La frase pronunciada desde el entorno del Partido Popular —“solo faltan cuatro votos”— ha vuelto a colocar al PNV en el centro del tablero político nacional. Los números son conocidos: los 137 diputados del PP, los 33 de Vox, el representante de UPN y el diputado de Coalición Canaria suman 172 escaños, cuatro menos de los 176 que marcan la mayoría absoluta del Congreso. Una cifra que convierte automáticamente los cinco diputados nacionalistas vascos en potenciales protagonistas de cualquier alternativa parlamentaria.
Sin embargo, la situación del PNV es mucho más compleja que una simple operación matemática. La formación jeltzale se encuentra atrapada entre varios frentes políticos difíciles de conciliar. Por un lado, mantiene una histórica línea roja respecto a Vox, cuya participación en cualquier mayoría alternativa ha sido rechazada reiteradamente por la dirección nacionalista. Por otro, el PNV gobierna actualmente Euskadi en coalición con el PSOE, una alianza institucional clave para la estabilidad política vasca y cuya ruptura tendría consecuencias directas en Vitoria.
A ello se suma un factor que distintos analistas políticos observan con atención: el creciente malestar de una parte de su electorado ante la polarización política nacional y las controversias que rodean al Gobierno central. Un sector de los votantes nacionalistas reclama mantener la autonomía política del partido y evitar aparecer vinculado a los problemas que afectan a Madrid, mientras otro defiende preservar la estabilidad institucional por encima de cualquier cálculo partidista.
Ese equilibrio convierte al PNV en uno de los actores más observados de la legislatura. Apoyar una alternativa al Gobierno supondría romper con su actual socio en Euskadi; mantener el respaldo indirecto a Sánchez alimenta las críticas de quienes consideran agotado el actual ciclo político; y cualquier movimiento choca además con el veto expresado hacia Vox.
Por ahora, la dirección nacionalista mantiene intactas sus posiciones. Pero mientras el PP insiste en que le faltan cuatro votos para cambiar el rumbo de la legislatura, el PNV aparece cada vez más arrinconado por una diatriba política que combina intereses de Estado, estabilidad autonómica y la creciente presión de sus propios votantes.