La crisis de combustible en Cuba, tras las restricciones al petróleo venezolano, ha obligado a cadenas como Meliá e Iberostar a cerrar hoteles y reagrupar clientes, mientras aerolíneas como Iberia y Air Europa ajustan operativas e incluso realizan escalas técnicas en República Dominicana para repostar.
Pero en Canarias el foco va más allá del suministro. Muchas de estas compañías operan intensamente en el Archipiélago, se benefician de su conectividad estratégica y de su condición de región ultraperiférica, pero su facturación y centros de decisión están fuera. El grueso de los beneficios no se queda ni en Canarias —donde se genera buena parte del flujo turístico— ni tampoco en Cuba, donde ahora se reordenan operaciones por necesidad.
En paralelo, las aerolíneas mantienen su pulso con Aena por las tasas aeroportuarias. En las Islas el debate adquiere un matiz propio: aquí el avión no es lujo, es servicio esencial. Si suben costes y se tensiona la rentabilidad, la factura termina repercutiendo en el destino.
El Archipiélago vuelve así a una pregunta incómoda: ¿quién gana realmente con la conectividad canaria y cuánto retorna al territorio que la sostiene? En tiempos de incertidumbre energética y geopolítica, la reflexión ya no es ideológica. Es económica y estratégica.