‘La dignidad no se somete a votación’, por Kiko Barroso

Foto: Xavi Soliveres/L'atelier de la foto.

Hay quien insiste en repetir que los derechos no tienen ideología. Y es verdad. La igualdad, la libertad y la dignidad pertenecen a todas las personas, no a unas siglas. Lo que sí tiene color político es la voluntad de convertir esos principios en leyes o, por el contrario, obstaculizarlos.

La historia reciente de nuestro país habla por sí sola. Cada uno de los grandes avances en materia de derechos LGTBI ha necesitado mayorías parlamentarias dispuestas a asumir el desgaste que siempre provoca ampliar derechos. Nunca ha sido un camino cómodo. Tampoco unánime.

La reciente tipificación como delito de las llamadas terapias de conversión es un ejemplo de ello. Durante años, muchas personas denunciaron prácticas que pretendían corregir aquello que jamás necesitó ser corregido. Hoy, por fin, el Estado reconoce que no se trata de opiniones ni de libertad religiosa, sino de una vulneración de la dignidad humana que merece reproche penal.

Por eso resulta difícil comprender ciertos ejercicios de equilibrio político. Hay representantes públicos que reivindican con orgullo su identidad personal mientras respaldan, por acción o por silencio, proyectos políticos que sistemáticamente han cuestionado o frenado los avances del colectivo al que también pertenecen. La disciplina de partido puede explicar muchas decisiones; lo que nunca consigue es borrar sus consecuencias.

Porque cuando un parlamento vota sobre derechos fundamentales no está decidiendo una cuestión administrativa ni un ajuste presupuestario. Está diciendo qué sociedad quiere construir y quién merece la misma protección que el resto.

Y, una vez más, llega el 28 de junio. Regresan los discursos de siempre y también las polémicas de siempre. Vuelve el empeño de algunos por retirar la bandera arcoíris de edificios e instituciones públicas, como si el problema fuera un trozo de tela y no el mensaje que representa.

Pero esa bandera nunca ha sido solo un símbolo. Representa la memoria de quienes fueron perseguidos, la visibilidad de quienes durante demasiado tiempo tuvieron que esconderse y la dignidad de quienes siguen reclamando algo tan sencillo como vivir en igualdad.

Los derechos nunca avanzan por inercia. Siempre encuentran resistencia. Y cuando pasan los años, la historia suele ser bastante clara: recuerda a quienes dieron un paso al frente para defenderlos y también a quienes eligieron ponerse de perfil. Porque los derechos no se abstienen. Cada generación decide si los amplía, los protege… o permite que retrocedan.

Kiko Barroso