Donald Trump ha vuelto a cargar contra España, calificándola de «causa perdida» y asegurando que pretende cortar completamente las relaciones comerciales con nuestro país. La reacción ha sido inmediata: el IBEX 35 ha llegado a caer más de un 2%, reflejando el nerviosismo de los inversores.
Pero la pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿debemos creer este tipo de amenazas?
Desde un punto de vista económico, conviene distinguir entre el impacto mediático y la viabilidad real de las medidas anunciadas. España no negocia su política comercial de manera individual con Estados Unidos. Forma parte del mercado único europeo y es la Unión Europea quien tiene la competencia exclusiva para negociar acuerdos comerciales con terceros países. Por tanto, una ruptura comercial unilateral con España presenta importantes obstáculos jurídicos y políticos.
Además, no es la primera vez que escuchamos declaraciones de este tipo. Durante los últimos años hemos visto cómo Trump ha utilizado en numerosas ocasiones los aranceles, las amenazas comerciales o las sanciones como instrumentos de presión en una negociación. Algunas terminaron materializándose parcialmente; otras quedaron simplemente en una estrategia para aumentar su capacidad de negociación. Los mercados conocen perfectamente este patrón de comportamiento.
Entonces, ¿por qué cae la Bolsa?
Porque los mercados financieros no esperan a que ocurran los acontecimientos. Los mercados cotizan expectativas. Cuando aparece una noticia que incrementa la incertidumbre, los inversores revisan sus previsiones de beneficios empresariales y ajustan el precio de los activos de forma casi instantánea.
Es lo que en economía denominamos un aumento de la prima de incertidumbre. Cuanto menos claro es el escenario futuro, mayor rentabilidad exigen los inversores para mantener sus inversiones, y eso suele traducirse en caídas bursátiles.
Ahora bien, existe otro concepto muy interesante: la credibilidad.
No todas las declaraciones tienen el mismo efecto. Cuando un dirigente político realiza amenazas de forma reiterada, los mercados aprenden a diferenciar entre la retórica y la probabilidad real de que esas medidas lleguen a ejecutarse. Dicho de otra manera, los inversores empiezan a aplicar un cierto «descuento por credibilidad». Reaccionan, sí, pero muchas veces con menor intensidad de la que lo harían si la amenaza procediera de un contexto completamente inesperado.
Y aquí aparece probablemente la enseñanza más importante para cualquier inversor.
La historia demuestra que las bolsas suelen sobrerreaccionar a las noticias de muy corto plazo, mientras que a largo plazo terminan imponiéndose los fundamentales de la economía: el crecimiento, los beneficios empresariales, la productividad o la política monetaria.
Por eso, quienes invierten con horizonte de meses o de años no deberían tomar decisiones precipitadas únicamente por un titular. La volatilidad forma parte del funcionamiento normal de los mercados y, en muchas ocasiones, el mayor error consiste precisamente en dejarse llevar por el miedo del momento.
En economía solemos decir que el ruido genera titulares, pero el valor lo crean los fundamentales. Y esa es, probablemente, una de las mejores lecciones que podemos extraer de situaciones como la que estamos viviendo hoy.