Más de 500 microterremotos registrados en pocas horas bajo el entorno del Teide han vuelto a despertar la atención de los canarios. Como ocurre cada vez que la tierra tiembla, las redes sociales se llenan de mapas sísmicos, las administraciones informan, los científicos analizan los datos y la ciudadanía vuelve a hacerse la misma pregunta.
¿Está cerca una erupción?
Es una pregunta lógica.
Y, sin embargo, quizá no sea la más importante.
Porque la experiencia de La Palma ha demostrado que el mayor desafío no empieza cuando un volcán entra en erupción.
Empieza cuando deja de hacerlo.
En ese momento ya no hablamos únicamente de geología.
Hablamos de familias.
De empresas.
De viviendas.
De carreteras.
De agricultura.
De turismo.
De inversión.
De empleo.
De seguridad jurídica.
En definitiva, hablamos del futuro de una isla.
Y ese es un debate que Canarias todavía tiene pendiente.
La gran oportunidad que deja La Palma
La erupción del Tajogaite supuso un antes y un después.
La gestión de la emergencia evitó una tragedia humana gracias a la vigilancia científica y a la actuación coordinada de los servicios de emergencia.
Ese trabajo merece reconocimiento.
Pero cuando la lava dejó de avanzar apareció una realidad completamente distinta.
La reconstrucción.
Y ahí comenzaron preguntas para las que todavía no existen respuestas completas.
¿Cómo se recupera una economía local?
¿Cómo se protege una empresa?
¿Cómo se reconstruye una vida?
¿Cómo se devuelve la confianza a quien lo ha perdido todo?
Son cuestiones que ya no resuelve un sismógrafo.
Cambiar la pregunta
Durante años hemos dedicado enormes recursos a intentar responder una cuestión que probablemente nadie pueda contestar con exactitud.
¿Cuándo y dónde se producirá la próxima erupción?
Ese esfuerzo debe continuar.
La vigilancia volcánica salva vidas.
Pero quizá haya llegado el momento de dedicar la misma intensidad a preparar las consecuencias que sí sabemos que llegarán cuando un volcán vuelva a entrar en actividad.
Porque nadie puede señalar un día concreto en el calendario.
Pero todos sabemos lo que ocurre después.
Habrá viviendas destruidas.
Empresas afectadas.
Infraestructuras dañadas.
Problemas registrales.
Conflictos con seguros.
Hipotecas sobre inmuebles desaparecidos.
Necesidad de mantener el empleo.
Dificultades para sostener la conectividad aérea.
Pérdidas agrícolas.
Reconstrucción urbana.
Todo eso sí puede prepararse.
Y precisamente ahí puede estar el gran proyecto estratégico que Canarias necesita para las próximas décadas.
El postvolcán no se estudia en un laboratorio
Durante una emergencia volcánica resulta imprescindible escuchar a científicos, técnicos y servicios de protección civil.
Pero el día después necesita sentar en la misma mesa a otros protagonistas.
Registradores de la Propiedad.
Notarios.
Compañías aseguradoras.
Economistas.
Ingenieros aeronáuticos especializados en la gestión de la ceniza sobre el tráfico aéreo.
Urbanistas.
Entidades financieras.
Empresarios.
Arquitectos.
Ingenieros de caminos.
Colegios profesionales.
Expertos fiscales.
Y también los medios de comunicación.
Porque el reto deja de ser explicar un volcán.
Pasa a ser reconstruir una sociedad.
Una Ley de Volcanes que debe evolucionar
Canarias dio un paso importante al aprobar la primera Ley de Volcanes de su historia.
Era necesaria.
Durante siglos el Archipiélago convivió con el riesgo volcánico sin disponer de un marco jurídico específico para afrontar el después.
Ese mérito resulta incuestionable.
Pero precisamente porque era el primer intento, probablemente no pueda ser el último.
La experiencia de La Palma demuestra que todavía quedan muchos aspectos abiertos.
¿Cómo incentivar realmente la contratación de seguros?
¿Cómo proteger jurídicamente el suelo desaparecido bajo la lava?
¿Cómo valorar una empresa cuya riqueza estaba ligada a un territorio que ya no existe?
¿Cómo responder si una futura erupción afectara a alguno de los grandes polos económicos del Archipiélago?
¿Puede una comunidad autónoma afrontar en solitario una reconstrucción multimillonaria?
La propia ley debería entenderse como un documento vivo.
Un texto que evolucione conforme Canarias vaya aprendiendo.
Comunicar también forma parte de la protección
Existe además otra reflexión que merece atención.
La comunicación.
Durante una crisis volcánica la información debe ser rigurosa.
Pero también comprensible.
La prudencia científica forma parte del método.
Sin embargo, la ciudadanía necesita entender qué significan realmente los datos que recibe cada día.
Los medios también tienen una enorme responsabilidad.
No basta con informar de cada enjambre sísmico.
Es necesario explicar su contexto.
Diferenciar vigilancia de peligro.
Evitar alarmismos innecesarios.
Y también evitar el efecto contrario.
Porque cuando todo se convierte en noticia permanente, existe el riesgo de que parte de la población termine desconectando y deje de prestar atención cuando realmente sea importante hacerlo.
Canarias puede liderar el mundo
Lejos de generar preocupación, abrir este debate supondría una extraordinaria oportunidad.
Canarias dispone hoy de un conocimiento que muy pocos territorios volcánicos poseen.
La experiencia de La Palma.
Convertir esa experiencia en planificación sería probablemente el mayor homenaje que puede hacerse a quienes lo perdieron todo.
Quizá haya llegado el momento de impulsar un gran foro permanente del postvolcán, donde administraciones, registradores, notarios, aseguradoras, empresarios, colegios profesionales, universidades, ingenieros, entidades financieras y medios de comunicación trabajen juntos para diseñar respuestas antes de que vuelvan a hacer falta.
No para adivinar el próximo volcán.
Sino para garantizar que, cuando llegue, Canarias esté mucho mejor preparada para todo lo que vendrá después.
Porque la resiliencia no consiste únicamente en resistir una erupción.
Consiste en levantarse antes, mejor y con más seguridad.
Y ese trabajo, a diferencia de los volcanes, depende únicamente de nosotros.
Preparar el día después también salva vidas
Durante décadas hemos concentrado buena parte de nuestros esfuerzos en intentar responder una pregunta que probablemente nadie pueda contestar con absoluta precisión:
¿Cuándo y dónde se producirá la próxima erupción?
Ese trabajo es imprescindible y debe continuar.
Pero la experiencia de La Palma invita a ampliar el foco.
Quizá haya llegado el momento de dedicar la misma energía a preparar las consecuencias que sí sabemos que llegarán tras una erupción.
Porque nadie puede predecir el día exacto en que despertará un volcán.
Lo que sí sabemos es que habrá viviendas que reconstruir, empresas que recuperar, inversiones que proteger, carreteras que reabrir, agricultores que apoyar, aeropuertos cuya operatividad habrá que garantizar y miles de familias que necesitarán seguridad jurídica y respuestas rápidas.
La resiliencia de Canarias no dependerá únicamente de su capacidad para vigilar un volcán.
Dependerá también de cómo organice la reconstrucción económica, jurídica y social del territorio afectado.
Ese puede ser el gran proyecto estratégico del Archipiélago para las próximas décadas.
Prepararse no solo para la erupción, sino también para todo lo que inevitablemente llegará después.
Ese es el debate que Canarias tiene ahora la oportunidad de liderar.