La situación es insostenible
España no merece seguir instalada en esta anomalía permanente. No es una cuestión ideológica, ni siquiera partidista. Es una cuestión de higiene democrática. Presidente, usted llamó indecente a Mariano Rajoy por la corrupción que rodeaba al Partido Popular. Lo dijo desde la tribuna, con solemnidad moral y gesto grave. Hoy la pregunta es inevitable, y duele formularla: ¿qué es entonces lo que tenemos ahora?
La Unidad Central Operativa de la Guardia Civil acumula información, sumarios, informes y detenciones que afectan al entorno más cercano del poder. Personas detenidas y señaladas del PSOE, cargos de confianza absoluta, estructuras que no son anecdóticas ni periféricas. Siete años de gobierno marcados por un patrón que ya no admite más coartadas: engaño sistemático, cambios de opinión convertidos en norma y eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre: mentiras.
La lista no es menor ni banal. La esposa del presidente. El hermano del presidente. Casos de acoso y denuncias silenciadas bajo el paraguas del discurso Me Too, convenientemente selectivo. Paco Salazar, a escasos metros del despacho presidencial, en el corazón del poder, no en una esquina oscura del organigrama. Radicalismo verbal, polarización permanente y una estrategia de confrontación que necesita enemigos históricos para sobrevivir políticamente: Franco, ETA “que no existió”, Bildu “que no es heredera de ETA”, mientras las víctimas observan con estupor cómo se reescribe la memoria reciente.
Y por si todo esto no fuera suficiente, el fiscal general del Estado condenado, un hecho de una gravedad institucional sin precedentes en democracia. Aquí conviene detenerse y formular la pregunta que muchos ciudadanos se hacen en silencio: ¿Qué habría dicho usted, presidente, si todo lo descrito hubiera ocurrido con el PP, con Vox o con cualquier otro partido?
La respuesta la conocemos todos. Habría exigido dimisiones inmediatas, elecciones anticipadas y una regeneración democrática urgente. Exactamente lo que hoy se le reclama.
Pero este editorial no se queda solo en La Moncloa. Porque si el Gobierno ofrece un espectáculo de desgaste moral y político, la oposición tampoco está a la altura del momento histórico. El Partido Popular arrastra una cobardía estratégica que empieza a ser difícil de justificar. Se escudan en la aritmética parlamentaria para no presentar una moción de censura que, dicen, perderían. Y probablemente tengan razón. Pero gobernar —y oponerse— no es solo sumar votos: es marcar límites, señalar líneas rojas y asumir riesgos.
¿Qué haces, Feijóo? ¿Qué hace tu cúpula, tu troupe, tu dirección nacional? ¿Esperar a que el desgaste haga el trabajo solo? ¿Confiar en que el adversario caiga por su propio peso mientras el país se deteriora institucionalmente?
La moción de censura no es solo una herramienta para ganar; es también un instrumento político para retratar apoyos, evidenciar complicidades y obligar a cada actor a retratarse ante la ciudadanía. No hacerlo es una forma de comodidad política. Y la comodidad, en momentos críticos, se parece demasiado a la renuncia.
España asiste a un escenario inquietante: políticos convertidos en hooligans, trincheras ideológicas donde ya no importa la verdad sino el relato, ni la gestión sino el insulto. Se gobierna —y se hace oposición— como si la política fuera un derbi eterno y no un servicio público. Se ha olvidado algo esencial: los cargos no pertenecen a los partidos, pertenecen a la ciudadanía. No son hinchas defendiendo colores; son representantes obligados a rendir cuentas.
La polarización no es un accidente, es una estrategia. Divide, distrae y anestesia. Mientras se habla del pasado, se oculta el presente. Mientras se agita el miedo, se esquiva la responsabilidad. Y mientras tanto, las instituciones se erosionan, la confianza se desploma y el hartazgo ciudadano crece.
Por eso, desde La Gaceta, lo decimos con claridad, sin estridencias pero sin miedo: esto es insostenible. No por una causa aislada, sino por la suma de todas. Por el clima, por los hechos, por el descrédito. Elecciones ya no es un eslogan: es una salida democrática. Que hablen las urnas. Que decida la ciudadanía. Que cada partido se someta al juicio que tanto exige a los demás.
España necesita menos relato y más verdad. Menos tacticismo y más coraje. Menos ‘hooligans’ y más estadistas. Y, sobre todo, necesita volver a creer que la política sirve para algo más que para resistir en el poder.