Canarias está en alerta. Un crucero con un brote vírico pone a prueba a todo el sistema: Gobierno central, Ejecutivo autonómico, Autoridad Portuaria, hospitales como La Candelaria… todos trabajando a contrarreloj, como debe ser cuando la salud pública entra en escena. No hay reloj, no hay excusas, no hay margen.
Y en medio de todo eso, uno recuerda a quienes sí entienden lo que significa el servicio público. Amos García Rojas, durante años al frente de Epidemiología del Gobierno de Canarias. Siempre al teléfono, siempre disponible, siempre con respeto hacia los medios. Entendiendo que el periodista llama, insiste y molesta… porque su obligación es informar. Porque la información no tiene horario.
Por eso sorprende lo ocurrido con el doctor Jacob Lorenzo. Director, con un currículum impecable, con formación sólida —incluso en el mundo de las amebas—, pero que en una noche clave trasladó a nuestro redactor jefe, Joel Rodríguez, que “no eran horas” para cerrar una entrevista en Radio Marca, en Despierta Canarias.
Doctor, con todo el respeto: ahí se equivocó.
No porque no tenga derecho a descansar. Lo tiene. Como todos. También los periodistas. Pero nosotros tampoco queremos estar al teléfono a esas horas. Estaríamos mejor con nuestra familia, desconectados, ajenos al ruido. Pero no podemos. Porque cuando hay incertidumbre, la ciudadanía necesita respuestas. Y esas respuestas pasan por ustedes… y por nosotros.
El servicio público no entiende de turnos cuando hay una alerta. Igual que un médico no mira el reloj en urgencias, un periodista no lo hace cuando la noticia aprieta. Son dos profesiones distintas, pero igual de dignas y necesarias. Dos caras de una misma moneda: informar y proteger.
Y en ese equilibrio, un “no son horas” no es solo una frase. Es un mensaje.
Ojalá no tengamos que vernos en un escenario más complejo, donde todos debamos estar localizados, disponibles y alineados. Porque ese día llegará —siempre llega— y ahí no habrá margen para dudas.
Con buen tono, pero con claridad: doctor Jacob, hoy no tocaba cerrar el teléfono. Tocaba abrirlo.
Porque Canarias, cuando pasa algo serio, no duerme. Y el servicio público tampoco debería hacerlo.