Esta semana, mientras escuchábamos en la radio hablar del ataque a Irán y de la escalada de tensión en Oriente Medio, muchos lo habrán percibido como una noticia lejana. Un conflicto más, en una región complicada, a miles de kilómetros de nuestras islas. Pero al día siguiente, cuando alguien fue a repostar, cuando una empresa revisó sus costes energéticos o cuando una familia miró su factura eléctrica, esa lejanía empezó a parecer mucho más relativa.
En Canarias, cada vez que el petróleo sube, baja un poco nuestra tranquilidad. Porque aunque vivamos rodeados de mar, nuestra economía está profundamente conectada a lo que ocurre en el estrecho de Ormuz, en los mercados internacionales y en decisiones que no tomamos nosotros. Y esa es una realidad que esta semana vuelve a ponerse sobre la mesa. Una dependencia que se siente en la empresa y en el hogar.
En Canarias seguimos generando la mayor parte de nuestra electricidad con derivados del petróleo. Eso significa que cualquier tensión internacional se traduce, casi automáticamente, en mayor coste energético. Lo sabe el industrial que necesita estabilidad para planificar inversiones. Lo sabe el transportista que depende del combustible cada día. Lo sabe el hotelero que observa cómo suben los costes operativos. Y lo sabe también la pequeña empresa que ve reducirse su margen en cuestión de semanas.
No estamos hablando de teoría económica. Estamos hablando de competitividad real. Cuando el precio del crudo sube, la presión se traslada a toda la cadena productiva. Y en un territorio insular, donde casi todo se transporta y donde el mercado es limitado, ese impacto se multiplica.
Una oportunidad que no podemos volver a aplazar
Canarias tiene sol, viento y capacidad empresarial suficiente para avanzar mucho más rápido en energías renovables. Tenemos empresas preparadas. Tenemos tecnología. Tenemos financiación europea disponible. Y, sin embargo, el despliegue de renovables sigue avanzando con demasiada lentitud. No por falta de voluntad empresarial. No por falta de recursos naturales. Sino por la complejidad administrativa, los procedimientos largos y la sensación constante de que cada proyecto tiene que superar un laberinto de trámites. Eso no solo retrasa instalaciones. Retrasa autonomía. Cada parque eólico que tarda años en autorizarse, cada planta fotovoltaica que se bloquea en trámites, es una oportunidad perdida para reducir nuestra dependencia exterior.
Además, hay un elemento que añade urgencia: los Fondos Next Generation. Nunca antes Canarias había tenido una oportunidad financiera tan clara para transformar su modelo energético. Pero esos fondos no son indefinidos. Tienen plazos concretos y exigencias de ejecución muy claras. Si no somos capaces de agilizar proyectos, simplificar procedimientos, prolongar con urgencia los plazos de ejecución de los órdenes de subvención afectadas por estos Fondos y coordinar administraciones, el riesgo no es solo retrasar la transición energética. Es perder una oportunidad histórica.
Y lo que está en juego no es solo una cuestión ambiental. Es estabilidad económica. Es competitividad industrial. Es capacidad de planificar a largo plazo sin depender de conflictos internacionales. Una cuestión de seguridad económica A veces se habla de renovables como si fueran únicamente una apuesta medioambiental. Pero esta semana la realidad nos ha recordado algo distinto: son una cuestión de seguridad económica. Reducir la dependencia del petróleo significa reducir la exposición de Canarias a tensiones geopolíticas. Significa que lo que ocurra a miles de kilómetros tenga menos impacto en nuestras empresas y en nuestros hogares. Significa ganar estabilidad. Y en un mundo cada vez más incierto, la estabilidad es un valor estratégico.
El momento de actuar
Canarias no puede controlar lo que ocurre en Oriente Medio. Pero sí puede decidir cómo responde a esa realidad. Tenemos recursos naturales, financiación europea y tejido empresarial preparado. Lo que necesitamos es eliminar obstáculos, simplificar procedimientos y entender que cada mes de retraso en energías renovables es un mes más de vulnerabilidad. Porque cuando el petróleo sube, no solo suben los precios. Sube también nuestra dependencia. Y si algo nos ha enseñado esta semana es que la dependencia, en un mundo inestable, tiene un coste que no podemos seguir ignorando.