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El editorial del domingo en La Gaceta de Canarias: ‘El laberinto moral de un Gobierno que ya no se mira al espejo‘

Pedro Sánchez. Foto: Europapress

¿Se deben exigir elecciones? ¿Moción de censura? ¿Usted que piensa y que haría?

Este Editorial no busca posicionarse contra nada, ni contra nadie, solo plantea preguntas y describe situaciones que cada día erosionan más la fe del ciudadano, la fe del votante y la fe de un país que pasa por uno de los peores momentos de su joven vida democrática.

Políticos, jueces, fiscales, periodistas, corporaciones (empresas) mediáticas, contertulios, analistas, pseudoanalistas, radicales e interesados, ninguno nos escapamos.

Este editorial o memorándum reflexivo solo pide, ruega, ante lo que describe que se vuelva a la senda de lo lógico, de lo coherente y del sentido común; esperemos que estas líneas sean de su interés y si se sienten agraviados, pedimos disculpas de antemano. Solo queremos decir: que acabe este esperpento cuanto antes, ya lo dijo dijo Max Estrella: “¡Cráneo Privilegiado!”.

Fue Valle-Inclán quien imaginó a Max Estrella como el “cráneo privilegiado” capaz de ver lo que nadie quería mirar: la corrupción, la mediocridad política, el país torcido que solo puede entenderse a través del esperpento. Un siglo después, su figura vuelve como espejo incómodo.

Y esta es nuestra historia actual

España atraviesa uno de los periodos de mayor erosión institucional de su democracia reciente. No es una frase hecha, es la sensación extendida, palpable, repetida en tertulias, en los pasillos políticos y en las conversaciones ciudadanas.

El Gobierno de Pedro Sánchez acumula un rosario de escándalos, contradicciones y episodios que ponen en cuestión algo más profundo que una legislatura: el sentido moral del poder.

El problema no es solo la corrupción —que también—ni únicamente la doble vara de medir, que se ha hecho costumbre.  El problema es la pérdida de la vergüenza pública. La normalización del todo vale. La idea de que la política es, simplemente, resistencia numérica, supervivencia y relato.

Un Gobierno sin espejo

¿Por qué no dimiten? ¿Por qué no convocan elecciones?
La respuesta es tan simple como incómoda: porque pueden. Porque controlan la mayoría parlamentaria más frágil pero más férrea que se recuerda. Porque sus aliados —todos con causas, exigencias o dependencias propias— no soltarán la mano mientras haya poder, presupuesto o influencia. Porque el PSOE actual se ha hecho sanchista, no socialista.

Pedro Sánchez ha logrado algo que parecía imposible en un partido centenario: sustituir la ideología por la lealtad personal. Quien no asiente, sobra. Quien duda, desaparece. Y quien critica, queda fuera de foco. Así se explica un PSOE que perdió su alma en 2017 y nunca más la recuperó. Ferraz ya no es un templo, es un búnker.

La moral, según convenga

Los escándalos se acumulan:

• El caso Ábalos y Koldo.
• Las sombras sobre Begoña Gómez.
• Los negocios, los cursos, los avales, los 100.000 euros del padre, las investigaciones sobre contratos.
• Los episodios de “pitufeo” con inmigrantes en ciertas tramas.
• Las amnistías políticas, los pactos con condenados por terrorismo, los gestos permanentes hacia Otegi.
• Las exigencias de la Audiencia Nacional al PSOE para aportar tickets y justificantes por importes que superan el millón de euros. Y el caso de los ERE en Andalucía, con exresponsables, incluidos expresidentes autonómicos, que fueron condenados por malversación y prevaricación.

Todo se explica —o se intenta— con una frase repetida hasta el agotamiento: “No es lo mismo.”
Una doble vara de medir que, aplicada por la derecha, derivaría en portadas incendiarias y dimisiones inmediatas. ¿Qué habría pasado si estos casos afectaran al PP o a Vox? La respuesta es obvia: España estaría ardiendo mediáticamente.

El papel de los medios afines

No es ningún secreto que parte del ecosistema mediático ha comprado —por convicción, por alineamiento ideológico o por razones dinerarias— el relato que mantiene estable al Gobierno. No hay la misma exigencia, ni la misma transparencia, ni el mismo escrutinio. No se mide igual. Y una democracia en la que la prensa deja de incomodar al poder deja de ser prensa para ser altavoz.

El caserío, Otegi y las líneas que ya se cruzaron

La foto de un Gobierno dispuesto a negociar, pactar o escenificar con quienes jamás han pedido perdón real por el terrorismo es una frontera ética que muchos españoles jamás pensaron que su país cruzaría. Ese “caserío” como mesa política simboliza algo más profundo: la sustitución de la memoria por la aritmética. El olvido como instrumento para sobrevivir una votación.

¿Qué pasa por la cabeza de Sánchez?

Probablemente una idea obsesiva: resistir. Sobrevivir al día. Ganar el relato. La convicción de que la historia le absolverá si aguanta lo suficiente. Esa superioridad moral autoconcedida —la idea de que la izquierda siempre es más ética que la derecha por definición— ha empobrecido el debate público y anestesiado a parte de la sociedad.

Pero la pregunta incómoda es otra: ¿de verdad España es más de izquierdas que de derechas? Puede que simplemente sea un país cansado, fracturado, sin referentes sólidos, que ha visto cómo las dos grandes formaciones se han desgarrado por dentro:
• El PP, marcado por Gürtel, Lezo y un pasado que no termina de expiar.
• El PSOE, preso de Filesa, Malesa, Time Sport… y ahora, de la era Sánchez.

Ambos partidos han contribuido a una desafección que hoy se hace insoportable.

Un país que se ‘automata’

España se desliza hacia un estado extraño: una sociedad que normaliza lo anormal, que acepta lo inaceptable, que se resigna mientras sus instituciones se desgastan. Como si estuviera en piloto automático, sin brújula moral, sin voces internas que frenen los excesos.

¿Puede el PSOE volver a ser el PSOE?

No mientras siga secuestrado por su propio líder. No mientras la estructura interna funcione como un ecosistema de fidelidades y no de ideas. No mientras el miedo a perder el poder sea más fuerte que el orgullo de un partido que fue esencial para la democracia española.

El PSOE fue grande, fue decisivo, fue vertebrador. Hoy es un reflejo. Y España paga ese reflejo con inestabilidad, con polarización y con una erosión institucional peligrosa.

Conclusión: el día que el país despierte

España no necesita más ruido, necesita explicaciones. Necesita asumir que nadie —ni izquierda ni derecha— tiene el monopolio de la moralidad. Que la ética no se hereda, se demuestra. Que la democracia se cuida todos los días.

Y que gobernar no es resistir, es merecer

Mientras no llegue ese día, seguiremos atrapados en un país donde las preguntas se multiplican y las respuestas desaparecen. Un país que duda, que sospecha, que observa. Un país que merece más de quienes lo dirigen.