Pocas combinaciones hay más peligrosas que políticos y empresas en apuros. El resultado suele ser una privatización, como el moisés pepero de los mocasines castellanos que se hacía 5000 abdominales en el rancho de Bush hijo. Un mesetario jugando a los barcos, el padre del desguace de Trasmediterránea. Así, la difunta Trasme pasó de ser esa naviera estatal que todo estado abierto al mar con archipiélagos tiene, una joya nacional donde se dignificaba la profesión del marino, a ser un zombi marítimo controlado por Armas. Algo así como que Torrente se lleve al huerto a Eva Longoria.
España hace tiempo que dejó de ser un país marítimo para convertirse en una potencia de burocracia marítima. Los papeles han sustituido a la flota, los armadores huyen despavoridos del registro español a las bondades fiscales de Madeira, y los pobres alumnos de náutica que van a las capitanías a validar sus días de navegación, en bandera de Bahamas, son administrativamente torturados por un chupatintas que lo más parecido que ha visto a un barco es un bidé. Así se sintetiza la desastrosa política marítima española, reparto donde solo faltan las cestas de navidad; y es que solo un suicida fiscal tendría un buque registrado en España. Si quieren eufemismos, vayan a otras ventanillas periodísticas.
El mundo de los armadores, tradicionalmente, ha sido un selecto club de señores con pose de Roger Moore, Rolex y Marías Callas al brazo. El linaje de Armas fue la excepción que confirmaba la regla, pues se trataba de una naviera con aroma familiar, campechana, del bar de abajo, que operaba bajo el romanticismo de mantener una identidad canaria. Los Onassis de Lanzarote.
En algún momento, Armas quiso vivir por encima de sus posibilidades y se creyó CC, no se confundan…me refería a la Cunard Canaria. Se dedicó a comprar chatarra flotante que terceros operadores ya no querían, y en un ataque de celos marítimos con Fred Olsen, hasta catamaranes se compró. Por medio quedó una colisión contra el muelle de Las Palmas, el naufragio Walking Dead en Tarfaya que siempre la perseguirá, o el candry que se llevó por delante la baja del Camisón en Los Cristianos por no mantener… ¿Y quién no tiene un borrón?, o tres, por no hablar de la diáspora de sus mejores capitanes y oficiales que en cuanto podían emigraban a la paz laboral de Olsen. Eso sí, tenían que tener el perfil…
En los mentideros marítimos se decía que los chicos posh de Olsen llevaban pasajeros y los de Armas camiones. Con el linaje de los Armas ya fuera del control efectivo de la naviera, con años de incertidumbre navegando en aguas económicamente turbias, y cotilleos de nóminas que me cuentan los tripulantes y mejor me los guardo, la naviera acabó controlada por varios grupos empresariales entre los que destacan JP Morgan. Tecnócratas sin corazón, a los que la raíz canaria de la empresa se la traía al pairo. Medianeros marítimos del bono que sólo buscan una rentabilidad, o una venta.
Que el grupo Balearia acuda al “rescate” de Armas tiene mucha letra pequeña que no se la van a contar como tal, y que se esconderá, tras el “triunfo” de haber asegurado la conectividad entre islas. La realidad es que la situación no deja de ser un parche en el que otra aventura privada se fagocita a si misma, haciéndose con líneas que solo estaban aseguradas bajo el servicio público que te garantizaba una naviera estatal, la difunta Trasme. Es el día de la marmota en el transporte privado. ¿Quién quiere ir a El Hierro por romanticismo, sin subvención? Nadie, esa es la cruda realidad del negocio marítimo, extrapolable a los barcos del hambre que bajan la comida industrial al “paraíso” Canario.
“Armas no está [ya] en bandera de conveniencia y con tripulantes hondureños, que hablan un excelente castellano, por la mitad de la nómina de un Canario, por no perder las subvenciones del Gobierno”. La frase es mía, y la acuñé hace ya varios años.
Los encamamientos producto de las urgencias suelen alumbrar todo tipo de criaturas esperpénticas. El matrimonio de interés entre una desesperada en la ruina que antes hablaba con acento canario, y un empresario balear del que me fio menos que mi gato Rasputin, se acabará celebrando en el registro de buques de conveniencia chipriota. Continúa el desguace de la marina mercante española a manos de su lamentable clase política. Todo, bajo el apadrinamiento del nacionalismo de platanera y hormigonera jugando a los barcos. Mientras Coalición cree celebrar la creación de un Binter del mar, la realidad es que el matrimonio alumbrará un Frankestein con pasaporte de conveniencia.
Tengan pocas dudas de que en los despachos mallorquines ya barajarían encargar tripulantes ucranianos y hondureños a las agencias de embarque, y que igualmente tienen las banderas de Chipre guardadas en un cajón. ¿Cuánto tardaremos en ver Volcan de Limassol, con la bandera del “huevo frito” Mediterráneo en la popa?
La mayoría de la flota de Balearia navega bajo pabellón de conveniencia chipriota. Un magnífico ejemplo es el ferry que hace la ruta Canarias – Huelva, con tripulación del Este de Europa. ¿Saben lo que eso significa? Simple, lo habitual en bandera de conveniencia es no cobrar en las vacaciones, o los descansos, y tampoco cotizar a la seguridad social española; salvo que te lo gestiones tú mismo. Un lio. En casa no se cobra, sólo en el barco, vuelven las galeras. Por experiencia, una “maravilla” de horizonte laboral.
¿Es esa la parte de la letra pequeña que no les quieren contar los señores de las corbatas que negocian estos “magníficos” acuerdos que aseguran la conectividad entre islas?
¿Se olía esto ya Olsen, y es ese el motivo por el que recientemente han incorporado un ferry de gran porte para la línea a Huelva?
¿Están contadas las horas de los tripulantes canarios en esta “nueva” naviera? Hace algunos años, los catalanes del grupo DISA, se llevaron sus petroleros al registro internacional de Madeira, borraron Santa Cruz de Tenerife a brochazos, encima pintaron Funchal, y trajeron ucranianos y chicos de Sri Lanka por la mitad de precio. Eso sí, dejaron los bonitos nombres guanches a los barcos, la pobre Dacil debió llamarse butifarra.
Y es que si finalmente vemos ondear en la popa del ferry de Armas la bandera blanca y amarilla de Chipre, en el cielo azul de Canarias, tengan por seguro que algún zurrón de la política local dirá que no dejan de ser los colores del archipiélago. No, España no es un país para barcos y con ello arrastra a su archipiélago atlántico.