‘Obrón’, por José Fernando Cabrera

Uno empieza a perder la paciencia cuando compara cifras. No ideologías, no siglas, no discursos: cifras. Agaete, 5.633 habitantes, una obra que ya supera los 206 millones de euros, inacabada, sin liquidar y con más preguntas que respuestas. Y luego está Tenerife, suroeste incluido, más de 250.000 personas atrapadas cada día en un sistema viario colapsado que nadie parece querer afrontar con la seriedad que merece.

La TF-1 no se atasca: colapsa. De manera estructural, previsible y permanente. No es un problema coyuntural ni de temporadas altas. Es el resultado de años de parches, promesas y estudios que duermen en cajones. Resolverlo no exige genialidad, exige voluntad política y planificación.

La lista de actuaciones necesarias es conocida por todos: ampliaciones a tres carriles, desdoblamientos, conexiones pendientes, enlaces que nunca llegan. San Isidro-Chafiras, Oroteanda-Las Américas, Fañabé, Las Manchas, Fonsalía… nombres que forman parte del día a día de miles de conductores resignados. Y, sin embargo, salvo los túneles de Erjos, cuya finalización ya se empuja hasta 2027, no hay una sola obra en marcha. Algunas ni siquiera tienen proyecto.

En el norte, la TF-5 vive su propio vía crucis. La Orotava-Guamasa sigue siendo un titular recurrente sin plano ni calendario. Guamasa-La Laguna o el enlace hacia Radazul son poco más que una conversación eterna. Todo el mundo sabe que son imprescindibles, pero nadie asume el coste político de empezar.

Y ahí está el verdadero problema: las prioridades. Porque no es razonable que grandes áreas metropolitanas y turísticas, que sostienen buena parte de la economía canaria, sigan esperando mientras otras actuaciones avanzan sin freno, sin control y sin explicaciones claras.

No se trata de enfrentar territorios. Se trata de equilibrio, de justicia inversora y de entender que la movilidad no es un capricho, sino una infraestructura básica. Sin carreteras funcionales no hay productividad, no hay conciliación, no hay calidad de vida.

Tenerife no necesita más anuncios ni más fotos con cascos blancos. Necesita decisiones incómodas, presupuestos valientes y obras que empiecen y terminen. Porque cada año que pasa sin actuar no es neutral: se paga en horas perdidas, en estrés, en competitividad y en desgaste social.

Queda mucho por hacer, sí. Pero lo más grave es que sigue sin hacerse.

Artículo opinión de JFC José Fernando Cabrera