Aún recuerdo la cara de mis primos mirando el Honda Accord automático que los venía a buscar al aeropuerto en el vuelo de Aviaco procedente de Barajas. Comercialmente, Canarias era otro país dentro de la España del destape que aún veía la tele en blanco y negro en un trasto llamado Telefunken que pesaba cien kilos. Esa cosa que ahora los modernos llaman globalización, ya la tuvimos aquí, en Canarias, con los Puertos francos, ventana al mundo que se abría allende del horizonte cuando la gente aún hablaba por teléfono y se mandaban cartas escritas a mano.
Después llegó el timo de las autonomías y los Puertos francos fueron relevados por un corsé aduanero llamado régimen económico y fiscal que hace que, cada vez que hagas doble click para pedir algo por internet, te lo pienses dos veces por la doble aduana de un estado marítimo fallido, dentro de otro continental, que se cree va una hora por delante de los indígenas macaronésicos. Por no hablar del cateto de turno que te dice no enviamos a Canarias, sólo a España.
Todo, gracias a una clase política tan acomplejada comopedigüeña, que no sopesó el caballo de troya demográfico que sería para unas islas el estar de pleno en el Espacio Schengen.Es lo que pasa cuando un archipiélago es gobernado por virreyes y medianeros con mentalidad castellana y no por mentes offshore. Personajillos que en meses pasaron de cantar El cara al sol, a presumir de democracia. Chipre e Irlanda, ambos son estados archipelágicos, no firmaron Schengen, principalmente para evitar futuras consecuencias demográficas.Colapso.
Las Palmas de Gran Canaria es el arquetipo de ciudad portuaria, costera si así lo prefieren. La capital de Canarias. La de la piedra de enfrente también lo es, pero sólo por pataleta administrativa y con alcalde canarión, pues es como vivir en Valladolid, el mar queda “lejos”, no se ve, y la playa, una rubia de bote llamada Teresita, queda aún más lejos.
Aquellos años de los puertos francos hicieron que el Made in Japan sólo se viese en Canarias. Aquí, los coches eran distintos, la electrónica del sol naciente inundaba los bazares y la gente de castilla bajaba a las Canarias a comprar jeans Levi´s, tenis Converse y chocolate Made in England. También había un Corte ruso llamado Sovhispan, y el primer restaurante japonés que se abrió en España tenía código postal de Las Palmas. Hasta los productos de la Sudáfrica del apartheid se vendían en Canarias. No, no es lo mismo un Appletiser que una Apetitosa…
En los años 90, en el viaje de regreso de Ciudad del Cabo, siempre hacíamos escala en La Luz para hacer consumo de diésel y provisiones. Bunker que se dice en el argot náutico. Atracábamos babor al muelle de Santa Catalina y allí nos esperaba Carmelito, el agente de buques con la furgo Toyota.Algún día les contaré de como Carmelito vendió la platanera para comprar un local en El Sebadal, montar una agencia de consignación de buques y forrarse.
Los viejos de la compañía eran capitanes maniáticos, de misa y rosario, profundamente paternalistas. Unos bebedores de fondovestidos de caqui y, alguno, hasta con un loro en el hombrollamado Iñaki. Personajes conservados en vino sacados de un capítulo de Fortunata y Jacinta, trufados de supersticiones sin fin que nadie debía echar de menos en sus casas. Uno de ellos, un gallego espeso atravesado a la marejada de la vida con pose del difunto Tejero, pedía al consignatario quesos holandeses de bola, cajas del citado Appletiser, galletas Digestive, y le faltaba tiempo para irse de bazares. Estas trapalladas no las hay en España, decía en la cena de oficiales con tres copas de vino encima y la camisa desabrochada, sacado de un lienzo goyesco…
¡Oiga, Señor capitán!, replicaba el camarero, natural de Guanarteme, que Canarias es España, tu me entendiste rapaz, le respondía el viejo con pose de Marlon Brando barato en El Motín de la Bounty. Sí, Canarias era otro país con otras cosas y marcas que sólo los españoles con mundo veían. Tener familia en Canarias era una puerta abierta a un mundo comercial que llegó con retraso al continente y no digamos ya a la España interior.
Jack era el delegado de South African Airways en Las Palmas. El vuelo Johannesburgo – Lisboa, o Londres, no podía sobrevolar la mayoría de los espacios aéreos de los estados africanos por las sanciones impuestas al régimen segregacionista de Pretoria; motivo por el cual se alargaba varias horas y había que hacer escala en Cabo Verde, o en Gando, en la paliza que era bordear toda la fachada atlántica africana para aterrizar en Heathrow tras más de 15 horas de vuelo. En los años 70, las tripulaciones de cabina de la aerolínea sudafricana descansaban en Las Palmas y ahí es donde nace la idea de Las Palmas of Durban.
Durban no es el primer puerto africano por volumen de TEUS, pero si es un top 3 por tráfico y conectividad con los mercados asiáticos. Algo similar pasa con La Luz y Las Palmas, un puerto bisagra entre Europa y Africa cuyo valor geoestratégico es muy alto. Las Palmas es una de las entradas comerciales al mercado de Africa occidental y la pesca procesada, tradicionalmente, ha jugado un destacado papel en la vida portuaria. Si hubiera tenido una refinería, tengo muy claro que su burguesía hubiera bogado por mantenerla de cara al negocio que representa el suministro de refinados al Africa inmediata.
Si, Las Palmas tiene mentalidad marítima, atlántica, frente al pensamiento más de interior de la otra capital b del archipiélago y sus titubeos económicos bajo el lema de vocación de descanso. El canarión entendió que el mal olor de las flotas pesqueras coreanas, japonesas, o rusas, y con la china en el disparadero, era una inversión de cara a generar riqueza a la ciudad por derivada de terceros servicios.
Ya lo vio la pluma de Tomas Morales en su poema «Los puertos, los mares y los hombres del mar»:
Yo amo a mi puerto, en donde cien raros pabellones desdoblan en el aire sus insignias navieras, y se juntan las parlas de todas las naciones con la policromía de todas las banderas. El puerto adonde arriban cual monstruos jadeantes, desde los más lejanos confines de la tierra, las pacíficas moles de los buques mercantes…

Durban tiene a los Sharks de rugby y Las Palmas a la Union Deportiva. Durban tiene hipódromo y Las Palmas tuvo su canódromo. Durban tiene señoras en sari, y Las Palmas señoras en melhfa. Ambas urbes albergan una importante colonia hindúdueña de la importación de textil y electrónica. Durban tiene puestos callejeros con bunny chow, curry con pollo en un pan de molde hueco, y Las Palmas el mejor bocadillo de calamares del borde exterior de la galaxia.
Jack decía que, desde el aire, con su milla dorada de playa urbana vertebrando una ciudad desbocada al océano, Las Palmas era muy Durban. Cuando por primera vez se pateó la calle Juan Rejon y La Naval, sus temores se confirmaron. La cuadricula urbana de la ciudad baja es un calco del downtownde Durban. Un crucigrama de callejuelas atiborradas de bazares atendidos por la diáspora hindú cuyos carteles se abren paso a codazos solapándose el uno sobre el otro en una sopa de letras verticales de marcas de electrónica nipona que dan sombra a una doble fila de coches que sólo se veían en esta parte de España escorada al sur. Sólo faltan los negros, decía Jack, para estar en Little Durban.
Escrupulosamente sucias y caóticas, con un tráfico desesperante, ruidosas desde el alba al ocaso, bullen en comercio. Callejeras y cosmopolitas. La noche envuelta en la maresía las vuelve húmedas y da a sus callejones sombríos un tinte Blade Runner con callejuelas sombrías y reflejos luminiscentes sobre los charcos. Si llueve se inundan pues son una palangana urbana.
Cuando estoy en Durban me siento en Las Palmas y viceversa; y eso me gusta mucho. Durban tiene la Cruz del sur y Las Palmas las Pléyades, las cabrillas para los hombres de la pesca. Las Palmas tiene panza de burro y Durban la cola del Monzón.
Una ciudad portuaria es lo que su puerto alcanza. Sin él no es nada y moribunda deambula de vida y negocio. El concepto de burguesía marítima se entiende en Las Palmas como pocos sitios en España. Ninguna de las dos ciudades seria lo que son sin su ferviente vida portuaria. Creo que ha llegado la hora de un hermanamiento.
Rafael Muñoz Abad. Doctor en marina civil, Campus internacional CISDE.