El Editorial del domingo en La Gaceta de Canarias: La Odisea de la selección española de fútbol

En la literatura occidental hay pocos relatos tan universales como La Odisea. Homero no escribió únicamente el regreso de Ulises a Ítaca tras la guerra de Troya. Narró, sobre todo, la travesía de un hombre que solo alcanza su destino después de enfrentarse a tempestades, monstruos, tentaciones y naufragios. Porque el verdadero viaje nunca consiste únicamente en llegar. Consiste en descubrir quién se es mientras se avanza hacia el horizonte.

Hoy, domingo 19 de julio de 2026, la selección española de fútbol disputará la final del Campeonato del Mundo. Y, salvando las distancias entre la épica clásica y el deporte, también ella ha protagonizado su propia odisea.No ha cruzado el Mediterráneo, sino los estadios de un Mundial. No ha combatido contra cíclopes ni sirenas, sino contra algunas de las mejores selecciones del planeta. Tampoco ha necesitado héroes solitarios. Al contrario. La mayor virtud del equipo dirigido por Luis de la Fuente ha sido demostrar que las grandes conquistas del deporte moderno nacen del talento compartido, del trabajo colectivo y de una idea de grupo que está siempre por encima de las individualidades.

España llega a esta final porque juega como un equipo. Y esa afirmación, que podría parecer una obviedad, encierra una lección que trasciende el fútbol. Durante las últimas semanas, basta con pasear por cualquier ciudad española para comprobarlo. En las plazas, en los bares, en las cafeterías y en los hogares han reaparecido las camisetas de la selección y las banderas de España sin estridencias ni complejos. No como un gesto de confrontación, sino como la expresión natural de un orgullo compartido. El orgullo de un país que, cuando mira a sus mejores deportistas, vuelve a reconocerse a sí mismo.

Resulta llamativo porque esa imagen contrasta con otra realidad mucho más habitual. Vivimos tiempos en los que el debate político aparece demasiado a menudo dominado por la confrontación permanente, por el enfrentamiento como método y por la sospecha hacia quien piensa diferente. La política es indispensable en una democracia. Lo recordó José Ortega y Gasset cuando afirmó que quien no piensa en la política es un inconsciente. Pero añadió inmediatamente algo que hoy conviene recordar con la misma intensidad: quien cree que todo es política acaba convirtiéndose en un majadero.

Quizá por eso merece la pena detenerse en ejemplos como el que ofrece esta selección. Porque existen espacios donde España sigue funcionando con una admirable normalidad. Sus empresas innovan. Sus científicos investigan. Sus creadores culturales triunfan dentro y fuera de nuestras fronteras. Sus deportistas continúan conquistando títulos que hace apenas unas décadas parecían inalcanzables. Y todos ellos comparten un mismo rasgo: la excelencia no necesita hacer ruido.

Este Mundial ha dejado además otra imagen especialmente valiosa. Cada comunidad autónoma presume legítimamente de sus futbolistas. Canarias celebra el talento de Pedri y Yeremy Pino; Andalucía el de Fabián Ruiz; Cataluña el de Lamine Yamal y Pau Cubarsí; el País Vasco el de Nico Williams; Galicia, Valencia, Madrid o Navarra (ese Mikel Merino) encuentran también motivos para sentirse representados. Pero nadie contempla a esos jugadores como patrimonio exclusivo de un territorio. Todos pertenecen a un proyecto común. Todos visten el mismo escudo. Todos representan una España plural que no renuncia a su diversidad, sino que encuentra precisamente en ella una de sus mayores fortalezas.

Quizá ahí resida el verdadero éxito de esta generación.

Esta selección ha conseguido que millones de españoles vuelvan a celebrar juntos sin preguntarse de dónde viene cada futbolista ni qué acento tiene. Durante noventa minutos desaparecen las fronteras pequeñas para dejar espacio a un sentimiento mucho más amplio: el de pertenecer a una misma aventura.

Como Ulises cuando por fin divisa las costas de Ítaca, nuestro equipo se encuentra ya a las puertas de su destino. El último paso siempre es el más difícil. Ninguna odisea concluye antes de tiempo.Hoy tendrá a un rival formidable enfrente, la Argentina de Messi, actual campeona. En una final puede suceder cualquier cosa. El fútbol, como la vida, nunca concede victorias por anticipado. Ni siquiera al mejor equipo.

Pero pase lo que pase, esta selección ya ha conquistado algo que ningún marcador podrá borrar. Ha recordado a millones de españoles que existe otra manera de entender el éxito: sin arrogancia, sin estridencias, sin excluir a nadie. Ha demostrado que el mérito nace del esfuerzo compartido, que la diversidad puede convertirse en una fortaleza y que el orgullo de pertenencia no tiene por qué construirse contra otros, sino junto a los demás. Si mañana llega la segunda estrella, será la recompensa a un viaje extraordinario. Y si no llega, la travesía habrá merecido igualmente la pena.

Porque, como enseñó Homero hace casi tres mil años, la verdadera gloria nunca reside únicamente en alcanzar Ítaca, sino en la forma en que se recorre el camino hasta ella.