El incendio forestal declarado esta semana en Cazadores (Telde), cuyo primer aviso llegó desde el histórico puesto de vigilancia de Pico de la Gorra, ha reabierto el debate sobre la utilidad de las torres de observación. Sin embargo, los datos del Cabildo de Gran Canaria reflejan un cambio de tendencia: únicamente el 2,7% de los 360 incendios registrados en la isla durante los últimos once años fueron detectados desde estos puestos fijos.
El director insular de Emergencias, Federico Grillo, explica que la evolución de la tecnología y la rápida comunicación ciudadana han reducido el protagonismo de estas infraestructuras. Hoy, la mayoría de los avisos llegan a través del 112, llamadas de particulares, patrullas de vigilancia o medios tecnológicos, lo que permite movilizar los recursos con mayor rapidez.
El conato de Cazadores, que quedó controlado tras afectar a entre ocho y diez hectáreas de vegetación y obligar a desplegar un amplio operativo terrestre y aéreo, fue precisamente una de las excepciones en las que el puesto de Pico de la Gorra detectó el humo antes que cualquier otro sistema. Aun así, el Cabildo considera que estas torres ya no constituyen el elemento principal del dispositivo de vigilancia forestal.
La estrategia de prevención se apoya ahora en un modelo mucho más amplio basado en patrullas móviles, coordinación entre administraciones, medios aéreos, sistemas tecnológicos y la colaboración ciudadana para localizar cualquier columna de humo en los primeros minutos, considerados decisivos para evitar grandes incendios.
La detección temprana cambia de modelo
Las torres de vigilancia fueron durante décadas una pieza clave en la prevención de incendios forestales en Gran Canaria. Sin embargo, la generalización de los teléfonos móviles, la mejora de las comunicaciones, la incorporación de nuevos sistemas tecnológicos y la rápida respuesta de los ciudadanos han relegado estos puestos a un papel complementario. El incendio de Cazadores demuestra que todavía pueden resultar útiles, pero también confirma que la detección temprana depende cada vez más de una red coordinada de medios humanos y tecnológicos.