The walking dead, por Rafa Muñoz

FPSO PETROJARL 1, la última chatarra flotante destinada a arrinconarse en el puerto fantasma de Granadilla. Un sarcófago político de hormigón armado. Un monumento involuntario al ego, al despilfarro público y a una forma de hacer política que confundió progreso con cemento y futuro con foto aérea.

El puerto de Granadilla es hoy un escenario apocalíptico digno de rodar Fallout: óxido, viento, arena, cayucos amontonados, estructuras inútiles y trastos viejos varados frente al mar. Un paisaje de abandono que no genera actividad, ni riqueza, ni sentido. Solo coste. Coste económico, coste ambiental y coste moral.

A este camposanto industrial llega ahora el FPSO PETROJARL 1, porque Las Palmas —principal puerto de Canarias, nodo real del Atlántico— no puede permitirse tener una línea de atraque ocupada por una reliquia flotante sin uso ni horizonte. Así que el destino es claro: Granadilla, Tenerife. El lugar donde van las cosas que no encajan, lo que estorba, lo que nadie quiere cerca pero nadie se atreve a desmontar.

El que Coalición Canaria vendió como su Rotterdam del Atlántico ha terminado pareciéndose más a un Tchernóbil costero. Infraestructura sin alma, sin tráfico, sin justificación real. El ejemplo perfecto de lo que ocurre cuando la política se pone a jugar a los barcos, a las maquetas y a los powerpoints, sin escuchar al territorio ni a la lógica económica.

Granadilla no es un puerto fallido por accidente. Es el resultado de una visión cortoplacista, de un nacionalismo de platanera y hormigonera, más preocupado por dejar huella física que por construir utilidad. Un proyecto que se impuso a pesar de advertencias técnicas, sociales y ambientales, y que hoy sobrevive como sobreviven los errores estructurales: acumulando más errores encima.

El FPSO PETROJARL 1 no es una excepción. Es coherente con el paisaje. Óxido llama a óxido. Chatarra atrae chatarra. El olvido se retroalimenta.

Y mientras tanto, Canarias sigue necesitando puertos vivos, conectados, competitivos, no mausoleos de decisiones políticas equivocadas. Porque el verdadero problema no es dónde atraca la chatarra, sino quién decidió construir el sarcófago y por qué nadie asume responsabilidades cuando el futuro prometido se convierte en un decorado de serie postapocalíptica. Bienvenidos a Granadilla: donde los proyectos no mueren: se pudren lentamente.