Crítica de ‘La bola negra’: ‘la ambición y la libertad’, por Juan Manuel Bethencourt

Obra de Lorca. Candidata a los Oscar. Los Javis.

Antes de que se apagaran las luces, algo en aquella sala anunciaba que no íbamos a asistir a una sesión cualquiera. La platea, una platea grande, estaba abarrotada, con gente de todas las edades, y había en esa concurrencia una expectación que pocas veces se encuentra ya en el cine. Solo el hecho de acudir a iniciativa de mi hija mayor, y no al revés, resultó sintomático para bien. En tiempos que llaman a la movilización interesada, siempre mejor hacerlo por una película. Obviamente esa notoriedad previa no bastaba para garantizar una gran experiencia, pero predisponía a vivir un momento compartido para el recuerdo. “La bola negra” cumple holgadamente con esa promesa. Salí con la sensación de haber asistido a un acontecimiento. Y eso, en el cine de hoy, es rarísimo. Este año he vivido dos: una es “La Odisea” y la otra una película española.

Conviene decirlo sin rodeos: la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi es una obra maestra. La mejor película española que he visto en muchos años y, probablemente, la más ambiciosa que se haya hecho. Lo extraordinario es que consigue estar a la altura de esa ambición. Pretende volar muy alto, donde no llegarían Amenábar y Almodóvar, y lo logra plenamente. En cualquier arte, pocas cosas tienen tanto mérito como plantearse la máxima ambición y no caer estrellado en los rápidos mortales de la pretenciosidad que define a tantas superproducciones.

Llegué, además, sin una relación previa con la obra de los Javis, siendo estos unos cineastas ya muy conocidos. No había visto sus series y su presencia pública tampoco me había despertado una especial curiosidad. Esa ignorancia me permitió un encuentro bastante libre de adhesiones anticipadas. Lo que había que juzgar estaba en la pantalla. Y lo que apareció allí fue un talento cinematográfico gigantesco, así como una voluntad de excelencia sostenida en lo grande y en lo pequeño.

Lo grande se reconoce enseguida: la escena hiperrealista del bombardeo inicial, las muchedumbres, la escala de las escenas, una puesta en escena que no se conforma con ilustrar el relato. Pero lo pequeño resulta igualmente revelador. Los encuadres, los planos audaces, el vestuario, la luz, cada detalle participa de una concepción visual que parece haberlo pensado todo. Los recursos se ven porque sirven a una idea de cine. Hay belleza, hay riesgo y hay una extraordinaria confianza en la capacidad expresiva de las imágenes. Me gusta el cine hecho con mucho dinero y en el que ese dinero se nota para bien, porque está al servicio del arte.

Pienso en la escena de la playa nocturna y en los fuegos artificiales. Una escena bellísima, en la que el cuerpo, la luz y el deseo encuentran una forma de expresión homoerótica explícita y a la vez contenida. La exhibición del cuerpo masculino podrá parecer excesiva a algunos espectadores. Eso me habían contado personas cuyo criterio aprecio muchísimo, pero francamente no me lo pareció. La entendí dentro del relato de una película en la que poder mostrarse y desear, incluso en las circunstancias dramáticas que acompañan a las guerras, adquieren un sentido profundo. Porque la guerra es la muerte y el deseo, como el amor, es una de las manifestaciones más genuinas de la vida misma.

La filiación con el universo estético de Pedro Almodóvar es reconocible. Pero Calvo y Ambrossi se apropian de esa herencia con una energía capaz de renovarla, de llevarla al siglo XXI y de situarla en una nueva vanguardia, porque en el universo visual de “La bola negra” hay tradición, pero también innovación. Hay una mirada propia dentro de un mundo de colores, pasiones y símbolos que podemos reconocer como propios de nuestra cultura. También hay algún exceso. La exhibición de la iconografía española, particularmente la del sur, cede por momentos a la tentación manierista. La música, los gestos y los elementos con los que España se representa y es reconocida en todo el mundo se acumulan con una intensidad que en ocasiones roza la saturación. De ahí sale una España hermosa, brutal, radical, extraña y misteriosa. Imagino que esa poderosa imagen tendrá un largo recorrido entre los espectadores extranjeros. El éxito de la película en premios y taquilla lo doy por hecho.

Algo parecido sucede con el ritmo. Después de un comienzo formidable, estremecedor, hay un tramo inicial en el que el espectador todavía busca los vínculos entre las historias y los tres tiempos del relato. La película exige paciencia antes de revelar plenamente su arquitectura. Se produce ahí un pequeño valle, aunque ninguna de las cronologías resulte débil. El montaje administra sus relaciones con inteligencia y, a medida que estas se hacen visibles, la película empieza a crecer. Su energía se incrementa para hasta dar sentido a lo que antes parecía aún inconexo.

Lorca ocupa un lugar decisivo en ese crescendo narrativo. Hay un momento, alrededor del personaje de Glenn Close y de la posibilidad de una obra conservada, en el que su presencia adquiere una fuerza sobrecogedora. Su personaje tiene algo de figura reconocible, casi un Ian Gibson trasladado a una mujer, incluso un poco estereotipada. Sea como fuere, Lorca entra entonces con toda la potencia de una vida y una creación interrumpidas. Como nunca le he dedicado a Lorca el tiempo que merece su obra, salí del cine con ganas de leerlo. Una película que despierta inquietud ya ha conseguido algo valioso para el espectador.

Hubo otra emoción que francamente no esperaba. Viendo “La bola negra” me acordé de mi tío y padrino, un hombre homosexual que vivió el franquismo dentro de una familia profundamente marcada por su ideología, que no lo debió tener nada fácil y enfocó su existencia como eficiente y atildado ejecutivo de una firma de moda. Nunca he escrito sobre él en estos términos. A mi padre, un hombre conservador, le incomodaba esa condición, pero al mismo tiempo, lo quería. Muchísimo. Por algo me puso su nombre. El cariño y el prejuicio podían convivir dentro de una misma persona, también en una relación entre hermanos. Esa contradicción también forma parte de nuestra historia, de la más cercana, la que cada cual llevamos en la mochila. En mi caso, conocí el cariño de mi tío mucho antes de preguntarme por las dificultades de su vida. Recordaba su presencia y el afecto que mostró hacia mi madre cuando murió mi padre. Recordaba al hombre que había construido su espacio con los ingredientes que la vida le permitió reunir. Sin embargo, nunca me había detenido suficientemente a pensar cuánto pudo costarle vivir siendo quien era. La película me llevó hasta esa pregunta y me emocionó de una forma que no había previsto. Entre aquellas historias reconocí algo suyo, algo cercano que hasta entonces no había sabido mirar del todo. Volví a un recuerdo de la infancia y miré con otros ojos al hombre cuyo nombre y primer apellido llevo.

Por eso no comparto la objeción de que hay en ella un ejercicio de victimización del colectivo homosexual. La película alude a una realidad que existió. Hubo personas obligadas a disimular el amor, a rebajar sus vidas a una explicación aceptable para los demás. Reconocerlo permite comprender mejor la plena libertad de la que hoy disfrutamos. Y también recordar su fragilidad. Los avances que parecen irreversibles pueden dejar de serlo, esa es también la lectura de esta gran película. La dimensión política de “La bola negra” encuentra su mayor acierto en esa experiencia vital. La guerra aparece como brutalidad; el estigma de la condición sexual, como negación concreta de la posibilidad de vivir. Querer ser quien uno es, lo dice el personaje de Lorca en un mensaje final premonitorio, contiene una aspiración elemental y, al mismo tiempo, inmensa. La película la expresa con una elegancia que permite sentir su alcance sin reducir a los personajes a portavoces de una tesis.

Las interpretaciones contribuyen a esa verdad. Guitarricadelafuente resulta convincente, con una presencia y una veracidad que sostiene los rasgos que su personaje necesita. Penélope Cruz, en una intervención breve, se mueve con una naturalidad que hace parecer fácil un trabajo difícil. El conjunto responde a la exigencia de una película en la que el virtuosismo técnico acaba encontrando su razón en la emoción. Y es que “La bola negra” pertenece a ese cine que aspira a ocupar la pantalla entera y a permanecer después en la memoria. Su ambición está en las imágenes, en la forma de enlazar las historias y en la confianza con la que busca al espectador. Aquella sala llena de personas de todas las edades era el lugar adecuado para descubrirlo. Entramos a ver una película y salimos llevando con nosotros otras vidas. En mi caso, también una que creía conocer. Vaya mi agradecimiento para Calvo y Ambrossi.