis meses y al año ayudaría a orientar progresivamente una parte de los recursos hacia la inserción laboral efectiva.
En definitiva, Canarias no necesita reinventar completamente su economía.
Necesita subir un escalón.
En turismo, generar más valor por visitante y retener una mayor parte de ese gasto. En agricultura, transformar más. En industria, producir mayor valor añadido. En cultura, comercializar propiedad intelectual. En ciencia, convertir conocimiento en empresas. En energía, desarrollar soluciones propias. En audiovisual, poseer más contenido. En nuestras empresas, ganar dimensión. Y en el empleo, conseguir más puestos capaces de pagar mejores salarios.
No tenemos que elegir entre turismo o industria, agricultura o tecnología, cultura o empresa. Ese debate pertenece al pasado.
Tenemos que conseguir que todo lo que hacemos genere más valor y que una parte cada vez mayor de ese valor permanezca aquí.
Cuando termina la temporada turística, acaba una obra, finaliza una subvención, se marcha un rodaje, concluye un proyecto europeo o una gran inversión ya está ejecutada, deberíamos hacernos siempre la misma pregunta:
¿Qué queda en Canarias?
Empresas. Conocimiento. Mejores salarios. Patentes. Profesionales. Marcas. Tecnología. Propiedad intelectual. Proveedores. Talento.
Esa es la cifra que deberíamos empezar a medir.
Porque crecer no basta. Lo verdaderamente importante es conseguir que el crecimiento deje raíces.
Y, en definitiva, unirnos y apoyar a quien suma.
