La anunciada visita del Papa León XIV a las Islas Canarias, prevista para el próximo mes de junio de este año 2026, no es un acontecimiento más en la vida social y religiosa del Archipiélago. Se trata de un hito histórico que, como han señalado autoridades eclesiásticas y civiles, podría no repetirse en nuestras vidas y que trae consigo un mensaje profundo sobre nuestra responsabilidad humana y moral frente a una de las realidades más dramáticas de este tiempo: la llegada por mar de inmigrantes africanos a nuestro territorio.
Canarias se ha convertido, en las últimas décadas, en uno de los principales puntos de entrada a Europa para miles de personas que huyen del hambre, la violencia y la desesperanza. Cada año, miles de hombres, mujeres y niños se lanzan al océano en embarcaciones precarias con la esperanza de alcanzar una orilla que les permita vivir, no ya mejor, sino simplemente con dignidad. Demasiados no lo logran. El Atlántico, que durante siglos fue vía de comunicación y comercio, se ha transformado para muchos en una fosa común silenciosa.
Que un pontífice visite Canarias por primera vez en la historia y lo haga en un momento tan marcado por la crisis migratoria no es una coincidencia. El Papa León XIV recoge así una sensibilidad que ya había marcado el pontificado de su antecesor, Francisco, quien situó a los inmigrantes en el centro del mensaje moral de la Iglesia Católica. No se trata de estadísticas ni de expedientes administrativos, sino de personas concretas, con nombres, rostros y biografías que reclaman ser vistas y escuchadas. Desde luego, eso es algo que tuvo muy presente Francisco, tal y como pudo comprobar el presidente canario, Fernando Clavijo, cuando tuvo la ocasión de encontrarse con el anterior Santo Padre. Y está claro que León XIV, antes un sacerdote estadounidense llamado Robert Prevost, y un hombre marcado por su experiencia pastoral en América Latina, pretende incidir en la misma senda. No podemos desgajar por tanto la visita papal del fenómeno migratorio que tiene en las Islas a uno de sus puntos más complejos en todo el planeta. Sin este hecho el Papa no vendría a Canarias. Este detalle no puede ser pasado por alto.
El mensaje cristiano es claro en este punto. Las Sagradas Escrituras destacan en numerosos pasajes la obligación de acoger al extranjero, de proteger al débil y de reconocer en el otro la misma dignidad que exigimos para nosotros. Jesús no habló en términos de fronteras ni de cuotas, sino de prójimos. Y el prójimo, en el Evangelio, es siempre aquel que necesita auxilio, venga de donde venga. No lo decimos nosotros, lo dice el Evangelio. Mateo 25, 35: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis”. Y ese mensaje encierra principios que tienen que ver no solo con la fe católica, sino también con una mirada sobre el mundo en su conjunto. No es necesario ser cristiano, ni tampoco creyente, para asumirlo.
La visita del Papa a Canarias puede leerse, por tanto, como una llamada a la conciencia colectiva de Europa. Nuestro archipiélago no es solo un destino turístico ni una periferia geográfica: es una frontera moral. Aquí llegan las consecuencias humanas de un mundo profundamente desigual, en el que el lugar de nacimiento determina, en demasiadas ocasiones, la posibilidad misma de una vida viable. Mirar hacia otro lado no nos exime de responsabilidad; al contrario, nos hace partícipes de una injusticia que se perpetúa en silencio. Además, la propia realidad de las Islas como gestor de esta crisis migratoria hace imposible que eludamos nuestro papel a la hora de afrontarla, siempre con la ayuda adecuada porque es una situación que excede de nuestras capacidades.
Desde esta orilla del Atlántico sabemos bien que la migración no es un fenómeno coyuntural. Está ligada al cambio climático, a los conflictos, al expolio de recursos y a la falta de oportunidades en amplias regiones de África. Pretender resolverla solo con muros, controles o devoluciones es no entender su raíz. Hace falta cooperación internacional, inversión en desarrollo y políticas de acogida que combinen humanidad con inteligencia. Todo esto también lo ha dicho claramente León XIV, en varias ocasiones en respuesta a los mensajes violentos surgidos desde las nuevas estructuras de poder en su propio país natal, Estados Unidos.
Canarias ha demostrado, una y otra vez, una enorme capacidad de solidaridad. Pero también ha sufrido la soledad institucional de quien se encuentra en primera línea sin los apoyos suficientes. Por eso, reclamar la implicación del Estado y de la Unión Europea no es un acto de egoísmo territorial, sino de justicia. Estamos donde estamos por geografía, y esa posición nos obliga a asumir una responsabilidad que debe ser compartida. El Papa León XIV, con su presencia, pondrá rostro y voz a esta realidad. Su mensaje no será político en el sentido partidista, pero sí profundamente político en el sentido más noble del término: recordarnos que la dignidad humana está por encima de cualquier cálculo electoral o interés inmediato. En tiempos de crispación, de discursos de odio y de repliegues identitarios, esa voz resulta más necesaria que nunca. El humanismo cristiano, que ha inspirado durante siglos la construcción moral de Europa, ofrece una brújula en medio de esta tormenta. Nos recuerda que la vida tiene valor y que la fraternidad no es una palabra vacía, sino una exigencia. No se trata de ingenuidad, sino de realismo ético: sin solidaridad no hay convivencia posible.
La visita del Papa a Canarias no resolverá por sí sola la tragedia migratoria, pero puede ayudarnos a mirarla de frente, sin excusas ni simplificaciones. Puede servir para que nos preguntemos quiénes somos como sociedad y qué valores queremos defender cuando el sufrimiento del otro llega a nuestras playas. En un mundo cada vez más dominado por el egoísmo y la polarización, este gesto tiene un profundo significado. Canarias, cruce de caminos y de culturas, puede y debe ser también un espacio de acogida y de humanidad. Ese es, en el fondo, el mensaje que nos trae León XIV: solo siendo fieles a la mejor tradición moral podremos estar a la altura del tiempo que nos ha tocado vivir.