Creditum. Del latín. Crédito. Confianza.
Quédense con esta última palabra porque probablemente explique mucho de lo que vamos a vivir esta semana.
Se acabó agosto. Se acabaron las vacaciones. Se acabó aquello de dejar los problemas para septiembre. Septiembre ya está aquí.
Y esta segunda semana del mes, cuando España y buena parte de Europa recuperan definitivamente el pulso laboral, puede ser una de esas semanas que conviene observar con mucha atención.
Los indicadores de los últimos días y las señales que nos deja este fin de semana invitan, como mínimo, a estar atentos. Los mercados miran a los bancos centrales. Europa mira al precio del dinero. Las familias miran sus hipotecas. Las empresas miran la financiación. Y los ciudadanos miramos la cuenta corriente preguntándonos exactamente en qué momento cien euros dejaron de ser cien euros.
Porque una cosa es la inflación que aparece en una estadística y otra bastante diferente es la inflación que empujamos dentro del carrito del supermercado.
Esa no necesita economistas.
Se nota.
Se paga.
Y duele.
Esta semana el Banco Central Europeo vuelve a sentarse a decidir sobre política monetaria y, sobre todo, a decirnos cómo ve lo que viene.
Tipos. Inflación. Crecimiento. Energía. Riesgos.
Palabras muy elegantes para problemas bastante menos elegantes cuando llegan a casa.
Porque el precio del dinero no es una abstracción. El precio del dinero es su hipoteca. Es el crédito del autónomo. Es la financiación de una empresa. Es el préstamo de una familia.
Y si el dinero se encarece, alguien termina pagando la fiesta.
Adivinen quién.
Pero hay otra cosa que llevo días observando: el oro.
Y aquí aparece de nuevo nuestra palabra.
**Confianza.**
Acabamos de conocer que el Banco Central de los Países Bajos ha trasladado aproximadamente 86 toneladas de oro desde las reservas que mantenía en Estados Unidos y Canadá hacia Londres.
Y atención a la explicación.
Mayor preparación frente a crisis graves, diversificación de riesgos y creciente inestabilidad geopolítica.
No lo digo yo.
Lo dicen ellos.
Y el propio banco central neerlandés utiliza una expresión que me parece extraordinaria: el oro como “ancla de confianza”.
Magnífico.
Porque a mí, que no soy gobernador de ningún banco central ni pretendo serlo, me resulta fascinante que en pleno siglo XXI, después de criptomonedas, algoritmos, dinero digital, inteligencia artificial y sofisticadísimos productos financieros, cuando vienen mal dadas terminemos mirando una cosa que lleva miles de años acompañando al hombre.
Un lingote.
Oro.
Algo que puedes tocar.
Será prudencia.
Será diversificación.
Será estrategia monetaria.
Será preparación ante una eventual crisis.
Seguramente será un poco de todo.
Pero un mundano como este que suscribe inevitablemente termina haciéndose una pregunta:
¿De quién nos fiamos?
Porque Europa lleva demasiado tiempo viviendo instalada en la duda.
Dudas sobre su crecimiento. Dudas sobre su competitividad. Dudas energéticas. Dudas geopolíticas. Dudas sobre su deuda. Dudas sobre los precios. Dudas sobre hasta dónde puede aguantar el bolsillo de los ciudadanos.
Y mientras Europa duda, nosotros pagamos.
Siempre pagamos.
Los gobiernos necesitan más dinero: impuestos.
La financiación se complica: pagamos.
Sube la energía: pagamos.
Sube la cesta de la compra: pagamos.
Se encarece la hipoteca: pagamos.
Hay que cuadrar las cuentas públicas: pagamos.
Y cuando finalmente conseguimos llegar al final del mes aparece alguien para explicarnos que determinados indicadores macroeconómicos demuestran que la economía marcha razonablemente bien.
Fantástico.
Dígaselo al que está pagando la hipoteca.
Dígaselo al autónomo.
Dígaselo al pequeño empresario.
Dígaselo a una familia después de llenar el carro de la compra.
Porque, al final, el ciudadano normal y corriente es el que está —y perdonen la expresión— puteado.
El de siempre.
El que no tiene una SICAV, ni un entramado fiscal, ni un departamento financiero, ni puede trasladar su dinero de un país a otro pulsando tres teclas.
El que trabaja.
El que cobra.
El que paga.
Y vuelta a empezar.
Por eso esta semana merece atención.
Y mucha.
El miércoles y el jueves se reúne el Banco Central Europeo y conoceremos hacia dónde pretende dirigir su política monetaria. Pero importará tanto lo que haga como lo que diga.
Sus previsiones.
Su diagnóstico.
Sus advertencias.
La inflación que espera.
El crecimiento que pronostica.
Y la reacción de unos mercados que llevan demasiado tiempo intentando anticipar el siguiente golpe.
Porque este jueves no será un jueves cualquiera.
El BCE tendrá que enseñar sus cartas y actualizar sus proyecciones económicas. Y detrás de los porcentajes, las gráficas, los comunicados y las décimas habrá una pregunta mucho más sencilla:
**¿Hacia dónde vamos?**
¿Estamos preparándonos para un nuevo crack del 29?
No tengo ni idea.
Y cualquiera que asegure saberlo probablemente tampoco la tenga.
No pretendo ser tremendista. Tampoco quiero anunciar desde estas líneas el próximo Apocalipsis financiero.
Pero existe un pequeño problema.
Uno empieza a leer.
Lee un poco más.
Mira la inflación.
Mira los tipos.
Mira la deuda.
Mira el oro.
Mira la energía.
Mira la geopolítica.
Mira Europa.
Mira lo que cuesta financiarse.
Mira los impuestos.
Y finalmente mira su cuenta corriente.
Y se va acojonando.
Así de sencillo.
Quizá dentro de unos meses descubramos que no ocurrió nada extraordinario.
Ojalá.
Pero también puede que estemos asistiendo a algo mucho más silencioso y bastante más peligroso: una progresiva pérdida de confianza en el sistema.
Y volvemos al principio.
**Creditum.**
Crédito.
Confianza.
Todo nuestro sistema económico descansa sobre ella.
Confiamos en que nuestro dinero conservará su valor. En que podremos pagar nuestras deudas. En que los bancos funcionarán. En que los gobiernos serán responsables. En que nuestros ahorros seguirán siendo nuestros ahorros.
Y, sobre todo, confiamos en algo tan elemental como que trabajar, ahorrar y esforzarse servirá para vivir un poco mejor mañana.
El problema empieza cuando dejamos de creerlo.
Porque un banco central puede fabricar dinero. Un Gobierno puede subir impuestos. Un Parlamento puede aprobar presupuestos. Un banco puede endurecer las condiciones para prestar.
Y desde un despacho pueden inventarse todas las explicaciones económicas que quieran.
Pero existe algo que ninguno de ellos puede imprimir.
**Confianza.**
Y sin confianza, queridos amigos, creditum deja de ser crédito.
Y entonces sí.
Entonces tendremos un problema bastante más serio que una décima arriba o abajo en cualquier estadística.
Y en Canarias todo esto tiene todavía una lectura más cruda.
Porque aquí uno entra en un supermercado sabiendo cómo entra, pero últimamente no sabe cómo sale.
O mejor dicho: ya no vamos a llenar la nevera. Vamos a intentar llenarla.
Y esa palabra, intentar, debería preocuparnos bastante más que muchas de las estadísticas que nos enseñan cada semana.
Porque mientras algunos celebran décimas, porcentajes, previsiones y magníficos cuadros macroeconómicos, demasiadas familias canarias hacen otra estadística bastante más sencilla: cuánto queda en la cuenta después de pagar la casa, comprar comida, llenar el depósito y afrontar los recibos.
Esa es la economía real.
La otra cabe en un PowerPoint.
Y los canarios no podemos acostumbrarnos a vivir así. Canarias no puede convertirse en una tierra donde trabajar sirva simplemente para sobrevivir, donde ahorrar sea una heroicidad y donde nuestros hijos tengan que marcharse fuera sí o sí para encontrar las oportunidades que aquí no somos capaces de ofrecerles.
Ya ocurre.
Y cada día se agudiza más.
Por cierto, hablando de confianza: la gasolina.
Seguimos esperando.
Como Jennifer López con aquello de “¿y el anillo pa’ cuándo?”.
Pues nosotros igual:
¿Y la bajada de los precios pa’ cuándo?
Porque pasan los meses, aparecen observatorios, explicaciones, informes y declaraciones, pero algunos operadores siguen a lo suyo y el ciudadano continúa pagando.
Y ya llega un momento en el que no creemos a nadie.
Tampoco nos vendan ahora ocurrencias como convertir Ceuta y Melilla en regiones ultraperiféricas como si cualquier problema pudiera solucionarse cambiándole el nombre administrativo. No digan sandeces, por favor.
Otra cosa muy distinta es diseñar para Ceuta y Melilla instrumentos fiscales, económicos y empresariales específicos que favorezcan inversión, actividad, empleo y crecimiento.
Eso sí.
Crear riqueza.
Crear negocio.
Dar oportunidades.
No repartir paguitas como sustituto de una política económica.
Porque la inmensa mayoría de la gente no quiere vivir de una ayuda.
Quiere trabajar.
Quiere dignidad.
Quiere crecer.
Quiere poder levantarse por la mañana sabiendo que su esfuerzo sirve para algo.
Y quizá también convendría recuperar algunas palabras que últimamente parecen antiguas: sacrificio, responsabilidad, mérito, orden, respeto y valores.
Porque no todo vale.
Y tampoco todo se consigue sin esfuerzo.
Sin sacrificio no hay crecimiento. Sin responsabilidad no hay prosperidad. Y sin confianza no hay economía que aguante eternamente.
Canarias siempre se ha esforzado.
Canarias ha trabajado.
Canarias ha resistido.
Canarias se ha levantado una y otra vez.
Pero demasiadas veces, después de hacer los deberes, termina recibiendo por donde cargan los camiones.
Y eso se acabó.
O debería acabarse.
Porque una sociedad no puede aceptar que sus ciudadanos trabajen cada vez más para llegar cada vez más justos a final de mes. No puede asumir como normal que llenar una nevera empiece a parecer un lujo. Y no puede resignarse a que una generación entera termine haciendo las maletas porque fuera encuentra aquello que su tierra no consigue ofrecerle.
Canarias no puede permitírselo.
España tampoco.
Pero hoy miro a Canarias.
Y Canarias no puede vivir convertida únicamente en una buena estadística.
Queremos ser una tierra donde merezca la pena trabajar, emprender, ahorrar, formar una familia y quedarse.
Porque si algún día perdemos también esa confianza, ya no habrá informe, décima de PIB, observatorio, subvención ni discurso capaz de arreglarlo.
**Creditum.**
**Confianza.**
A ver si alguien empieza a devolvernos un poco.