Escribo hoy lunes de varias cosas. De las conversaciones entre EE. UU. e Irán sobre el conflicto en Oriente Próximo que se quedaron, ayer, en un punto indefinido tras el fin de las negociaciones, en el que las partes se han acusado mutuamente del fracaso como consecuencia de sus respectivas “exigencias”. No ha habido grandes avances y tanto el vicepresidente estadounidense Vance como el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, han abandonado Islamabad, la capital de Pakistán, sin que haya avances.
Lo que sí ha quedado claro es que las fuerzas estadounidenses “iniciarán de inmediato el proceso de BLOQUEO de cualquier buque —sin excepción— que intente entrar o salir del estrecho de Ormuz”.
Es decir, que seguiremos pagando caro que no se hayan puesto de acuerdo ambas potencias y que los currantes seamos los que pagamos más por lo mismo. Los operadores de petróleo se preparan para el impacto en el mercado tras la decisión de Donald Trump de lanzar un bloqueo naval estadounidense en el estrecho de Ormuz, lo que supone un nuevo revés para las esperanzas de una reanudación sustancial de los flujos energéticos a través de este paso marítimo.
Y lo mismo sucede con la OTAN, muerta en vida por unas declaraciones realizadas a favor y en contra. Ahora mismo tenemos a Donald Trump, que no puede decidir la salida sin el apoyo de dos tercios del Senado y hasta tiene obstáculos para reducir el número de tropas desplegadas en Europa por debajo de cierto umbral. Sin embargo, no hace falta una retirada de Estados Unidos o una gran reducción de tropas para matar a la Alianza. Su fundamento, el de la alianza, no es ni su Tratado ni sus medios materiales, sino su credibilidad política, la proyección sin fisuras, dudas y sombras de la certeza de que los aliados defenderán a un socio bajo ataque. Esa credibilidad puede quebrarse con simples tuits, diga lo que diga el Senado. Y está quebrada, porque nadie, ni dentro ni fuera de la Alianza, está ahora convencido de que Estados Unidos haría honor a la cláusula de mutua defensa.
¿Quién defenderá a España de una posible anexión, parte de Marruecos, de Ceuta y Melilla? Los americanos no están por ello, ¿y qué pasará con Canarias? ¿O con las tierras raras que hay en el océano Atlántico? ¿Tenemos a alguien que dé la vida por estos territorios? Estoy convencido de que no.
Porque mira que esta semana había de qué escribir. Por ejemplo, del plante de las comunidades del PP a la conferencia sectorial de Infancia que iba a debatir sobre la distribución de los menores migrantes y que de esta manera forzaron la suspensión. Eso fue el pasado miércoles, cuando Candelaria Delgado, que es la consejera canaria, regresó compuesta y con el ánimo de haber vivido antes una situación similar.
O de la subvención al combustible por parte del Gobierno Autónomo. Recuerden que el vicepresidente canario anunciaba una cesta de la compra con 45 productos básicos con el tipo cero del IGIC. Dos meses más tarde aún no se sabe a cuáles les afectará, aunque hay muchos —y de esto no se enteran algunos cargos públicos— que tienen el tipo 0 del IGIC desde el 2022.
También el aumento rápido del precio de gasolina y diésel en Canarias levantó sospechas en el Gobierno, encabezado por Manuel Domínguez, otra vez. Se solicitó a la Dirección General de Comercio y Consumo un informe sobre el encarecimiento inmediato de los combustibles tras la guerra de Irán. ¿Han sabido de algo de ese reporte? Me da que el señor Domínguez pinta menos en su partido que un cargador sin enchufe.
Fue la semana también en la que le dieron el aval ambiental del tren en Gran Canaria, con lo que en aquella isla parece que van por delante y en Tenerife por detrás. Hay una tímida esperanza en esta isla, ya que aquí se incluirá la estación del tren en la reforma de la terminal del aeropuerto, y eso, como la bebida isotónica, da alas.
Y así vamos, de titular en titular, construyendo más expectativas que carreteras. Lo preocupante no es que haya proyectos pendientes —eso es normal—; lo preocupante es que empiecen a formar parte del paisaje como si su ausencia fuera ya algo asumido.
Mientras aquí hemos tenido un accidente grave en una guagua con un muerto y varios heridos graves que siguen debatiéndose en el HUC de Tenerife. Un accidente que, por lo que han dicho, tenía más que ver con la situación de los frenos que con la capacidad del conductor, que es el más grave de todos los heridos.
O, como nos enteramos ayer por La Gaceta de Canarias, la Guardia Costera de Suecia abordaba el carguero “Hui Yuan”, que procedía de Rusia y que iba a Gran Canaria, por sospechar que estaba realizando vertidos ilegales en aguas del mar Báltico. Y eso se pudo ver gracias a imágenes captadas desde un avión de vigilancia, en las que se apreciaba cómo arrojaba residuos de carbón al mar, una práctica prohibida por la normativa medioambiental internacional.
Y como esta es una emisora de deportes, recordemos que el Mérida empataba fuera de tiempo ante un CD Tenerife que había hecho todo para merecer un triunfo. Ahora son 9 puntos los que hay de diferencia con el segundo, por un árbitro que les concedió hasta un penalti y que paró el cancerbero tinerfeño. Fue un final de partido agónico. Tal es así que cuando se marcó el gol no se llegó a sacar del centro. Uno a uno y gracias, pero seguimos de líderes. Insisto en que a nueve puntos del Celta B, que va segundo.
Y con todo este cóctel —geopolítica que aprieta el bolsillo, decisiones que no llegan y partidos que se escapan en el último suspiro— uno acaba entendiendo que vivimos en una especie de descuento permanente. Porque lo mismo que pasa en el campo, sucede fuera: haces méritos, trabajas el partido, te adelantas… y en el último minuto aparece algo que te lo complica todo. Un bloqueo en Ormuz, un informe que no llega, una decisión que se aplaza o un silbato que se alarga más de la cuenta.
Pero claro, esto es Canarias. Y aquí ya sabemos que los partidos no se ganan antes de tiempo ni las soluciones llegan por inercia. Así que toca seguir jugando, con lo que hay, apretando los dientes y mirando la tabla, que es lo único que no engaña. Porque mientras unos discuten, otros prometen y otros empatan fuera de tiempo, nosotros seguimos ahí: líderes, sí, pero sin margen para dormirse. Y en esta liga —la del campo y la de la vida— el que se relaja, ya sabe cómo acaba.
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