El CD Tenerife hizo ayer lo que tenía que hacer: ganar. Y lo hizo contundentemente por tres goles a cero frente a un Pontevedra que parecía muy inferior. Y lo hizo antes de que echaran, por doble tarjeta amarilla, a un jugador gallego. Ganó y consiguió la copa de campeón del primer grupo de la Primera Federación, que es como se llama ahora a la Segunda B, que tampoco tenía el apellido de “profesional”, a la que tendrá que enfrentarse el siguiente año.
Han pasado muchas cosas este año en el CD Tenerife. Desde aquella caída traumática que llevó al equipo al barro de la Primera Federación hasta las dudas institucionales, los cambios en la plantilla y esa sensación permanente de que el club caminaba entre la reconstrucción deportiva y el ruido de los despachos. Mientras el equipo peleaba por regresar a una categoría profesional, alrededor del club también se movían piezas importantes en el terreno accionarial, con cambios de poder, movimientos empresariales y una batalla soterrada por el control de una entidad que sigue siendo mucho más que un club para Tenerife. Y, sin embargo, entre todo ese ruido, el equipo terminó encontrando estabilidad sobre el césped.
Álvaro Cervera, con su estilo sobrio y poco amigo de fuegos artificiales, ha conseguido levantar un bloque competitivo, práctico y sólido, entendiendo antes que nadie de qué iba realmente esta categoría. Porque la Primera Federación no premia al que más nombre tiene ni al que mejor vende ilusión en verano, sino al que sabe sobrevivir a campos incómodos, a semanas de presión y a una exigencia ambiental constante. Y ahí el Tenerife ha terminado imponiendo oficio, paciencia y pegada. Quizá por eso el ascenso sabe diferente: no solo porque devuelve al club a una categoría más acorde a su historia, sino porque llega después de un año donde, entre el césped y los despachos, el Tenerife estuvo obligado a pelear demasiadas batallas a la vez.
Todo ello acabó el domingo, aunque todavía queda una jornada, y terminó con la entrega de la copa de campeón en el Estadio, justo cuando acabó el partido. Y fue un momento bonito, de esos que reconcilian al aficionado con tantas semanas de sufrimiento, enfados y dudas. La grada se quedó para aplaudir a los suyos, los jugadores celebraron con alivio más que con euforia y muchos entendieron que aquella copa no era solo un trofeo de campeón de grupo, sino la confirmación de que el Tenerife, después de tocar fondo hace apenas un año, había encontrado al menos el camino de regreso.
El deporte fue como una especie de tregua emocional colectiva. Curioso país, este en el que a veces un ascenso calma más ánimos que una rueda de prensa institucional. Y quizá por eso el domingo, durante unas horas, muchos cambiaron los debates políticos por los cánticos, las banderas y esa felicidad sencilla que todavía provoca el deporte cuando conecta con la gente.
Lo demás sigue igual: gobiernos cruzándose reproches, partidos intentando sacar rendimiento político a cada crisis y ciudadanos intentando descifrar quién dice la verdad entre tanto ruido. Porque al final el problema no es que unos griten más que otros en el Parlamento; el problema es que demasiadas veces la política parece una competición de relato mientras la realidad va por otro lado. Y ahí fuera, lejos de los atriles y de las cámaras, la gente sigue preocupada por llegar a final de mes, por las gasolinas, por las guerras lejanas que terminan afectando aquí y por saber si, alguna vez, alguien gobernará pensando más en resolver problemas que en ganar titulares.
Sin embargo, el domingo era electoral en Andalucía y todos estábamos por ver si Juan Manuel Moreno Bonilla lograba esa mayoría de la que disfrutaba o si caía en manos de VOX. Lo suyo fue una victoria amarga, con un sí, pero no. VOX será necesario para gobernar, aunque no han hecho nada nunca y ni siquiera ha estado en los cogobiernos. No tienen programas de Gobierno y tampoco candidatos hasta que Santiago Abascal los bendice. Han tenido una gran frase excluyente con la que se han movido en toda la campaña electoral. Esa de prioridad nacional que tanto ha calado entre los votantes.
Y hay que ver cómo miente, o no dice la verdad, la gente en las encuestas a pie de urna. Todos sabíamos que Bonilla ganaba y en los primeros minutos, cuando se daban a conocer esas proyecciones parecía que iba a ser un camino de rosas. Nada más lejos de la realidad, a medida que se iban conociendo los resultados reales. Es decir, que la gente cuenta una cosa en esas preguntas y luego hace otra cuando está delante de la urna. Es como si le diera vergüenza contar la verdad.
Y luego está lo del PSOE, que ha puesto el listón muy bajo en cuanto a los resultados para los que vendrán después. Un partido que ha estado gobernando durante más de 30 años, que ha sido un bastión para los votos socialistas y hoy se queda con 28 diputados, rebajando en dos la cifra ridícula que hace cuatro años consiguió un tal Espadas, que en esta ocasión no lo hemos visto por ningún lado.
Los que sí han tenido unos resultados espectaculares, por lo buenos que han sido, son los de Andalucía Adelante, con 8 representantes, subiendo en 6 los que consiguieron hace cuatro años, o los de Por Andalucía, que mantiene los 5 que tenía antes. Ellos son los auténticos vencedores de una noche que tenía mucho suspense y demasiadas incógnitas por resolver.
Lo más llamativo quizá sea otra cosa: que después de semanas de campaña, de debates, de mítines y de frases hechas, muchos ciudadanos siguen teniendo la sensación de que se vota más por miedo al contrario que por verdadera ilusión en quien gana. Y eso, más que un resultado electoral, empieza a parecer un síntoma de época.
En estos días nos damos cuenta de que existe una enorme distancia entre quienes gobiernan y los que simplemente intentamos vivir. Anoche, cuando salían los candidatos y candidatas a dar explicaciones, lo hacían dando las gracias por una jornada electoral sin incidencias, ¿y qué esperaban? Luego daban las gracias y componían un relato, para maquillar resultados o para convencerte de que perder también tiene algo de éxito. Y quizá por eso cada vez cuesta más distinguir cuándo nos hablan con sinceridad y cuándo simplemente están jugando otro partido.
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