La caída de Nicolás Maduro —formal, política o simplemente simbólica— no ha supuesto el amanecer que muchos esperaban. En Venezuela la vida continúa con una inquietante y llamativa normalidad -que es algo bueno para evitar la locura en las calles-porque el poder real nunca residió únicamente en Miraflores. El mando verdadero habita en una arquitectura más oscura y resistente: el chavismo armado, disciplinado, organizado y aún incrustado en las entrañas del Estado.
Y las transiciones, cuando son reales, nunca son limpias. Son ásperas, incómodas y profundamente injustas para quienes creyeron que la razón moral bastaba. En estos momentos no se negocia con quien tiene la verdad, sino con quien puede impedir que el país se incendie.
Delcy Rodríguez: la utilidad del mal necesario
Que Delcy Rodríguez siga sentada a la mesa no es una concesión ideológica ni una amnesia histórica. Es, sencillamente, una decisión funcional. En este instante representa tres resortes de poder sin los cuales Venezuela se paralizaría en cuestión de días.
El primero es la continuidad administrativa. Ministerios, puertos, bancos, PDVSA, aduanas y cadenas de suministro no funcionan por inercia democrática, sino por órdenes concretas. Alguien debe seguir girando la llave del sistema para que el país no se hunda en el apagón total.
El segundo es el acceso al poder duro. Fuerzas Armadas, inteligencia y colectivos no responden a proclamas ni a mayorías morales. Responden a interlocutores reconocidos. Delcy no gobierna ese aparato, pero lo articula, lo traduce y lo mantiene contenido.
El tercero es la capacidad de entrega. Documentos, información sensible, desmovilizaciones parciales, firmas, órdenes y silencios. No es afinidad; es utilidad. Fría, incómoda y necesaria.
María Corina Machado: la verdad que no puede entrar aún… ¿por qué dijo lo que dijo Trump?
Aquí duele. Pero la política real no está diseñada para consolar. María Corina Machado no controla armas, ni territorio, ni logística. No puede garantizar que mañana no haya muertos en las calles. Y en una fase de choque, eso pesa más que la legitimidad, los votos o el clamor popular.
Hay además una razón aún más determinante: para el chavismo duro, María Corina no es una adversaria, es una amenaza existencial. Su sola presencia bloquea cualquier vía de negociación inmediata. No por lo que haría, sino por lo que representa.
Meterla ahora sería dinamitar el puente antes de cruzarlo
Edmundo González encarna otra dimensión. Es símbolo electoral, rostro de consenso civil, figura de transición limpia. Pero no es operador de poder. No sirve para apagar incendios, sino para reconstruir cuando el humo se disipe.
¿Situaciones posteriores que no iniciales?
La gramática de todas las transiciones
La historia, sin excepción, escribe las transiciones en tres tiempos.
El primero es el control del caos. Se habla con quienes tienen armas, con quienes conocen las rutas de la violencia y con quienes pueden prender o apagar la mecha. Aquí aparece Delcy Rodríguez. No por elección moral, sino por necesidad histórica.
El segundo es el reacomodo del poder. Empiezan a entrar técnicos, civiles y figuras aceptables para ambos lados. Aquí caben Edmundo González y otros perfiles de consenso.
El tercero es la legitimación. Elecciones, narrativa democrática, representación política. Aquí sí aparece María Corina Machado. Aquí sí se juega el futuro.
El gran error emocional del venezolano es creer que, caído el tirano, mandan automáticamente los justos. No es así. Primero mandan los que pueden evitar la guerra. Después, los que pueden gobernar. Y solo al final, los que pueden representar.
Confundir el orden es condenar la transición al fracaso
Que María Corina no esté hoy en la mesa no significa que esté fuera del juego. Significa que no es la carta de esta mano, sino la de la siguiente. Introducirla ahora sería como convocar elecciones en medio de un incendio forestal: noble, pero suicida.
Una lectura sin anestesia
Si la transición avanza, María Corina no será la negociadora, pero sí la legitimadora. Y probablemente la figura que capitalice políticamente el proceso cuando llegue el momento. Si se la excluye de forma definitiva, entonces sí habría una alarma real.
Delcy tiene la difícil situación de llevar a Venezuela a una salida del régimen sin sangre y sin violencia.