Vivimos un momento económico que, a primera vista, parece lleno de contradicciones. Por un lado, el mundo sigue conviviendo con conflictos geopolíticos relevantes, como la guerra en Ucrania o la tensión persistente en Oriente Medio con Irán. Por otro, los mercados bursátiles vuelven a situarse cerca de máximos históricos. Y aquí surge la gran pregunta: ¿por qué las bolsas suben en un entorno que, en teoría, debería generar miedo e incertidumbre?
La clave está en cómo los mercados procesan la información. A diferencia de la economía real, los mercados financieros son anticipativos. No reaccionan tanto a lo que está ocurriendo hoy, sino a lo que creen que ocurrirá mañana. En este sentido, muchos inversores consideran que los conflictos actuales, aunque graves, están “contenidos” y, en cierto modo, ya han sido descontados en los precios. Es lo que en economía se conoce como normalización del riesgo.
A esto se suma un factor fundamental: la resiliencia de la economía. A pesar de la inflación, de los tipos de interés elevados y de la incertidumbre global, el consumo sigue siendo fuerte, especialmente en economías desarrolladas. Las empresas, en muchos casos, han sabido adaptarse, mantener márgenes y trasladar parte de los costes al consumidor. Esto sostiene los beneficios empresariales, que al final son el principal motor de las bolsas.
Sin embargo, no todo es tan sólido como parece. Hay elementos que invitan a la cautela. Uno de ellos es el precio del petróleo, que se mantiene en niveles elevados. Esto tiene un efecto directo sobre los costes de producción y el transporte, y termina trasladándose a los precios finales. Es decir, alimenta la inflación.
Y aquí entra en juego el papel de los bancos centrales. Tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo se enfrentan a un delicado equilibrio: controlar la inflación sin frenar en exceso el crecimiento económico. Si la inflación repunta por factores como la energía, podrían verse obligados a mantener tipos de interés altos durante más tiempo del previsto. Y eso, tarde o temprano, tiene impacto en la inversión, el crédito y el consumo.
Por tanto, estamos en una situación que podríamos calificar como de “optimismo vigilante”. Los mercados confían en que lo peor ya ha pasado o, al menos, en que los riesgos están bajo control. Pero al mismo tiempo, existen amenazas latentes que podrían cambiar el escenario con relativa rapidez.
Mirando hacia adelante, hay varias claves que marcarán el rumbo. Primero, la evolución de la inflación: si se modera de forma sostenida, dará margen a políticas monetarias más flexibles. Segundo, el comportamiento del consumo: mientras se mantenga fuerte, seguirá sosteniendo la actividad económica. Y tercero, la estabilidad geopolítica: cualquier escalada inesperada podría alterar las expectativas de forma inmediata.
En definitiva, las bolsas altas no significan ausencia de riesgo, sino una interpretación concreta de ese riesgo. Los mercados, hoy por hoy, están apostando por la continuidad del crecimiento y la capacidad de adaptación de la economía global. Pero conviene no olvidar que, en economía, los equilibrios son frágiles y pueden cambiar más rápido de lo que parece.
Por eso, más que preguntarnos cuánto puede durar este ciclo, quizá la pregunta adecuada sea: ¿qué tendría que ocurrir para que deje de ser así? Y esa es, precisamente, la cuestión que debemos seguir observando en las próximas semanas.