Pekín refuerza su ofensiva contra la presión académica extrema: menos carga en casa, más exigencia en el aula y un sistema que se reequilibra mirando a Europa.
China ha decidido romper con uno de los pilares de su modelo educativo: las interminables jornadas de estudio fuera del aula. El Gobierno ha endurecido las restricciones a los deberes en casa y ha puesto el foco en un nuevo principio: el rendimiento debe medirse dentro de la clase, no en maratones nocturnos de trabajo.
La reforma, enmarcada en la política de “doble reducción”, busca limitar de forma efectiva el volumen de tareas que los estudiantes se llevan a casa, al tiempo que obliga a los centros educativos a reforzar la calidad y la exigencia durante el horario lectivo.
El giro no es casual. Pekín mira ahora hacia sistemas europeos como el francés, donde el peso del aprendizaje recae principalmente en el aula y se reduce la dependencia de academias privadas o refuerzos externos.
Durante años, millones de estudiantes chinos han estado sometidos a rutinas extenuantes, con jornadas que combinaban clases, deberes y formación extra hasta bien entrada la noche. Un modelo que ha generado altos niveles de estrés, fatiga y presión familiar.
Con esta reforma, el Gobierno pretende no solo mejorar el bienestar de los alumnos, sino también atajar problemas estructurales como la caída de la natalidad y el creciente rechazo social a un sistema educativo percibido como excesivamente competitivo.
El mensaje es contundente: menos deberes, más clase. Y una nueva forma de medir el rendimiento.