La dificultad de acceder a una vivienda ya no es solo un problema social. Empieza a afectar a la competitividad de las empresas, a la atracción de talento y a la capacidad de Canarias para construir su futuro.
Hay problemas que terminan siendo tan habituales que corren el riesgo de parecer normales. La dificultad para acceder a una vivienda es uno de ellos.
Durante años hemos hablado de empleo, de crecimiento económico, de turismo, de productividad, de diversificación o de competitividad. Y todos son debates importantes. Pero cada vez resulta más evidente que existe una cuestión que atraviesa silenciosamente todos ellos y que condiciona el futuro de miles de personas en Canarias: la vivienda.
Lo vemos cada día.
Lo vemos en jóvenes que siguen viviendo con sus familias mucho más tiempo del que habían imaginado. Lo vemos en parejas que retrasan decisiones importantes porque no encuentran una vivienda que puedan permitirse. Lo vemos en trabajadores que dedican una parte creciente de sus ingresos al alquiler. Y también lo vemos en empresas que empiezan a tener dificultades para atraer y retener talento porque vivir cerca del puesto de trabajo se ha convertido, para muchas personas, en un auténtico desafío.
Y quizá ahí está una de las claves para entender la dimensión real del problema. La vivienda ya no es únicamente una cuestión social. Se ha convertido en una cuestión económica, empresarial y de futuro. Durante mucho tiempo entendimos la vivienda como una necesidad básica vinculada al bienestar de las personas.
Y sigue siéndolo. Pero la realidad actual obliga a ampliar esa mirada. Porque cuando una persona no puede emanciparse, cuando una pareja aplaza un proyecto familiar o cuando un profesional rechaza una oportunidad laboral porque no puede asumir el coste de vivir en una determinada zona, el problema deja de ser exclusivamente residencial.
Empieza a afectar directamente al funcionamiento de la economía. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo en Canarias.
Los datos ayudan a entender la magnitud del reto. Según los últimos estudios disponibles, la edad media de emancipación en España supera ya los 30 años, una de las más elevadas de Europa. En Canarias, el acceso a la vivienda figura de forma recurrente entre las principales preocupaciones de los jóvenes y de las familias. Al mismo tiempo, el precio medio de los alquileres ha experimentado incrementos superiores al 40% durante la última década en muchas zonas del Archipiélago, muy por encima de la evolución de los salarios.
Detrás de estas cifras hay una realidad evidente: cada vez cuesta más construir un proyecto de vida.
Canarias no tiene un problema de talento
Probablemente Canarias cuenta hoy con una de las generaciones mejor preparadas de su historia. Tenemos jóvenes formados, profesionales cualificados, personas con capacidad para desarrollar proyectos en sectores muy diversos y empresas que necesitan incorporar ese conocimiento para seguir creciendo. Sin embargo, cada vez resulta más difícil que parte de ese talento, se quede en Canarias trabajando.
Porque las personas no toman sus decisiones únicamente en función del salario. También valoran algo mucho más básico: la posibilidad de construir una vida. Y cuando una vivienda absorbe una parte excesiva de los ingresos o simplemente resulta inaccesible, esa decisión empieza a inclinarse hacia otros territorios.
Cada vez son más las empresas que trasladan una preocupación que hace apenas unos años apenas aparecía en las conversaciones empresariales. No es la falta de clientes. No es la financiación. No es la competencia.
Es la dificultad para encontrar personas.
Y no porque no exista talento. Simplemente, porque cada vez resulta más complicado ofrecer un proyecto profesional atractivo en un territorio donde el acceso a la vivienda se convierte en una barrera creciente. Por eso, cuando hablamos de vivienda, también estamos hablando de competitividad.
El impacto que pocas veces se mide
La vivienda y la productividad rara vez aparecen en la misma conversación. Y sin embargo están profundamente conectadas. Cuando una persona tiene que desplazarse largas distancias porque no puede permitirse vivir cerca de donde trabaja, pierde tiempo y calidad de vida.
Cuando una familia dedica una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler o a la hipoteca, reduce su capacidad de ahorro, de consumo y de inversión.
Cuando una empresa no consigue incorporar determinados perfiles porque el coste de vida dificulta su llegada, también pierde capacidad de crecimiento.
Todo ello termina afectando a la economía. Aunque no siempre aparezca reflejado en las estadísticas. Porque la vivienda no es un elemento externo al desarrollo económico. Forma parte de él.
De poco servirá hablar de productividad, de atraer talento, de mejorar la competitividad o incluso de impulsar una mayor industrialización de Canarias si quienes deben hacerlo posible encuentran cada vez más difícil vivir en Canarias.
Una contradicción que Canarias debe afrontar
Canarias necesita atraer talento y que el que sale de sus Universidades y centros de Enseñanza y Formación se quedan trabajando aquí.
Necesita impulsar nuevos sectores económicos. Necesita aumentar su productividad. Necesita diversificar su economía y generar oportunidades para las próximas generaciones.
Necesita una industria más fuerte, más innovación, más actividad tecnológica y más empleo cualificado.
Sin embargo, al mismo tiempo, una parte creciente de la población encuentra enormes dificultades para acceder a una vivienda en condiciones razonables.
Esa contradicción no puede mantenerse indefinidamente. Porque ningún territorio puede aspirar a crecer de forma sostenida si quienes trabajan en él tienen cada vez más dificultades para vivir en él. Y quizá ahí resida una de las cuestiones más importantes para el futuro de Canarias.
Una cuestión de futuro
Quizá el mayor error que podemos cometer sea seguir viendo la vivienda como un problema aislado, como una cuestión sectorial que afecta únicamente a quienes buscan comprar o alquilar una casa.
La realidad es mucho más profunda. La vivienda se ha convertido en uno de los principales indicadores de la capacidad que tiene una sociedad para ofrecer oportunidades a sus ciudadanos. Es el reflejo de si un territorio está siendo capaz de transformar su crecimiento económico en bienestar real para las personas.
Porque al final, detrás de cada dato sobre vivienda hay una historia personal. Está el joven que retrasa su emancipación porque no encuentra una opción asequible. Está la pareja que aplaza proyectos familiares porque la incertidumbre económica es demasiado elevada. Está el trabajador que rechaza una oferta laboral porque no puede asumir el coste de vivir cerca de su puesto de trabajo.
Y también está la empresa que ve limitadas sus posibilidades de crecimiento porque le resulta cada vez más difícil atraer talento.
Por eso, cuando hablamos de vivienda, en realidad estamos hablando de competitividad, de productividad, de cohesión social y de futuro.
Canarias se encuentra en un momento decisivo. Las islas continúan creciendo económicamente, siguen generando actividad y mantienen un enorme potencial para atraer inversión, desarrollar nuevos sectores y crear empleo de calidad.
Sin embargo, ese crecimiento corre el riesgo de perder parte de su valor si no somos capaces de resolver uno de los elementos más básicos para cualquier proyecto de vida: disponer de una vivienda accesible.
La vivienda condiciona dónde vivimos, dónde trabajamos y cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Pero también condiciona algo mucho más importante: la confianza que tenemos en el mañana. Y las sociedades avanzan cuando existe confianza.
Cuando las personas creen que el esfuerzo merece la pena. Cuando los jóvenes sienten que pueden desarrollar aquí su proyecto vital. Cuando las empresas encuentran las condiciones necesarias para crecer. Y cuando las familias perciben que el futuro ofrece más oportunidades que incertidumbres.
Una reflexión necesaria
Canarias ha superado desafíos mucho más complejos a lo largo de su historia. Ha sabido adaptarse a cambios económicos, superar crisis y aprovechar oportunidades que en otros momentos parecían inalcanzables.
Por eso, el debate sobre la vivienda no debería plantearse únicamente en términos de construcción, suelo o normativa. Todo eso es importante, por supuesto. Pero el verdadero debate es mucho más amplio.
Se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos ser. Si queremos una Canarias donde nuestros jóvenes puedan quedarse porque encuentran oportunidades reales para vivir y trabajar.
Si queremos una Canarias capaz de atraer talento, impulsar empresas y generar prosperidad compartida.
Y si queremos una Canarias donde el crecimiento económico no se mida únicamente en cifras, sino también en la capacidad de las personas para desarrollar aquí su proyecto de vida.
Porque al final, una vivienda no es solo un techo. Es el lugar desde el que una persona construye su futuro. Es donde se forman las familias, donde nacen los proyectos personales y donde se toman muchas de las decisiones que acaban definiendo el rumbo de una sociedad.
Y quizá pocas decisiones serán tan determinantes para el futuro de Canarias como garantizar que ese futuro siga estando al alcance de quienes quieren vivir, trabajar y crecer en esta tierra.
Porque una sociedad puede acostumbrarse a muchas cosas.
Pero nunca debería acostumbrarse a que sus jóvenes renuncien a sus proyectos, a que sus empresas pierdan talento o a que construir una vida se convierta en un lujo.
Porque cuando una generación empieza a pensar que tendrá más dificultades que la anterior para desarrollar su vida, comprar una vivienda o formar una familia, no estamos únicamente ante un problema inmobiliario. Estamos ante una señal de alerta sobre el modelo de desarrollo que estamos construyendo.
Y esa es una reflexión que Canarias no puede permitirse seguir aplazando.
VÍCTOR PORTUGUÉS CARRILLO
ECONOMISTA