Productividad en Canarias: cuando el esfuerzo no se convierte en valor, por Víctor Portugués

Hay una conversación que cada vez aparece más en reuniones empresariales, en mesas de trabajo y también en conversaciones informales entre quienes sacan adelante proyectos en Canarias.

No es una conversación sobre falta de ganas, ni sobre escasez de talento, ni siquiera sobre falta de trabajo. Al contrario. La sensación que se repite es otra: en Canarias se trabaja mucho, pero cuesta transformar ese esfuerzo en resultados que generen más valor y estabilidad.

Esa es, en esencia, la cuestión de la productividad.

Y esta semana ha vuelto al primer plano porque los datos no dejan lugar a dudas: la brecha entre Canarias y el conjunto de España en términos de productividad no solo existe, sino que se está ampliando.

El problema no es el esfuerzo

Cuando se habla de productividad, a menudo surge un malentendido. Se interpreta como una exigencia de trabajar más, más rápido o con mayor presión. Pero en realidad, la productividad no tiene que ver con el esfuerzo, sino con la capacidad de convertir ese esfuerzo en valor añadido.

Los datos lo reflejan con claridad. En las últimas décadas, el crecimiento económico en España se ha apoyado fundamentalmente en el aumento del empleo y de las horas trabajadas, mientras que las mejoras de eficiencia han sido mucho más limitadas.

En el caso canario, esa situación es aún más evidente. La economía ha crecido durante años impulsada por la intensidad del trabajo, pero con escasa aportación de mejoras tecnológicas, organizativas o de capital productivo.

En otras palabras: hemos crecido más por cantidad que por calidad.

Una brecha que se agranda

La prensa económica de esta semana lo resumía de forma contundente: la productividad por hora trabajada en Canarias apenas ha crecido un 0,3% anual en este siglo, muy por debajo del promedio nacional.

Este dato explica por qué la economía insular genera menos valor añadido por trabajador que otras regiones más industrializadas.

El problema no es coyuntural. Es estructural.

Tiene que ver con el tamaño medio de las empresas, con la escasa inversión en tecnología productiva, con la fragmentación del tejido empresarial y con la dificultad para crecer y ganar escala.

Pero también con algo más intangible: la organización del trabajo y la cultura productiva.

La industria como indicador claro

Si hay un sector donde el impacto de la productividad se percibe con mayor claridad es la industria.

No solo porque es el sector donde las mejoras tecnológicas, la inversión en maquinaria y la organización eficiente tienen un efecto más directo, sino porque es el que mejor transforma recursos en valor añadido.

Sin embargo, la realidad de la industria canaria muestra una paradoja preocupante.

Por un lado, el sector ha demostrado resiliencia y capacidad de adaptación. Por otro, arrastra obstáculos que frenan su potencial productivo, como la escasez de personal cualificado, que ya se señala como uno de los principales frenos para su desarrollo.
Cuando una empresa industrial no encuentra perfiles técnicos adecuados, no solo pierde oportunidades de crecimiento. También reduce su capacidad de innovar, automatizar procesos y mejorar su eficiencia.

Y, en consecuencia, se resiente la productividad.

Más allá de la tecnología

El debate sobre productividad suele centrarse en la digitalización o la automatización, pero la experiencia empresarial demuestra que el problema es más amplio.

El propio informe sobre productividad en España señala que las mejoras no dependen solo de la tecnología, sino también de inversiones en organización, formación, activos intangibles y nuevas formas de gestionar los procesos productivos.

En realidad, la productividad es una combinación de muchos factores: como es la claridad en los objetivos y la estabilidad en el entorno empresarial, junto con una importante capacidad de planificación, una formación continua y, sobre todo, confianza en los equipos. Es decir, factores profundamente humanos.

Una cuestión de bienestar colectivo

Hablar de productividad no debería interpretarse como un debate técnico reservado a economistas. Es, en el fondo, una cuestión social.
Porque cuando una economía mejora su productividad, ocurren tres cosas fundamentales:
• los salarios pueden crecer de forma sostenible
• las empresas ganan estabilidad
• y las personas trabajan con menos desgaste y mayor calidad de vida
Cuando no mejora, sucede lo contrario: se necesitan más horas, más esfuerzo y más recursos para obtener los mismos resultados.
Y eso genera frustración colectiva.

El reto pendiente

Canarias tiene talento, capacidad empresarial y experiencia para avanzar hacia un modelo más productivo.
Pero el reto no se resolverá solo con más inversión o con nuevas normativas. Requiere algo más profundo: un cambio cultural que priorice la eficiencia, la formación técnica, el crecimiento empresarial y la colaboración entre sectores.

La productividad no es una meta abstracta. Es la diferencia entre una economía que avanza con estabilidad y otra que depende permanentemente del esfuerzo intensivo.

En Canarias sabemos trabajar.

El desafío ahora es aprender a trabajar mejor para vivir mejor.
Y ese, seguramente, es uno de los debates más importantes para el futuro de nuestras islas.