El Editorial del domingo en La Gaceta de Canarias: ‘Lo que las Islas pueden ser’

Canarias dedica mucho tiempo, quizá hasta demasiado, a discutir sobre sus problemas. Pero ocupa bastante menos, tiempo y esfuerzo, a imaginar sus posibilidades. No piensen que esto es una crítica a la preocupación por nuestras dificultades actuales. La lejanía, la fragmentación territorial, los sobrecostes, la pobreza estructural o las limitaciones de nuestro mercado interior son realidades que condicionan cualquier proyecto colectivo. Pero una sociedad no puede construir su futuro exclusivamente a partir de sus desventajas.

Quizá haya llegado el momento de hacernos una pregunta diferente. No solo qué necesita Canarias, sino qué puede llegar a ser. Hay territorios que, en momentos de incertidumbre, se han formulado esa misma pregunta. En estos días en la esfera internacional se habla mucho de Manchester, por ser la urge gobernada por el que será el nuevo primer ministro británico, el laborista Andy Burnham. En ese caso, la gran ciudad industrial que sufrió durante décadas las consecuencias de la desindustrialización británica decidió estudiar con rigor sus fortalezas y debilidades. No encargó una campaña de publicidad ni una colección de eslóganes. Reunió a economistas, empresarios, universidades e instituciones para analizar su productividad, su capital humano, sus infraestructuras, su capacidad de innovación y su posición global.

La conclusión fue incómoda y esperanzadora al mismo tiempo: Manchester estaba funcionando por debajo de sus posibilidades. Tenía tamaño, empresas, conectividad y una notable diversidad económica, pero no obtenía de esos recursos todo el rendimiento que podía alcanzar. La respuesta no consistió en elegir desde un despacho cuál debía ser la industria del futuro. La estrategia fue más compleja: mejorar las condiciones para que las empresas invirtieran, innovaran y crecieran; elevar la formación de la población; conectar mejor el territorio; fortalecer las instituciones y abrir la economía a las redes internacionales. Todo ello, sin desdeñar la inversión pública como herramienta de cohesión social, pero partiendo del incremento en el nivel de ingresos fiscales derivado de la prosperidad en la economía.

El razonamiento contiene una enseñanza que Canarias podría escuchar, siempre aplicada a su propio contexto; haciéndose preguntas, no copiando a nadie. La prosperidad no surge por decreto, pero la política puede facilitarla o impedirla. Las administraciones no crean por sí solas empresas competitivas, pero sí pueden construir un entorno en el que resulte más sencillo emprender, invertir, investigar y contratar. También pueden hacer exactamente lo contrario: multiplicar los obstáculos, prolongar durante años los procedimientos y convertir cada iniciativa en una carrera de resistencia contra la burocracia. Eso ya lo sabemos.

Boston ofrece otra lección interesante. Su historia económica no es una trayectoria ascendente, sino una sucesión de crisis y reinvenciones. Fue ciudad portuaria, centro marítimo, núcleo industrial y, finalmente, una de las grandes capitales de la economía del conocimiento. Su principal fortaleza no fue permanecer fiel a una actividad determinada, sino disponer de una sociedad capaz de cambiar cuando el mundo cambiaba. El economista Edward Glaeser señala varios elementos decisivos en esa capacidad de adaptación: la diversidad económica, la atracción de residentes y no solamente de empresas y, sobre todo, el capital humano. Si lleváramos esas conclusiones a una ciudad española, el pensamiento nos llevaría a Málaga. ¿Por qué Santa Cruz de Tenerife, y la isla entera, no podría plantear objetivos comparables e inspirar así a toda Canarias?

Las ciudades que sobreviven no son necesariamente las que encuentran una especialización eterna, porque ninguna lo es. Son las que poseen conocimientos, instituciones y personas capaces de orientarse hacia nuevas oportunidades cuando las antiguas desaparecen. Canarias podría y hasta debería reflexionar sobre estas experiencias sin caer en la ingenuidad de copiar modelos ajenos. Somos un territorio distinto y nuestra geografía impone condiciones muy específicas. Pero también poseemos activos extraordinarios: una posición atlántica singular, seguridad jurídica europea, un sistema fiscal propio, universidades, puertos y aeropuertos de primer nivel, conexiones históricas con África y América y una capacidad demostrada para atraer a millones de personas cada año, para ser un destino turístico de liderazgo mundial. La cuestión, por tanto, es si estamos aprovechando todo ese potencial.

Durante demasiado tiempo hemos planteado el debate económico como una elección inevitable entre crecimiento y políticas sociales. Es una falsa alternativa. Las sociedades que desean sostener buenos servicios públicos necesitan una economía capaz de financiarlos. La educación, la sanidad, la dependencia, la vivienda pública y la lucha contra la pobreza requieren convicciones políticas, pero también recursos.Una política   progresista que renuncia a preguntarse cómo se genera la riqueza termina administrando la escasez. No queremos eso para las Islas.

Por eso Canarias necesita una nueva conversación sobre la inversión. Atraer empresas no significa conceder privilegios indiscriminados ni rebajar los estándares laborales o ambientales. Significa comprender que una empresa que se instala, contrata trabajadores, compra servicios, forma a profesionales y paga impuestos también contribuye al bienestar colectivo. El objetivo de una política económica inteligente debe ser aumentar esa capacidad productiva y procurar que sus beneficios se extiendan al conjunto de la sociedad. Es decir, generar un círculo virtuoso en detrimento de ese círculo vicioso que supone una burocracia aplastante que administra mal unos recursos que además son escasos.

La experiencia de territorios como los citados demuestra, además, que la productividad no es una abstracción destinada a satisfacer a los economistas. Una economía más productiva puede generar mejores salarios, empresas más sólidas y mejores servicios públicos. Y su revisión más reciente insiste en que el desafío no consiste únicamente en impulsar los sectores situados en la frontera de la innovación, sino también en elevar la productividad y los salarios de las actividades que ya emplean a una gran parte de la población. Ese debería ser también el debate canario. No se trata de sustituir el turismo, sino de mejorarlo y de construir más economía a su alrededor. No se trata de inventar desde un despacho una lista de sectores ganadores, sino de crear un ecosistema en el que puedan aparecer nuevas actividades mientras se mantiene el propósito de hacer crecer las actividades ya existentes.

Canarias necesita preguntarse qué reformas harían de las Islas uno de los territorios más atractivos de Europa para invertir, emprender, investigar y vivir. Y después debe tener el coraje de acometerlas. Tenemos que dejar de mirarnos exclusivamente como un territorio condicionado por sus limitaciones. Nuestra historia demuestra que las Islas siempre progresaron cuando fueron capaces de conectarse con el mundo. La pregunta ya no puede ser solamente qué nos falta. La pregunta verdaderamente importante es qué queremos ser, qué papel jugamos en el mundo del siglo XXI y cuál es nuestro legado para la siguiente generación de canarios. Llevar la antorcha del progreso de nuestra tierra tan lejos como podamos y luego entregarla a los que vendrán. Esa es la misión de los isleños del presente. En este medio creemos que se trata de una lucha por la que vale la pena emplearse.