Cuando la prensa es silenciada, la democracia empieza a quedarse muda.
El franquismo lo sabía bien: censura previa, periodistas perseguidos, medios controlados. La información era un instrumento del poder, no un derecho ciudadano. Hoy la censura no siempre llega con tijeras. Llega con presiones económicas, desinformación, ataques a periodistas, campañas de descrédito o amenazas en redes.
Un periodismo libre incomoda. Pregunta, fiscaliza, molesta. Por eso siempre es uno de los primeros objetivos de los regímenes autoritarios. Sin prensa libre, la ciudadanía decide a ciegas. Sin información veraz, el debate público se degrada y la mentira ocupa el centro.
Defender el periodismo no es defender a los periodistas: es defender el derecho de la sociedad a saber. Porque cuando se calla a la prensa, lo siguiente que se intenta callar es a la ciudadanía.