Resulta que este artículo se puede quedar viejo antes de escribirlo. El mundo vive una fiebre en unos días en los que parece que todo va a suceder de golpe. Algunas cadenas de televisión aún se debaten en levantar su programación de entretenimiento en pos de la información del momento, con corresponsales que aparecen en pantalla con sus chalecos protectores y con la palabra press impresa en su frente y en la espalda, como si eso les fuera a proteger de las armas modernas. Estamos viviendo unos días en los que la incertidumbre lo marca todo.
Si cierran el estrecho de Ormuz, cosa que no está probada, nuestros puertos canarios vivirán tiempos de esplendor como nunca tuvieron, principalmente el de Las Palmas, aunque también vendría alguno a Tenerife. Pero claro, esa es la parte más amable de esta historia, porque luego se produciría un incremento del precio del crudo con incalculables consecuencias, que esas cosas, los precios del petróleo suben como un cohete y bajan como si fuera una pluma, lentamente, y eso sube el IPC.
Como relataba en una viñeta La Gaceta de Canarias, la macroeconomía va bien, pero la de casa, con su inflación, se dispara. Explicaba ayer ese periódico digital que la economía va bien. Que los datos macro sonríen, que los indicadores avanzan y que el país progresa. Sin embargo, basta con entrar en un supermercado para comprobar que esa película no se proyecta en la vida real de la mayoría de los ciudadanos.
Decía el editorial de La Gaceta que “la macroeconomía podrá ir bien; sin embargo, esa no es la economía del 70 % de los españoles que viven de su sueldo, no de estadísticas. Por mucho que las comunidades autónomas intenten amortiguar el golpe, a nivel nacional no parece que esto tenga freno a corto plazo. Todo seguirá siendo más caro y los salarios no darán”. Fin de la cita textual.
Ayer domingo, todos los periódicos de ámbito local, nacional e internacional abrían con el mismo titular: la guerra contra Irán y la contesta de esta a las acciones de Estados Unidos e Israel, con bombas en todos los sitios donde les hacen daño. Pintamos poco, Europa me refiero, y eso lo saben los grandes maestros de este tablero. ¿Nunca nos hemos planteado los porqués de esta situación? Una Europa que está más pendiente del queda bien, del todo vale con tal de molestar o el de realizar una política pensando en el bolsillo de unos pocos y en las urnas de los países. Eso es lo que está pasando y, mientras las cosas han ido bien, nadie se ha planteado otras opciones, pero ahora que hace falta tomar decisiones, parece que el algoritmo no funciona.
Hay ejemplos para este tipo de argumentaciones. Lo que ha sucedido con los fondos de la UE con El Hierro. Resulta que se hicieron algunas comprobaciones. Para sorpresa de nadie, resulta que la mitad de los menas que allí están no son tales, sino que pasaron a la mayoría de edad tiempo ha. Resulta que la UE dio 560 millones para la crisis migratoria y el Gobierno de Sánchez no ha transferido un solo euro al Gobierno canario, que se lo está comiendo todo solito. Resulta que todos los recursos del Frontex a nuestra disposición no llegan porque desde Moncloa no los piden.
Y luego pedimos otras cosas en el decreto de Canarias, ese que algunos han descrito como una carta a los Reyes Magos y que tiene tantas cosas que el propio presidente del Gobierno, Fernando Clavijo, ya ha dicho que solo con que se aprobase el 10 % de lo que contiene el decreto Canarias, las islas mejorarían. En concreto, dijo en la tribuna de oradores del parlamento que “con que al menos salga el 10 %, el 20 o el 30 % estaremos mejor”. Es decir, que hay cosas que son paja.
Está también lo que hemos sabido esta semana sobre Ángel Víctor Torres, que al parecer también estaba en la trama Ábalos, con una cena que se celebró en su residencia oficial. En esa comida acudió el constructor de la trama José Ruz, dueño de Levantina, la empresa que resultó adjudicataria de una obra por parte de Torres pocos días después. ¿No es como para pensar mal?
Sigo pensando que nunca estaremos bien, que hay demasiados temas abiertos como para dormirse. Vivimos en una actualidad que cambia más rápido que las condiciones de uso de WhatsApp: cuando crees que ya te las sabes, aparece una nueva guerra, un nuevo decreto o escándalo que obliga a darle otra vez a “aceptar”, aunque nadie haya leído nada. Uno enciende la televisión para ver el tiempo y acaba viendo un mapa que parece el tablero del Risk, con flechas, misiles y expertos señalando puntos con un bolígrafo, como si estuvieran explicando la alineación del próximo derbi. Y mientras tanto, aquí seguimos, mirando el surtidor de la gasolinera como quien mira el marcador en el minuto 90, esperando que no suba más antes de terminar de repostar.
Porque, al final, entre Ormuz, Bruselas, Madrid y las promesas que van y vienen, uno tiene la sensación de que el mundo se decide en despachos muy lejanos, mientras nosotros lo sufrimos en la cola del supermercado, calculadora en mano y con cara de auditor de la ONU. Y así vamos, con la incertidumbre pegada al cuerpo como la arena después de un día de playa: te duchas, te secas y crees que ya está, pero al rato vuelve a aparecer. Por eso cuesta dormirse tranquilo, no por falta de sueño, sino porque cada mañana amanece con una noticia nueva que deja vieja la preocupación del día anterior.
Y el Tenerife empató en casa frente a un rival que jugó con uno más casi todo el tiempo. El Avilés fue un buen rival y empató con un dos a dos que nadie entendió, pero que fue el resultado final. Empató también el Celta Promesas, que es el inmediato perseguidor, por lo que la distancia es la misma y eso pesa, tanto que deprime que pasen las semanas y el líder esté siempre inalcanzable, en cuanto a los puntos.
Al final, uno termina mirando la clasificación y las noticias con la misma sensación: haga lo que haga, el resultado parece decidido de antemano. Empatamos partidos que había que ganar, aprobamos decretos que quizá nunca se cumplirán y esperamos soluciones que a menudo llegan en el siguiente boletín, en la siguiente cumbre o en la siguiente jornada. Y mientras el mundo juega su propio partido, con reglas que cambian sobre la marcha, aquí seguimos en la grada, mirando el marcador, esperando que por una vez el gol caiga de nuestro lado… aunque sea en el último minuto y sin repetición.
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